¿POR QUÉ EL JUEGO ES EL MODO EN QUE SE FORJA EL DESEO EN LA INFANCIA?

“Recuerdo la situación en que unos padres daban vueltas para decir algo que terminé por enunciar yo: ‘No se lo bancan más, ¿no?’ y el efecto fue completamente aliviante, porque -en efecto- los niños son insoportables muchas veces; pensémoslo un poco: estar sometidos a una demanda permanente como la de un niño no es algo muy feliz, la verdad que me preocuparía la salud mental de quien pudiera tolerar la demanda infantil sin siquiera inquietarse”, dice Luciano Lutereau, psicoanalista, doctor en filosofía y doctor en psicología, a Entremujeres, en la víspera de la celebración de su quinto Día del Padre. Especialista en niños y crianza, vuelca sus saberes en varios libros, como los últimos Más crianza, menos terapia. Ser padres en el siglo XXI (Paidós, 2018) y Esos raros adolescentes nuevos. Narcisistas, desafiantes, hiperconectados (Paidós, 2019). Eso sí: asegura que más información no nos convierte en padres estrella.

– Sos especialista en psicoanálisis con niños, padre y, a su vez, escribiste numerosos libros sobre crianza y estudiaste el tema: ¿eso te convierte en “el mejor padre del mundo”? ¿Más información nos hace mejores padres?

– Te cuento una anécdota del mejor padre del mundo: hace unos años, yo salía de presentar un libro en la Feria de Buenos Aires, estaba con mi hijo y, como llovía, además de luchar con el paraguas lidiaba con que él se pusiera un abrigo. Tenía la mochila en una mano, con la otra trataba de que me hijo me hiciera caso, en fin, una escena penosa y, de repente, veo que una mujer me mira desde la vidriera de un bar. Con mirada reprobatoria, pero lo más gracioso es que sobre la mesa tiene un ejemplar de mi libro. Entonces no pude evitar la tentación de decirle: “En los libros todo es más fácil”. Ella se rió conmigo. Con esta anécdota empecé a escribir Más crianza, menos terapia, para contar que no hay padres perfectos, ni buenos modelos de parentalidad, sino que a todos nos cuesta criar niños en la vida cotidiana y que lo hacemos más allá de los ideales con los que todo el tiempo nos sentimos en falta. Entonces, ¡tenemos que amigarnos con la falta! Hacer de tripas corazón, porque no se trata de ser los mejores padres, sino simplemente los padres de nuestros hijos, con nuestras vacilaciones, angustias, temores y demás. Te lo digo yo, que supuestamente había estudiado un montón sobre niños y, cuando recibí a mi hijo, me di cuenta de que lo que sabía no servía para nada. La información no explica nada acerca del deseo que une a padres e hijos. Google y los manuales solamente sirven para que uno confirme lo enfermo que está (siempre a punto de morir por un dolor de espalda o un lunar) y lo mal que hace las cosas. Mejor apostar al deseo y al amor.

– ¿Por qué decís que el juego es el modo en que se forja el deseo en la infancia?

– Porque el juego no se basa en el entretenimiento, por más divertidos que puedan ser algunos. Al jugar, incluso desde muy pequeños, descubrimos una relación con el otro. Los primeros juegos de un niño, los más espontáneos, nacen en brazos de otros, por ejemplo, con el descubrimiento de la sonrisa, cuando se esconde la cara detrás de una sabanita. Siempre les digo a las madres que, cuando van a dar la teta, larguen el teléfono, que aprovechen para jugar en ese ratito con ese cabezudo que parece que está en su mundo, pero ¡ese mundo son ellas! A mí me gusta mucho escuchar cómo las mamás les hablan a sus bebés en ese idioma rarísimo que sólo ellas y el bebé entienden. Por cierto, no hay nada más extraordinario que el modo en que una mujer puede anticipar que su hijo se va a despertar antes de que el niño lo haga. La conexión psíquica que hay entre madre e hijo en los primeros meses de vida es impresionante. Esa es la fuente del juego, que se basa no tanto en hacer tal o cual cosa, sino en una conexión de deseo con el otro. Por ejemplo, ese idioma rarísimo del que hablaba recién, ¿no lo encontramos luego en la vida amorosa cuando nuestra pareja nos dice algo y nosotros respondemos: “Estaba a punto de decirte lo mismo”? En el juego estamos con otro, pero no como dos personas aisladas o diferentes, sino que somos un deseo que nos recorre a ambos. ¿Cómo es si no que los niños pueden de pequeños empezar a jugar a ciertos juegos cuyas consignas son difíciles de explicar? El juego no es una destreza intelectual, no se aprende a jugar leyendo instrucciones, sino a través de un deseo, porque hubo alguien con un deseo que nos esperó para invitarnos a meternos en ese tobogán lúdico que a veces puede ser un deporte, otras transcurrir con fichas en una mesa, pero también una conversación. Una buena charla también es un juego. ¿No nos pasa a veces que en una conversación en que la pasamos bien, de repente miramos el reloj y decimos: “El tiempo pasó volando”? Es así porque al jugar el tiempo ya no es el de la vida cotidiana, utilitario, en el que estamos siempre apurados. Por eso me gusta tanto cuando los niños dicen “5 minutitos más”, porque no se refieren a 5 minutos efectivos, sino que es así que muestran que el juego pasa en otro tiempo, que necesita otro tiempo, el del deseo y, por cierto, no son pocos los niños que juegan también conversando. Un niño con un objeto en la mano no es necesariamente un niño que juega. El primer juguete es la palabra.

