Hoy estamos aquí para celebrar un logro, sí, pero también un recorrido. Un trayecto que no sólo habla de estudios, lecturas o supervisiones, sino de transformaciones internas, de búsquedas personales que han dado forma al ser analistas.
Otto Kernberg nos recordaba que la educación psicoanalítica es, por naturaleza, híbrida. Combina el rigor del estudio con el aprendizaje de los oficios; el vínculo maestro–aprendiz con la experiencia viva del taller; y algo más, algo que roza lo espiritual —no en el sentido dogmático, sino en el sentido de una búsqueda personal, íntima— del misterio, de lo profundo, de aquello que es el inconsciente.
Formarse como psicoanalista implica una disposición interior particular: una apertura hacia la verdad psíquica, hacia lo traumático, hacia la pérdida y el vacío… hacia la muerte, incluso. No como ideas abstractas, sino como vivencias que atraviesan, inevitablemente, al propio sujeto del análisis y al que se forma para recibir a otros.
En este camino, nadie sale igual a como entró. Hay un antes y un después que no siempre se nota de inmediato, pero que se siente. Las palabras cambian de peso, los vínculos adquieren otra textura, la mirada se vuelve más amplia y compleja, hacia los otros y hacia uno mismo.
Por eso, cada generación que concluye su formación lleva consigo no sólo un título, sino una huella, una historia compartida que los une. Han transitado juntos años de estudio, de análisis personal, de dudas, de entusiasmos. Han acompañado y sido acompañados. Y eso —lo compartido— es quizá uno de los grandes regalos que deja esta experiencia.
Porque el psicoanálisis no es solo una técnica. Es, ante todo, un acto existencial.
Analizar —y dejarse analizar— requiere coraje, apertura al sufrimiento y una movilización constante de los propios límites.
Al mismo tiempo, este saber demanda un espíritu crítico, creativo, vivo, teñido de algo que podríamos llamar inspiración artística. No se trata únicamente de repetir teorías, sino de aprender a pensar desde la experiencia clínica, desde el acontecer singular de cada encuentro.
La formación analítica es una labor artesanal. Se hace de a poco, con paciencia, con errores y correcciones. Si algo nos enseña el psicoanálisis es que el tiempo interno no siempre coincide con el externo, que las transformaciones no se fuerzan, se esperan.
Sabemos también que el psicoanálisis se transmite, en su esencia, a través del análisis personal. Ese espacio funda un terreno fértil —la transferencia— que tiene la potencia tanto de abrir a la transformación como de cristalizar en el adoctrinamiento, en filiaciones rígidas, en jerarquías que no se cuestionan.
Ahí entra en juego la institución.
Porque la institución tiene una función ética fundamental: proteger al analista en formación de una exposición excesiva y, al mismo tiempo, proteger a los futuros pacientes. Sostener un marco que permita que el pensamiento psicoanalítico crezca, pero sin clausuras, sin dogmas, sin perder su carácter interrogante.
Michael Rustin lo expresó con lucidez: las organizaciones psicoanalíticas deben mantener una tensión viva entre el modo profundamente personal e íntimo de nuestro trabajo —cada análisis es único— y la necesidad de una estructura confiable y predecible que nos contenga a todos.
Ser parte de esta comunidad implica entonces habitar esa tensión. Cuidarla, hacerla productiva, transformarla en un espacio fértil de pensamiento compartido.
Y es ahí donde aparece el analista en su quehacer cotidiano: dejándose llevar por el ritmo de la relación con sus pacientes, por las evocaciones, las resonancias del cuerpo, las intuiciones. Confiando en que la teoría surgirá cuando sea necesaria, como si se alzara sola desde el fondo de la experiencia.
Cuando logramos estar en esa disposición —esa fe de la que hablaba Bion— reconocemos algo casi musical: una melodía que se crea entre dos. Una música sutil que ninguno domina del todo, pero que ambos hacen posible.
Querida generación 48: hoy celebramos el inicio de ese camino.
La culminación formal de la formación no es un cierre, sino una apertura. A partir de hoy ustedes inician otra etapa: la de sostener la pregunta viva, la de seguir aprendiendo de cada encuentro, la de mantener el deseo de saber al servicio de quienes confíen su palabra y su dolor.
Históricamente, nuestras instituciones han oscilado entre dos polos: el control excesivo, vivido como autoritario e infantilizante, y la ausencia de regulación, presentada como democrática pero que, con frecuencia, deja a los candidatos en la confusión. Quizá el desafío contemporáneo no esté en elegir uno u otro extremo, sino en pensar una formación que cuide la libertad sin renunciar a la responsabilidad, la creatividad sin perder el rigor, el reconocimiento externo sin sacrificar la profundidad del conocimiento.
Nuestro instituto goza de gran prestigio debido a su rigidez académica; sin embargo, desde mi punto de vista, exagera al solicitar a los egresados un examen adicional después de que ya han demostrado gran esfuerzo y disciplina en los seminarios, supervisiones y análisis. Pienso que deberíamos poner mayor atención en las entrevistas de ingreso, pues lo que sufrió la generación 48 fue el ingreso de una integrante que tuvo que ser dada de baja por no cumplir con los requisitos. Esta situación afectó dolorosamente a Edgar, Mich, Helena, Yuri y Fer, quienes vivieron las consecuencias de un proceso de selección.
