Envidia ante los atributos femeninos, masculinos y andróginos

Teresa Lartigue

CONCEPTO DE ENVIDIA

El psicoanálisis es una disciplina científica cuyo objeto de estudio son los conflictos y las fantasías inconscientes (Leunzinger-Bohleber, 2015). El conflicto central según Freud (1920) tiene que ver con la lucha cotidiana entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte1, donde la envidia de acuerdo a Melanie Klein (1957) es la “expresión pura de la pulsión de muerte”.

Envidia “proviene del verbo invideo que significa mirar con rencor, malignidad o recelo; a la vez, deriva de invidere: ver con malos ojos” (Solís Garza 1994: 197) Esta emoción básica es uno de los siete pecados capitales. El Diccionario Salvat menciona que la envidia “es un afecto que se define como entristecerse por el bien ajeno y alegrarse por su daño. Es el sentimiento de animadversión contra el que posee una cosa que nosotros no poseemos o podemos conseguir. Es el deseo ardiente de poseer algo igual a lo que tiene el otro” (Citado por Vives, 1974: 27). Para Klein (1957) la envidia es “el sentimiento enojoso contra otra persona que posee o goza de algo deseable siendo el impulso envidioso el de quitárselo o dañarlo” (citada por Solís Garza: 197). Según esta autora, la persona envidiosa “se molesta ante la satisfacción ajena. Solamente se siente tranquila al contemplar la miseria de otros” (Martínez Salazar, 1997: 195). No se trata sólo de querer lo que el otro tiene, sino querer que el otro no tenga, o que lo que tenga se le destruya, se le acabe, se le pudra … la satisfacción del envidioso/a es ver como las posesiones o el prestigio del semejante se hacen añicos o se pierden (ibid).

“Freud, Jones y Reich esbozaron el retrato hablado de las y los envidiosos; Klein la reconoce como una parte importante del desarrollo caracterológico y las defensas contra ella permanecen en algunas personas como características de sus relaciones de objeto. Hanna Segal … acuñó el término de “carácter envidioso” (Solís Garza 1994:198). Solís Garza distingue tres tipos de carácter envidioso: el Esquizo-paranoide, el Narciso-maníaco y el Depresivo-edípico. Asimismo, Schneider (1998) menciona tres constelaciones que se encuentran en la clínica, en la intersección del desarrollo del ideal del yo y la envidia. Ambas clasificaciones aplican a los heterosexuales, o bien a personas de la comunidad LGBTI (Lésbica, Gay, Bisexual, Transexual e Intersexual) o LGBTQ (Queer, cuestionándose); de las denominadas “migraciones sexuales y de género” en términos de Glocer Fiorini (2015: 94), “que expresa metafóricamente los desplazamientos, el nomadismo, los flujos y movimientos de los itinerarios del deseo, más allá de la norma heterosexual prefijada”.

El mérito de Melanie Klein en Envidia y gratitud (1957) según Vives (1974:33) es haber retrotraído la envidia al pene de Freud “a su fuente original: la envidia al pecho nutricio de la madre en oposición a la gratitud hacia el mismo. También hace más explícito el concepto de que en el hombre, la envidia por el pecho puede extenderse a otros atributos femeninos, en particular la capacidad procreativa”.

Otra importante contribución de Klein es “el señalamiento de los mecanismos defensivos que emplea el Yo ante la emergencia de la envidia: la omnipotencia, la negación, la disociación, la idealización, la gran exaltación del objeto y sus dones y la confusión” así como la identificación proyectiva. Otras defensas encontradas por ella son: “la huida del lado de la madre hacia otras personas que son admiradas e idealizadas a fin de evitar los sentimientos hostiles hacia ese objeto más importante y envidiado, al mismo tiempo que es un medio de preservarlo; “la desvalorización del objeto” ya que de esa forma no necesita ser envidiado; “la desvalorización de la misma persona” que ayuda a negar la envidia al tiempo que constituye un castigo por la misma; el despertar envidia de los demás por medio del éxito personal; el apartarse del contacto con las personas, el acting out … la reacción terapéutica negativa … Y finalmente como Freud, especula sobre la base constitucional en la que reposa el sentimiento de envidia” (citada por Vives, 1974: 34).

