Dra. Alexis Schreck S.
El psicoanálisis nació de una intuición clínica que no deja de sorprendernos: entre el cuerpo y el lenguaje media una operación significante de representación, sin la cual el individuo no deviene sujeto. Para Freud, la psique es el lugar de la inscripción mnémica en huellas, en diferencias de energía que se reactiva y resignifica en una actividad constante y que se logra leer en el a posteriori a través de la palabra dicha en transferencia, y es justo en esta “mediación por la palabra” donde el psicoanalista puede incidir.
Nos preguntamos: ¿Cómo deviene el trazo en imagen, en pensamiento? En la genialidad de Freud, el cuerpo sexuado del infante recibe y tramita sensaciones que se organizan en un universo representacional inconsciente que se constelará en múltiples manifestaciones fenomenológicas como el sueño, el síntoma, el lapsus, y que permitirá -o no- su dilucidación. Freud plantea al psicoanálisis como una teoría del funcionamiento del aparato psíquico, como una metodología de investigación de dicho funcionamiento y como una propuesta de cura terapéutica, debido a la unión indisoluble entre la pesquisa analítica y el conocimiento de lo inconsciente (el “Junktim” freudiano).
El postulado freudiano implica problemas ontológicos y epistemológicos complejos. Por un lado, el objeto epistemológico es el inconsciente (que implica al mismo sujeto cognoscente; objeto y sujeto se invierten), inconsciente que opera con leyes que se sustraen de la lógica positivista (se trastocan las ideas de tiempo, espacio, contradicción, etc.). Asimismo, la realidad que el psicoanálisis pretende estudiar es un tipo diferente de realidad: es la realidad psíquica, que no es igual a la realidad material. Además, la forma como Freud propone estudiar esta realidad psíquica es mediante la palabra (la cura por el habla) en el flujo asociativo enunciado en transferencia. Con todo esto, Freud rompe con todo paradigma anterior y se convierte en uno de los tres maestros de la sospecha 1 (junto con Marx y Nietzsche), envueltos en una interpretación que se vuelve siempre sobre sí misma, y afirmando, con Nietzsche, que somos desconocidos para nosotros mismos, y que no sabemos que sabemos lo que sabemos de nosotros mismos... el hombre no es dueño de su casa.
No obstante, lo que aporta mayor singularidad a la obra de Freud es que, interpretando la cultura, la modifica (Ricoeur, 1970). El paradigma edípico, con la prohibición del incesto como premisa subjetivante, aporta al sujeto occidental una nueva posición frente a la cultura y, sin embargo, siempre apuntalada en un cuerpo pulsional que insiste a través del sujeto deseante.
El cuestionamiento ontológico sobre el sujeto y la indagación epistemológica sobre el conocimiento y sobre el objeto del conocimiento resultan de vital importancia para el freudismo, y ahí es donde la tuerca da la vuelta porque, en 1920, con “Más allá del principio del placer”, aparece otro Freud: ya no ese Freud interpretativo —que descifra sueños y encuentra sentido en aquello que parecía no tenerlo— sino un Freud que nos incomoda con su planteamiento sobre la pulsión de muerte y la compulsión de repetición.
Hasta este momento, el aparato psíquico podía pensarse desde la ligadura representacional, el deseo, el placer, la represión y su levantamiento en el trabajo analítico, pero esto da un valiente vuelco en 1920. En este texto, Freud determina que nos habita algo del orden de lo no representado, que se obstina y retorna, que se rehúsa a la domesticación. El sujeto está dividido y debe aprender a convivir con su misma opacidad, como límite al saber, como desilusión.
Este giro pulsional encuentra su correlato estructural en 1923, con “El yo y el ello”, donde Freud abandona la primera tópica —consciente, preconsciente, inconsciente— para proponer una segunda tópica del aparato psíquico: ello, yo y superyó. Con este movimiento el conflicto psíquico deja de pensarse únicamente como censura de contenidos reprimidos y pasa a leerse como una tensión estructural entre instancias, clínicamente audible en la resistencia, en la reacción terapéutica negativa y en la severidad tiránica del superyó. La melancolía, como entidad clínica, aparecerá como bisagra entre estas dos tópicas, como continuación de “Introducción al Narcisismo” de 1914, y ahora desplazando el peso al andamiaje identificatorio que nos constituye.