En este contexto, vale la pena hacer una reflexión institucional desde el cuidado y la responsabilidad. Las asociaciones psicoanalíticas, como la nuestra, viven hoy tensiones comprensibles entre el deseo de reconocimiento académico externo, la formalización universitaria de los saberes y las exigencias del mundo contemporáneo. Iniciativas como los doctorados pueden representar una ampliación del diálogo con otros campos del conocimiento y ofrecer legitimidad en ciertos espacios.
Sin embargo, existe también el riesgo —sutil pero real— de que ese énfasis desplace progresivamente el centro de gravedad de nuestra tarea fundamental: la formación psicoanalítica entendida como un proceso largo, exigente y profundamente transformador, que no puede reducirse a la obtención de un grado ni medirse únicamente por criterios administrativos o económicos. Nunca he tenido la necesidad de colgar títulos en mi consultorio después de más de cuarenta años de trabajar como psicoanalista, y, sin embargo, los pacientes siguen viniendo a trabajar conmigo.
Recordar esto no significa oponerse al desarrollo institucional, sino cuidar la identidad misma del psicoanálisis. La APM nació y se ha sostenido como una institución dedicada, ante todo, a la transmisión del psicoanálisis. Mantener viva esa prioridad es una responsabilidad ética con las generaciones en formación.
Y este punto me parece especialmente pertinente hoy: cuidar que aquello que otorga prestigio institucional o reconocimiento social no eclipse el núcleo mismo de nuestra razón de ser, que es la formación psicoanalítica.
Con la generación 48, el plano teórico Fuer vivido.
Exploramos, por ejemplo, la idea de Mariam Alisade del núcleo del self como una piedra: una piedra que precede a la imagen, al ideal corporal, al deseo de ser mirado. Una dimensión existencial profunda. Durante estos cuatro años, Edgar, Helena, Michelle y Fernando han ido moldeando ese núcleo: una identidad de ser psicoanalistas que sostiene al sujeto aun cuando cambien el cuerpo, la historia o las circunstancias.
Como una piedra de río, ese núcleo se forma por múltiples corrientes. La vida psíquica no avanza en episodios aislados, sino en estratos. Freud decía que comprendernos es hacer arqueología de nosotros mismos —sus series complementarias—. Nada está aislado; cada capa sostiene a otra.
La formación psicoanalítica tiene mucho de inspiración artística, de intuición estética. La belleza, en ese sentido, es como un amuleto contra la experiencia externa temida.
También pensamos, en los seminarios con la generación 48, que el grupo puede pensarse a partir de la imagen de Las dos Fridas: sujetos profundamente distintos, pero interconectados.
Edgar, con su sensibilidad, sus conocimientos previos lacanianos y sus intervenciones breves pero siempre cuestionadoras.
Helena, con su experiencia y su profunda conexión con el psicoanalisis de niños, con un corazón lleno de esperanza ola valentía que da la fe en lo interior.
Michelle, la primera psicoanalista Swift, con su capacidad clínica y su pensamiento crítico ágil; con el valor de la mujer y la seguridad de serlo. Representa la situación actual de la APM, mayoritariamente femenina, dando una vuelta completa a lo que se vivió con los fundadores: una asociación con presencia casi exclusiva de hombres, paternalista y machista, de la cual hoy podemos hablar con conciencia y también con orgullo por la transformación.
Fernando, con su humor ácido y su talento para articular a Ogden, Bion y Velasco, haciendo emerger el ser del paciente.
Yuri, quien nos presentó pacientes en situaciones difíciles: sus trece años de trabajo con una paciente que realizó una transición de hombre a mujer, lo que nos llevó a reflexionar sobre las consecuencias del fenómeno trans en el psicoanálisis actual. Nos habló también de una paciente, víctima del feminicidio de su madre: un trabajo valiente, de filigrana, realizado con una capacidad de tolerancia digna de cualquier psicoanalista experimentado.
Toda transformación implica un descenso, un momento de desorganización, de pérdida de forma, para que algo nuevo pueda emerger.
La vida, como el análisis —diría Santiago Ramírez—, no avanza en línea recta, sino en espiral.
Y quizá eso sea justamente lo que hoy celebramos: no un cierre, sino una vuelta más profunda en ese espiral.
Tanto Ricardo Velasco, director del Instituto de Psicoanálisis, como Lolita Montilla, presidenta, deben sentirse orgullosos de que continúen formándose y egresando psicoanalistas de la calidad de los integrantes de la generación 48.
Antes de terminar, es importante reconocer a los familiares y parejas de los analistas en formación. Son contenedores silenciosos, fundamentales; acompañan, esperan y sostienen procesos que muchas veces no tienen palabras.
Hoy celebramos, entonces, una nueva vuelta del espiral.
Celebramos el trayecto, la valentía de mirar hacia adentro, de atravesar el desconcierto y seguir aprendiendo a escuchar.
Celebramos el compromiso con la palabra, con la verdad interna y con el deseo, herramientas fundamentales de todo analista.
Gracias por permitirme ser parte de este momento con la generación 48, el plano teórico Fuer vivido.
El psicoanalista, en su trabajo cotidiano, se deja llevar por el ritmo de la relación con sus pacientes: por las evocaciones, el cuerpo, las intuiciones, permitiendo que la teoría aparezca cuando es necesaria. Cuando estamos en esa actitud, tenemos —como decía Bion— la fe de reconocer la melodía que se crea entre dos.