ORIGEN DE LA ENVIDIA

Esta base constitucional y el que se trate de una envidia primaria -en virtud de que está dirigida al objeto primario que es el pecho tanto en hombres como en mujeres- ha cuestionado a la comunidad psicoanalítica. Por ejemplo, Etchegoyen y Rabih (1981) aceptan la teoría de la envidia primaria, pero cuestionan la pulsión de muerte1; enfatizan que si bien la frustración del exterior juega un papel importante, a la manera de un evento traumático, no debe negarse la responsabilidad del sujeto envidioso. Santamaría (1997) con base en Kohut atribuye el origen de la envidia “a una perturbación de la mismidad y la semejanza2 que son vitales para el sentido de autocohesión y automérito, por lo que se perturban también la activación de talentos y habilidades y la adquisición de instrumentos cognitivos, y por lo tanto, la previa experiencia reaseguradora de parecido, mismidad y semejanza se fragmenta en envidia. Esta experiencia de envidia suele también incluir fantasías sobre el otro/deprivante quién, cuando deja de ser percibido como sustentadoramente restaurador, se le va vivenciando cual inalcanzable” (p. 188).

Tubert y Hernández de Tubert (1998) por su parte, apoyados en Winnicott y Kohut sostienen que la envidia no es primaria, sino que “surge más tardíamente, como una perturbación de la relación entre el self del hijo y de la madre como objeto diferenciado, cuando esta última ha fallado en su función del selfobject, a consecuencia de insuficiente empatía” (p.47)1. Martínez Salazar (1997) adopta una posición neutra al señalar que debido a que “muchas veces nace junto con el hombre y su cuantía depende de factores internos innatos más que de factores externos que la provoquen, se da a la envidia el carácter de impulso constitucional” (p.196).

Es importante recalcar que el objeto pecho al que se refiere Klein no es el pecho que alimenta al hermano o hermana –de lo cual en la clínica psicoanalítica existe un importante número de casos que dan cuenta de esta condición y que la tradición judeo-cristiana sustenta con el relato bíblico de Caín y Abel al cual Laverde (1998) dedica un ensayo- sino el pecho que alimenta al sujeto mismo.

Diversos autores sugieren diferenciar la envidia, del odio, la voracidad, de los celos y del resentimiento; por ejemplo Alizade (1990) además de suscribir que la envidia proviene del instinto de muerte, señala que es un afecto al cual todo sujeto está expuesto en mayor o menor medida, en tanto el odio su correlato es constitutivo de lo humano (p. 266). Melanie Klein a su vez “enfatizó el hecho de no confundir voracidad con envidia; la envidia es proyectiva y la voracidad introyectiva y sin lugar a dudas una poderosa maniobra negadora”1. Asimismo, señala que “la envidia es diádica y los celos triádicos, empero en ambas condiciones el vínculo instintivo y afectivo es con un objeto benévolo” (citada por Solis Garza, 1994: 204-205). En cambio Sopena (1985) y Laverde (1998) señalan que la envidia es triangular en virtud de la representación del objeto idealizado que funge como el tercero.

Kancyper (1988) considera que el “resentimiento y la envidia son manifestaciones diferentes de la pulsión de muerte1. El sujeto envidioso no persigue otro fin que atacar lo que el objeto tiene de valioso, incluida su capacidad de dar. El sujeto resentido, en cambio, sostiene que este objeto, aunque malo en muchos aspecto, conserva para sí lo bueno: una retentiva capacidad de dar, de la cual él ha sido injustamente privado, pero que legalmente podría serle devuelta, después de un castigo reivindicatorio” (p. 968)

PROPUESTA

Respecto de la envidia a los atributos masculinos, femeninos y andróginos más que entrar en detalle por limitaciones de tiempo, quiero proponer con base en el Modelo Modular Transformacional de Hugo Bleichmar (1997,1999), mi manera de comprender los diversos procesos de subjetivación de las personas -siempre en relación con un otro. Modelo todavía incompleto e inacabado (primera versión Lartigue, 1996). Bleichmar1 entiende la psicopatología y yo agregaría el desarrollo psíquico como: “el resultado de la articulación de procesos, del encadenamiento de secuencias, del encuentro de componentes, cada uno con su historia generativa … y sobre todo de las transformaciones de estos componentes en el proceso de articulación, de retroacción de unos sobre otros y de la creación de propiedades emergentes en que la articulación origina algo que no estaba previamente en ninguno de los modelos componentes” (Bleichmar, 1997, p. 25, 30 cursivas del autor)

Así, un módulo tiene que ver con la Identidad Psicosexual postulada por Freud a partir de los Tres Ensayos y otros escritos enriquecida por Abraham, con sus fases oral, anal, fálica o como también se le denomina organización genital infantil, latencia y la fase genital propiamente dicha a partir de la adolescencia.