– Además, insistís en que el juego es crucial para aprender hábitos, como una forma de ritmo: ¿cómo y a qué edad los niños empiezan a adquirir e incorporar hábitos? ¿Cómo acompañarlos?

– Exacto. El juego es tan importante porque, como decís, el juego es el origen de los hábitos. Recién me referí a la escena del amamantar y ahí ya tenemos que la alimentación se acompaña de una experiencia lúdica. Lo mismo puede decirse del bañarse, que no es lo mismo que lavarse (ya que la situación de baño es inicialmente jugar con el agua, volver a disfrutar de estar en un medio acuoso, como cuando se estaba en la panza, pero esta vez con otro que mira y le pone palabras), pero también del dormir, que suele acompañarse de cuentos y charlas entre padres e hijos. Éste es un punto muy importante. Después de nacer, un niño tiene que volver a aprender a dormir y este aprendizaje es progresivo. La primera cama de un niño son los brazos de sus padres y, por cierto, con pocas horas alcanza para recuperar el cansancio. Dormir no es una actividad utilitaria, sino que tiene un placer específico, el de estar en la cama, el de disfrutar del contacto con las sábanas, etc. Niños que duermen poco a veces se debe a que no llegan a encontrar este placer, o bien nos encontramos en las consultas con niños que sólo pueden dormir por agotamiento o frente a una pantalla, es decir, cuando están rendidos; por eso quiero destacar que los padres acompañamos a nuestros hijos al mundo del sueño, en el que a veces hay oscuridad, monstruos, la noche es un espacio poblado de fantasmas, que puede ser devoradora como la boca del lobo de Caperucita (por eso hay cuentos que no pasan de moda, porque los temores son los mismos desde hace siglos), en fin, esto es la normalidad, el tema es qué hacemos con eso. Porque si ante los miedos de un hijo nos decidimos a acostarnos en la cama con él, el problema ya no será el miedo, sino el hábito que genera el contacto cuerpo a cuerpo para dormir. Para eso, como suelo decir, están las sábanas. ¿No conocemos personas que, incluso una noche de calor, no pueden dejar de dormir tapadas? Las sábanas sirven para darle un borde al cuerpo, para que el miedo encuentre un límite; por ejemplo, así es que los bebés buscan ese borde o limite cuando giran hasta la pared de la cuna. Hoy en día a veces nos pasa que los padres nos olvidamos de la importancia del juego para crear hábitos de crecimiento y, en lugar de eso, generamos hábitos que refuerzan la dependencia con nosotros. Lo mismo ocurre cuando no nos bancamos que un niño no quiera comer y le ofrecemos un yogur o una leche porque nos angustia que no coma. Entonces ahí tenemos otro problema, que muchos pediatras y nutricionistas subrayan hoy en día, el de niños que consumen abusivamente lácteos en lugar de otras comidas, en detrimento de comer cosas más sanas.

– ¿En qué medida es cierto el saber popular de que “los niños no hacen lo que les decimos, sino lo que ven”? ¿Cómo es la mejor manera de transmitirles y enseñarles lo que queremos que aprendan?

