DE LAS VIOLENCIAS Anti vínculos, desdichas y otros desbordes

Alfredo Stefano Castro Enríquez
Estudiante del doctorado en psicoterapia
Centro de Estudios de Posgrado
Asociación Psicoanalítica Mexicana.

La palabra suena cuando es evocada, fuerte y alto, un timbre hipersónico en pretérita ponencia a ejecutar, y al unísono. Nunca está de más recordar que el psicoanálisis es una práctica de justicia y ordenamiento, claro está que partimos de la psicogénesis Freudiana como anclaje de las lecturas e interpretaciones que hacemos desde el vivir diario hasta la clínica, ni sortilegio menos artilugio del saber asumido desde lo faltante dentro de una fenomenología más allá de la perenne distinción de los sexos. En ocasiones, es condensando en una mirada y no perspectiva, en transferencia sin muerte.

Ante estos versos siguientes, me atrevo a reunir un conjunto de voces internas venideras del intercambio, externo, interno e intermedio, de mi andar en este curso llamado vida que, no hay tantas opciones, habrá que vivir y re-vivir, morir y volver a vivir. No son ecos extranjeros a mi cuerpo, son insistencias ante mis propias violencias, insistencias por hallar una hoja, que haga gestar una relación y por consiguiente una nueva narrativa.

Es un ejercicio oportuno, combativo, una ramificación política y ética de mi self. Es una actividad que pone en primacía la palabra hablada en mi mundo intrapsíquico, para posteriormente ser escuchada, sobre todo ante los discursos autoritarios y subversivos.

Personas venideras de la poesía, filosofía, psicoanálisis y las artes, nos han augurado, denunciado y anticipando el carácter –innegable- que habita en cualquier persona: la violencia.

Nadie dudaríamos de concebir y aceptar la propuesta de que las violencias devengan y broten de lo biológico; una especie de carga psico-genética, incluso, colectiva. Otrora, ofrezco pensar las violencias como resultado de un dispositivo aprender- aprender, todo ello tejido en el acoplamiento accesible y sencillo que nos brinda el principio del placer. Precisamente, en el entramado social, en la “nueva” horda primitiva, si, pues vivimos en una época regresiva, canibalística hiper-moderna, esa que hace cómplices los cuerpos, los discursos y las agrupaciones. Pensarlo de esta manera me hace responsable. Pensarlo orgánicamente, según mi capacidad de ensoñación, sería injusto y justificaría mis violencias.

La violencia se halla en lo profundo del carácter, también, en lo evidente de la cotidianidad; capitalismo, machismo, mutilaciones, intolerancia, perversiones, son solo algunos de los linderos de las violencias. Indefensión, rechazos, aislamientos, vejaciones, desasosiegos, venganza, abandonos, a juicio de quien esto escribe, son las causas de un deseo o ejercicio violento.

El vivir, venir a habitar el planeta tierra, augura una tarea muy imposible de cumplir, la infelicidad es un acompañante siempre presente en nuestro existir. La naturaleza es bella per se, ipso facto, provoca envidia, la humanidad no la ve como un miembro de su mismo clan, de su mismo hábitat: extranjería y ajenidad son los sentimientos que recubren la relación humanidad-naturaleza. Tanta razón tenía Otto Rank al suponer que la verdadera fuente de las neurosis era el acto de nacer, sin embargo, habría que agregar a las psicopatologías psicóticas.

La distancia y el despojo humanidad-naturaleza, es un fenómeno in-nombrable, no hay acceso a la palabra hablada, he ahí lo ruin y abyecto de querer matar: narcisismo patológico es la dermis de la relación.

Según, en nuestra psique hay personas débiles, de menos importancia, de carencia socio-afectiva; ello no anuncia otra cosa que destrozos, es decir, rivalidad, revancha, competencia, anti-pasión. Dados nuestros cortos circuitos en el trayecto libidinal, y gracias a nuestros detenimientos y re-engolfamientos en las elecciones de descarga pulsional, agréguese lo inaugural de que el ello no deviene yo, se constituye una noción, una confusión: venimos a matar, no a morir.

Des-unir, destrozar y des-ligar, son mancuernas enunciativas de la ciudadanía, independiente de la geografía y del registro histórico. Lo distinto, novedoso, ajeno, eso que escapa de mi cuerpo y de mi aparato para pensarlo, desafía desde ya, cúmulos de experiencias de lograr arremeter y devaluar. Las abolladuras egoticas no se dejan, se empecinan por luchar y de-crecer yo y mi relación. Frente a estos acontecimientos dolosos, tacaños, viles y corruptos, la psique se halla desfallecida, no existe registro anecdótico, el testamento pulsional está ausente, habitar falta, la repetición traza su arado: su lugar. El álbum fotográfico de la transición y evolución no es más que un evento privado de autonomía.

Modos, aspectos, parámetros, estereotipos, paradigmas, modelos, representan: idealizaciones, trayectos; todos ellos son seudo-viajes con una intención: no habitar mi continuar viviendo.

Acaso no es lo diferente, lo que aleja, distancia, elimina, excluye y es así, tal vez cómo se ha pensado que lo decible y enigmático de la curiosidad humana, se representa en la fina línea de pensamiento; su propia historicidad que es plasmada en los ayeres del mañana. La reconfortante y paralizante voz de lo encarnado en femenino desde el desarrollo de la célula autoerótica, hace dicha deflexión, pues el ser que porta consigo lo necesario para ocupar un espacio posibilita esta espiral de inicios terapéuticos.

La posición subjetiva a la cual se tiene acceso una vez encendida la chispa de la vida, pone en juicio las funciones de aquel ser que se aferra a brindar algo más que su cuerpo, todo ese terreno inconsciente, por eso cabe señalar la función de las mujeres en la clínica, no solo eso, el dolor y extensiones de acaeceres psíquicos que reflejan la más indeleble, tantas veces innombrable que se pierde en su esencia. La falta, sin duda alguna, asumida desde la presencia en la carencia de algo, esbozada en la interpretación de la clínica analítica es justamente esa percepción que nombra al objeto y por ende enuncia un significado que emana, abarcando un continente: las grandiosas aportaciones que se puedes digerir y elaborar luego de un deseo violento, pueden ser tan nutricias como la bella esencia de lo enunciado.

A manera de recapitulación y consecuencia, y si gustan de una conclusión necesariamente provisional e incompleta, puedo agregar:

El psicoanálisis no es un terreno de soslayables victorias ni de diáfanas pérdidas en lograr su formulación, tal cual no deparará en asentir el sexo de la lengua que no envuelve, si ha de retornar la falta, su falta, la devuelve. La otredad se refleja en ocasiones abrupta como un síncope forcluido de quien no cede al deseo avasallador, y es ahí, de esos movimientos transferenciales donde la función de [vida] protagoniza creación.

Encarnamos muy bien esa frase que re-visita: ¡Vida solo hay una!, se traduce: ¡Solo tengo una vida para matar y destruir!

Los autoengaños son peculiaridades que acompañan, de la mano, nuestra psique, me refiero al hecho de que hay personas que se asumen como no violentas, lo que los posiciona en un lugar fuera de este planeta tierra y desligados de la sociedad, familiar y cultura que están inmiscuidas. Es una irresponsabilidad pretérita y nada prometedora, por ello, nadie duda que, juntas y juntos, constituimos la clínica del desborde.

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