Dra. Dolores Montilla Bravo
Presidente APM
Cuando uno ve la película, lo primero que conmueve no es la criatura….. sino el rencor y deseo de venganza. Un rencor antiguo, casi prehumano, que se vuelve la marca de nacimiento de ese ser rechazado desde el primer momento de su existencia, y pienso en lo que describe lartigue: “roca psíquica”, ese afecto enquistado que fija al sujeto en un tiempo que no avanza, donde la herida narcisista jamás cicatriza.
La criatura de frankenstein es, quizás, la figura literaria más nitida de esa memoria del rencor que se alimenta a sí misma y que no permite el pasaje hacia la memoria del dolor que posibilitaría el duelo y la transformación (Kancyper, 2014), el rencoroso, es un tirano que se vive víctima.
El niño Víctor, refiere en la película, que sentía a la madre como una parte de sí mismo, era el objeto de amor que él más amaba. El padre, un hombre sádico, odia al hijo y quiere que cumpla sus deseos de continuar su linaje de gran cirujano a partir del maltrato, la humillación y la violencia física. El padre sentía celos y envidia de la relación de Víctor con su madre. Así que, queda ambiguo si cuando va a dar a luz hace lo posible por salvarla o no. Para Víctor, el padre dejó morir a su adorada madre y lo abandonó en su duelo. Es entonces que Víctor lo odia abiertamente y jura vengarse de él, desafiándolo superandolo en su conocimiento, retando los límites del saber y adquiriendo no solo control sobre las fuerzas de la vida, sino también sobre las de la muerte. Su reto se vuelve: dar vida a partir de la muerte en una quimera de objetos parciales, que solo podrían tener vida a partir de una mirada amorosa de Víctor, lo cual no sucedió porque Víctor se sintió defraudado por su creación. Claramente refleja el narcisismo de quererlo todo y de sentir el poder de controlarlo todo. Y aquí entra una gran frase de Elizabeth hacia Víctor: “solo los monstruos juegan a ser dioses”.
Del Toro filma a la Criatura con una enorme compasión: no evita la violencia, pero la ilumina desde la experiencia del despojo. En la Criatura hay una humillación originaria: nace ya exiliada de todo amor, expuesta a la mirada horrorizada del “padre”, cuando en realidad debería sostenerla. Kernberg (2018), diría que estamos ante un self grandioso-devaluado, ese vaivén entre sentirse omnipotente y sentirse basura, que surge cuando el objeto primario no solo falla, sino que hiere, castiga y humilla . Así, la Criatura oscila entre la necesidad de ser visto y el odio devastador hacia quien lo creó sin ofrecerle un lugar.
Aquí entra Akhtar (2014) con su lectura fina de la humillación y el resentimiento: nos dice que el rencor no es solo un afecto….. se transforma en una organización del self. La Criatura encuentra en el odio, un modo de existir. Ese odio actúa como un “miembro fantasma”: la herida ya ocurrió, pero se sigue sintiendo, sigue exigiendo reparación, sigue exigiendo que el otro pague.
En la película, ese rencor se convierte en una brújula: dirige cada gesto, cada acto, cada encuentro. Pero como también vemos en la clínica, la venganza no repara; solo reitera, compulsivamente, la escena trumática.
La criatura no busca matar a Víctor, su padre, únicamente busca que Víctor, sienta, en carne viva, la misma desolación, la misma exclusión, la misma soledad. Es la ley del talión emocional: “tú me heriste la dignidad, me humillaste, me abandonaste, yo te arrebato lo que amas”. Es la fantasía de invertir la asimetría: de víctima a verdugo.
Los personajes de Elizabeth y el viejito ciego, son sumamente relevantes porque son los únicos que logran ver su alma. Ella empatiza con él, ve el dolor de sus heridas y lo acompaña aunque sea por poco tiempo. El viejo, a pesar de su ceguera, le hace saber que no es un “monstruo” sino un hombre bueno que él lo considera como su amigo. El “monstruo” se siente escuchado, amado, aprende a hablar y con ello comienza a historizarse, comienza a asumirse como sujeto para dejar de ser “algo” y convertirse en “alguien”.
Del Toro añade algo profundamente humano: el momento en que el monstruo se descubre capaz de mirar más allá de su furia. Así se asoma lo que Akhtar denominaría la posibilidad del perdón interno, no como absolución del otro, sino como un acto de autocompasión. Es el instante en que la Criatura se reconoce como sujeto y no solo producto de la injuria.
¿Puede perdonar alguien que nunca fue amado? ¿Puede soltar el rencor quien nació en el horror? La película sugiere que sí…..pero a un costo altísimo, porque perdonar no es olvidar, sino pasar del rencor a la memoria del dolor, esa que permite resignar, aceptar, elaborar, en vez de quedar fijado en la repetición mortífera.
Lo más potente de la película es que nos obliga a ver el “monstruo” desde adentro: no como un perseguidor, sino como un sujeto atrapado en la lógica del narcisismo herido: hipersensible, oscilante, movido por impulsos de venganza pero también por un deseo desesperado de reconocimiento. Su odio no es maligno, es reactivo y su venganza no es solo destructiva, es una forma torpe y trágica de reclamar humanidad.
Del Toro, con una sensibilidad profundamente psicoanalítica, deja caer una pregunta que en el fondo es universal: ¿qué hacemos con la herida que nos constituyó? ¿la convertimos en odio, en venganza…… o en un intento doloroso, incierto de perdón?
La Criatura de Frankenstein nos enseña que el perdón no es un acto moral, es un trabajo psíquico. Es el momento en que el Sujeto, por fin, deja de definirse por la injuria y se permite crear un deseo propio. Es el momento en que el Sujeto descubre que no necesita seguir lastimando para ser visto.
Quizás ése sea el verdadero tránsito de “monstruo” a humano: cuando el rencor pierde su función de sostén identitario y el odio deja de ser el único lenguaje posible. En ese instante, aunque sea frágil, el sujeto descubre que hay vida más allá de la herida, que puede existir sin la compulsión a repetir la escena trumática, sin perseguir eternamente al otro para hacerlo pagar.
Del Toro nos invita a imaginar ese punto liminar, ese umbral donde la criatura, y tal vez también cada uno de nosotros, puede dejar de vivir en la lógica del daño y abrir, aunque sea apenas un pequeño resquicio para la pulsión de vida, que permite amar y crear en vez de destruir. Ese resquicio, profundamente humano, imperfecto e inestable, que es lo que hace posible no solo el perdón, sino la contiuidad de la existencia misma.
Bibliografía
Akhtar, S. (2014) “Sources of Suffering: Revenge, Betrayal, Deception, Greed”. Ed. Karnac, London UK.
Kancyper, L. (2014) Resentimiento terminable e interminable. Revista de Psicoanálisis, LXXIX (3-4): 104-136, 2022
Lartigue, T. (2025) El Rencor: Inhibición, Síntoma o Desbordamiento Pulsional. Ponencia presentada en el LXV Congreso Nacional de Psicoanálisis de APM, Cd. De Puebla, México. Nov. 2025