– Para mí la frase del saber popular que más vale es que “los niños perciben todo”. A veces los padres creemos que podemos ocultarles algo, por el mero hecho de no decírselo; pero la conexión de los niños con nuestro deseo es tan grande que pueden ver aquello que no está en las palabras, lo que nos pasa entrelíneas. Esto no quiere decir que sea partidario de participar a los niños en todos los asuntos de la familia, pero sí responder a lo que ellos preguntan, siempre en términos que puedan ser los que entiendan. Por ejemplo, un tema habitual suele ser la muerte. A partir de cierta edad los niños empiezan a preguntar por el tema y los padres no sabemos muy bien qué decir. Los que no son religiosos no quieren hablar del cielo y demás, pero también es cierto que para los niños la muerte no es el fin de la existencia. Así es que suelen preguntar más bien dónde está quien acaba de morir y, para el caso, decir que está en el río en que se arrojaron las cenizas no es menos artificial que hablar del cielo. Lo importante es poder darse cuenta de que los niños, cuando preguntan por la muerte, preguntan por un lugar, no por una cuestión metafísica y, por cierto, lo que intentan dirimir no es un asunto trascendental, sino que apuntan a una cuestión más básica, lo que quieren saber es si acaso el otro que los cuida puede faltar. Por eso yo recomiendo, cuando un niño pregunta por la muerte, incluso si está preocupado porque pueda pasarle algo a los padres, decirle que siempre habrá alguien para cuidarlo. Niño es todo aquel que necesita el cuidado y la protección de otro y, además, tiene derecho a ese cuidado y esa protección. Éste es el aspecto crucial a propósito de las preguntas de los niños: tenemos que entender que sus preguntas no son acerca de lo que sabemos, sino que interrogan nuestro deseo; no quieren una respuesta para aprender, sino que nos preguntan acerca de nosotros mismos y esto es la transmisión. Los padres podemos enseñarle más o menos cosas a un hijo, pero nunca dejamos de transmitirles algo. Yo puedo enseñarle a mi hijo a atarse las zapatillas, pero lo que le transmito es mucho más que una actividad práctica, quizá sea la importancia de autovalerse. Esto es lo que yo vengo destacando desde hace un tiempo con el concepto de filiación, que nombra específicamente ese punto en que la relación entre padres e hijos no se reduce a la satisfacción de las necesidades de un niño, sino al modo en que éste es además un hijo, es decir, alguien que recibe de sus padres ciertos rasgos distintivos, muchas veces de manera inconsciente. La verdad es que nadie elige lo que transmite, porque lo que se transmite tiene que ver con ese deseo que casi nunca se conoce. Por ejemplo, hace poco yo veía que mi hijo, cuando está en una actitud concentrada, tuerce la boca de una manera muy graciosa, similar a la mueca que yo mismo realizo cuando estoy en la misma actitud y que vi por primera vez en mi abuela. Mi hijo y mi abuela nunca se vieron, pero mirá, ahí hay una huella de ella (que fue tan importante para mí) que mi hijo eligió para sí también.

– Si bien sabemos que no hay padres “perfectos”, ¿cómo soltar la culpa con aquellas actitudes o hábitos que, como padres, hemos “mal enseñado”?

– Los padres transmitimos de lo bueno y de lo malo, es inevitable. Antes que culpables tenemos que tener confianza en que nuestros hijos podrán hacer algo con eso. Recuerdo esa frase del filósofo Jean Paul Sartre, quien decía que somos lo que hacemos con lo que otros han hecho de nosotros. Por eso creo que lo mejor para pensar qué ocurre cuando nos encontramos con hábitos que no están buenos es buscar con quien hablar, puede ser un terapeuta, pero también un grupo de crianza o de amigos. Para recordar otra referencia, se me viene a la cabeza que Nelson Mandela decía que para criar a un niño hacía falta una comunidad. Yo creo en los lazos comunitarios, en la importancia de criar con otros, con interlocutores y en familias articuladas con otras familias. Es una práctica que se ha perdido, la de pasar el tiempo junto con otros, la de que otros niños puedan estar en la casa propia o a la inversa. Vivimos en una época de “privatización” de la familia: las familias cerradas sobre sí mismas, encerradas en sus casas los fines de semanas, yendo todos juntos para todos lados. Así es que como padres a veces estamos muy solos y la culpa siempre nace de la soledad, de no poder compartir con otros las experiencias cotidianas. Con pre-púberes y jóvenes esto es muy importante, sobre todo a partir del momento en que toca pensar cuándo conviene darles un celular o que vayan solos al colegio. No hay manera de fijar un criterio unívoco y lo mejor no es que los hijos nos digan “los demás lo hacen y yo no”, porque ese enunciado a veces nos genera la culpa de sentir que nuestro hijo puede quedar excluido, es decir, tarde o temprano se termina aflojando a una presión, cuando lo fundamental es conocer a los otros padres y poder establecer criterios de manera conjunta; después de todo, si se usan los chats de padres para tantas cosas, ¿por qué no usarlos para pensar colectivamente? No es algo que requiera mucho tiempo y puede ser muy útil. Asimismo, los hábitos no son buenos o malos por sí mismos, sino en función de situaciones y de propósitos específicos. Antes hablé de los malos hábitos en el comer y el dormir, que son tales porque justamente llevan a un niño a ser dependiente, mientras que si pensamos en términos de crianza es para que los hijos también puedan dejarnos alguna vez, para que los padres podamos dejarlos ir con aquello que se llevan de nosotros.