A esta gran refundición del freudismo le había antecedido otra noción de máxima importancia: el concepto de Nachträglichkeit o a posteriori, que implica una nueva concepción de la temporalidad psíquica, una concepción del tiempo que supone su reverberación continua, no lineal, quedando lo traumático del lado de lo pervasivo, aquella herida que se vive hoy con tanta carga afectiva como antaño. Las consecuencias clínicas son de enorme importancia, pues esta nueva idea del tiempo psíquico (introducida tempranamente desde “Estudios sobre la Histeria”, “El Proyecto de una psicología para neurólogos” y la Carta 52) implica que nada es fijo, y que la huella psíquica puede resignificarse y recargarse de sentido mediante el paso por el diván.
De ahí la importancia de una de las mayores aportaciones de Sigmund Freud: la transferencia. La transferencia como repetición en la escena analítica de esas historias dolorosas que no lograron traducción, la repetición del paso por la sexualidad infantil, del encuentro con el deseo inconsciente de los padres y del intento de elaboración de ese deseo que quedará por siempre insatisfecho. Para Sigmund Freud, y para mí, la transferencia es el verdadero objeto de estudio del psicoanálisis, en tanto se pone en juego lo inconsciente propiamente dicho, lo sexual reprimido en Edipo, el escenario de las pasiones trágicas: amor, sexo, dolor, fracaso...
Pero es la ausencia, lo no representado, lo no historizable lo que siempre ha llamado más mi interés. Lo más ajeno de nosotros mismos es lo que nos constituye, lo que nos estructura y, en gran parte, nos determina, y es el cuerpo quien lo porta. Aunque dos ideas centrales, - la insistencia pulsional más allá del sentido, y la temporalidad diferida de la huella- han guiado mi trabajo clínico, también siguen interrogándome la siniestralidad de la alteridad y la persistencia de lo irrepresentable. Si algo seguimos aprendiendo de Freud es que la tarea del analista no consiste en colmar el vacío de sentido, sino en permanecer allí donde todavía no hay representación posible. Ser el viento que detiene el vuelo de la paloma a la vez que ofrece la resistencia que la sostiene2. La clínica nos enseña que el inconsciente no deja de insistir precisamente allí donde el pensamiento encuentra su límite. Después de todo, seguimos esperando a Godot.
1 Ricoeur, 1970/1965
2 Kant, I. (1781/2007). “Crítica de la razón pura”
Breuer, J., & Freud, S. (1895/1985). Estudios sobre la histeria. En Obras completas (Vol. II). Amorrortu.
Freud, S. (1895/1985). Proyecto de psicología. En Obras completas (Vol. I). Amorrortu.
Freud, S. (1896/1985). Carta 52. En Obras completas (Vol. I). Amorrortu.
Freud, S. (1900/1985). La interpretación de los sueños. En Obras completas (Vols. IV-V). Amorrortu.
Freud, S. (1913/1985). Tótem y tabú. En Obras completas (Vol. XIII). Amorrortu.
Freud, S. (1914/1985). Introducción al narcisismo. En Obras completas (Vol. XIV). Amorrortu.
Freud, S. (1920/1985). Más allá del principio de placer. En Obras completas (Vol. XVIII). Amorrortu.
Freud, S. (1923/1985). El yo y el ello. En Obras completas (Vol. XIX). Amorrortu.
Freud, S. (1925/1985). Nota sobre la “pizarra mágica”. En Obras completas (Vol. XIX). Amorrortu.
Kant, I. (1781/2007). “Crítica de la razón pura.” Porrúa.
Ricoeur, P. (1970). Freud: una interpretación de la cultura (A. Suárez, Trad.). Siglo XXI. (Trabajo original publicado en 1965)