– Ahora todos llevamos alcohol en gel en la cartera, ¿cómo influye en los niños el cuidado excesivo?

– Voy a decir algo que parecerá abstracto, pero te pido que lo pienses antes de rechazarlo. Me refiero a que hoy en día es tan grande el imperativo de ser buenos padres, que nos cuesta mucho entender que la parentalidad incluye también impulsos hostiles. A nadie le gusta hoy en día aceptar que a veces no soporta a su hijo, porque inmediatamente siente que eso está mal, que como padre o madre debería tener siempre ganas de estar con él. Pero esto no es real y aquí viene lo importante: el amor incluye también una cuota de odio. No existe el amor puro y, por cierto, cuando no aceptamos en la conciencia los impulsos hostiles, tenemos fantasías en la que estos retornan, por ejemplo, el temor permanente de que a los hijos les pase algo. Ahí puede estar lo excesivo del cuidado, como una defensa respecto de lo que no terminamos de asumir en nosotros mismos. Recuerdo la situación en que unos padres vinieron a consulta y daban vueltas para decir algo que terminé por enunciar yo: “No se lo bancan más, ¿no?” y el efecto fue completamente aliviante, porque -en efecto- los niños son insoportables muchas veces, pensémoslo un poco: estar sometidos a una demanda permanente como la de un niño no es algo muy feliz, la verdad que me preocuparía la salud mental de quien pudiera tolerar la demanda infantil sin siquiera inquietarse. Ahora bien, ahí es donde podemos empezar a hablar de qué hacemos con los aspectos hostiles del amor, porque el odio no es algo negativo. Por ejemplo, en una relación con un amigo, para poder hacerle una crítica constructiva es preciso un poco de odio. La hostilidad no es necesariamente destructiva, lo que puede serlo realmente es no decirle nada y permanecer en silencio viendo cómo quizá le va mal con algo en lo que yo podría haberlo ayudado. Destructivo es todo lo que no se habla, lo que permanece en silencio y lo mismo ocurre entre padres e hijos, donde es importante poder vivir a veces pasiones hostiles que no necesariamente se vuelven agresivas, que son parte de la relación e incluso la ayudan a crecer. Doy otro ejemplo: es notable cómo hoy en día a muchos padres les cuesta retar a sus hijos. No quieren hacerlo. Incluso buscan matizarlo cuando no queda otra y quieren hacerlo con amor. “Retar con amor” es la mejor definición de psicopatía que conozco. Ésta se prolonga a veces en la expectativa de que un niño entienda que necesita ser retado: así se desplaza sobre él un conflicto propio. Porque retar a niño angustia. Nadie se siente cómodo en ese lugar de autoridad. Las funciones parentales dividen a quien tiene que encarnarlas, al punto de que a veces nos quedamos peor que el niño que a los dos minutos está jugando de nuevo. Pero retar es necesario, no para culpar sino todo lo contrario: si a un niño no se lo reta, la culpa es infinita y más cosas buscará hacer para que se lo rete. Instala la transgresión no retar a un niño. También culparlo. El tema es cómo retarlo. Y pienso en esta situación: hace años era común que un padre o madre se enojara si otra persona retaba a su hijo, nadie hubiera osado meterse si en la calle un padre o madre retaba a un niño; hoy en día los padres están destituidos de esa función, se le delegan a otros, dicen por ejemplo: “Si te portás mal le voy a decir al abuelo que se va a enojar”, es decir, invocan a sus propios padres, lo que los pone como hijos y, además, no retan sino que amenazan con la pérdida de amor. Esto es lo que llamo “destitución parental” y para hablar de esta coyuntura escribí Más crianza, menos terapia.

– Para concluir, ¿podrías decirnos algo más sobre la cuestión de la autoridad? ¿Vivimos en una sociedad con crisis de autoridad? Para ejercer la autoridad como padres, si es preciso asumir un impulso hostil, ¿cómo distinguirlo del autoritarismo y la violencia?

– Estas son cuestiones fundamentales y muy actuales, que no se pueden pensar de manera conceptual sin tener en cuenta ciertas determinaciones históricas. Hace poco pensaba, a partir de una serie de casos, que la flexibilización laboral de los 90 hizo que, para muchos varones que fueron niños en aquellos años, la figura de autoridad se desplazó del padre a la madre: ya sea porque el padre se quedó sin laburo y ya no se ejercía el célebre “Ya vas a ver cuando venga”, porque la mujer se hizo fuerte y sostuvo la economía familiar, porque los divorcios se multiplicaron y muchos niños casi no vieron a sus padres, etc. La autoridad es una función simbólica, pero no es lo mismo si la función la encarnó una mujer. Si madre es la persona a la que el niño hace caso, el niño de los 90 no tuvo más remedio que actuar su desobediencia con su madre y desplazar el conflicto de la posición pasiva con el padre hacia una mujer. Por cierto, para que veas la actualidad del tema, estos son los relatos de muchos pacientes varones hoy en día, que rechazan la posición pasiva con una mujer: no las escuchan, todo les molesta en ellas, no se dejan querer y, cuando alguna obstinada los quiere igual, hacen todo para que se pudra. Este es el amor nuestro de cada día en los varones que hoy rondan los 40 años, muchos de ellos con hijos, en los que la fantasía del padre terrible se transformó en el temor a la mujer vampiro que no los deja salir a jugar. No son fóbicos, tampoco histéricos (aunque lo parezcan, ya sea por el modo en que cuidan los espacios o el miedo a la pérdida de libertad). Son los varones que nos dejaron los 90. Esta situación histórica (que estoy trabajando para mi próximo libro, sobre nuevas masculinidades) es crucial para retomar el tema de la autoridad, porque es un tema difícil, sobre el que se moraliza mucho pero sin dar soluciones concretas. Siempre es fácil decir lo que hay que hacer, en lugar de acompañar a los padres. Me refiero a cómo retar a un niño. Lo primero es que retar no es castigar. Se reta más bien para poner condiciones, para decir “así no”. Y aquí viene el punto en que muchos padres cuentan hoy que sus hijos los insultan y pegan. Este es un punto que debemos pensar generacionalmente: somos hijos de padres que podían pegar sin que estuviese mal visto; nosotros no queremos ser como ellos, pero aquí el remedio puede ser peor que la enfermedad, porque olvidamos que la autoridad parental no sólo es simbólica, sino también física. Por ejemplo, cuando un niño llora, lo abrazamos y así lo contenemos. Si un niño quiere pegar a sus padres y estos retroceden, ceden su autoridad, cuando aquél también necesita ser contenido. Lo más probable es que luego el niño se desborde y ya en el llanto los padres se acerquen de nuevo. No es preciso llegar hasta ahí, hay que actuar antes. Pero para eso es preciso distinguir entre autoridad física, agresión y pegar. No son lo mismo. Muchos padres hoy quieren ocupar la autoridad simbólica, sin la física, porque eso les recuerda fantasmas de su niñez; le quieren explicar a su hijo lo que es un reto, pero así no los retan, sino que los enloquecen con sus argumentos. Al retar no se explica, eso vendrá después. Se puede retar con autoridad física sin ser agresivo ni pegar. Si no ocupamos ese lugar de autoridad física, la tendrá el niño y la usará para amedrentar, convencido de que si enloquece el otro retrocede. No hay que dejar que los niños enloquezcan. Retar a un niño angustia más a los padres que a los niños, pero no podemos renunciar a nuestra angustia. No tuvimos hijos para reparar con ellos nuestros fantasmas de padres malos ni para competir con nuestros propios padres, queriendo mostrar que podemos ser mejores. No podemos ceder a la autoridad que nos concierne. Esto me recuerda una anécdota que muestra cómo muchas de estas cuestiones yo no las aprendí en los libros, sino en la vida misma como padre. Hace unos años fuimos a pasear al Malba con mi hijo. En el camino él me chantajeaba con que quería upa. Le expliqué que él pesa más de 10 kilos y que, por lo tanto, yo me canso, me duelen los brazos, etc. (es decir, ¡qué argumentos de chanta!). Hasta que por fin vi a una policía en la esquina. Fue el momento de hacer intervenir a la autoridad de la sociedad. Yo esperaba una elucidación moral. Ella le dijo: “Tenés que caminar, si no no vas a crecer para ser alto como tu papá”. Mi hijo se rió y camino el resto del camino… Entonces yo pensé: la policía sabe por policía, pero más por mujer.

Fuente: CLARÍN
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