Otro módulo es el de la Identidad de Género planteada por Stoller (1964) quién distingue tres fases, la primera que llama el núcleo de la identidad de género, la segunda de rol de género y la tercera de elección de pareja u orientación sexual- Además de esta concepción individual de género, es importante considerar la concepción holística, global o transubjetiva que estudia “los sistemas sexo género desde diferentes perspectivas teóricas: la división social del trabajo, la organización del poder ya sea como sistema de estatus y prestigio social o como sistema de representaciones mentales” (De Barbieri, 1996). Y también desde la perspectiva intermedia que conceptualiza al género como: “red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, sentimientos, valores, conductas y actividades que diferencian a los hombres y a las mujeres mediante un proceso de construcción social” (ibid).

El módulo de la Identidad Primordial desarrollado por Mariam Alizade. Nos dice Graciela Cardó (2011: 6) en sus remembranzas, que uno de los principales aportes de Alizade, es: “el concepto de “núcleo de piedra” (Alizade, 1992, cap. 21), descarnado espacio interno, sin sexo, centro de gravedad que sostiene el psiquismo. La autora señala que imaginariamente nos remite a la idea de soporte, de esqueleto, de armazón que da unicidad al ser. Esta autora considera que antes de ser varón o mujer se es ser humano. Introduce el concepto de identidad humana en tanto identidad que antecede al género y que está presente a lo largo de la vida como un universal de existencia (Alizade, 20082). El núcleo de piedra hace eco en el objeto bueno que nos describiera Klein, que conforma el núcleo del Yo, sostiene la mente en el tránsito de la vida. El núcleo de piedra- Objeto bueno kleiniano, al instalarse gradualmente en la mente da lugar a profundas transformaciones”.

El módulo de la Identidad Generativa, que tiene que ver con la parentalidad, con la maternidad y la paternidad que formulamos Vives y yo en 1994, apoyados principalmente en Greta Bibring y Dinora Pines donde enfatizamos que el curso y resolución de una gestación depende de una serie de factores, entre los que se encuentran: “las características específicas de la relación de pareja –cuando esta existe- ; de la presencia o ausencia del deseo de maternidad cuya manifestación puede tomar la forma de un deseo o no, de embarazarse, o bien del deseo o no de tener un hijo vivo; por el tipo de fantasías conscientes e inconscientes asociadas al hijo por nacer; por el momento y la amplitud con la que se desencadenan las conductas maternales específicas, por ejemplo, la respuesta de la embarazada ante el inicio de los movimientos fetales; por el interjuego de identificaciones de la gestante con su propia madre interna; por la intensidad de los afectos displacenteros: ansiedad y depresión, y por la intensidad de los conflictos inconscientes” (p. 31). Posteriormente incorporamos los conceptos de Lebovici y de Solís Pontón (2002) respecto de que la parentalidad introduce la triple diferencia: la de yo-no yo, la de sexo y la de las generaciones.

El módulo de la Identidad Subjetiva que podría englobar e integrar todas las identidades anteriores propuesto por Leticia Glocer Fiorini (2015:101-102), quién señala que “frente a las nuevas formas de subjetivación y a las ambigüedades e incertidumbres que marcan los procesos de producción subjetiva, … es necesario ir más allá de la lógica binaria, más allá de la polaridad masculino-femenino …. Trabajar con el paradigma de la complejidad … sobre la diferencia sexual, con los binarismos y las diversidades sexuales…. Esta vía no elimina los dualismos, que ya están incluidos en el lenguaje, pero los incluye en organizaciones hipercomplejas”.

Señala también que en la producción de subjetividad -en términos de conjuntos heterogéneos en intersección- tenemos que considerar la siguiente concepción tripartita. a) “La heterogeneidad anátomica de los cuerpos sexuados que siempre es significada… b) La pluralidad de identificaciones (en relación con el proyecto identificatorio y el deseo de los padres. Incluye también la identidad de género y sus posibles ambigüedades). c) La sexualidad y el deseo inconsciente, que siempre actúan en exceso y van más allá de lo ya constituido. Por eso la elección de objeto siempre es contingente, aunque no arbitraria” (p. 102, cursivas de la autora). … Asimismo, menciona que “ninguna de las variables mencionadas está fuera de las normas de la cultura, que asignan significaciones a cada uno de esos planos y por lo tanto son historizables. Esto se da en un contexto de intrincadas determinaciones individuales, familiares y culturales” (ibid).

A manera de conclusión de esta primera parte, y respecto de la envidia a los atributos femeninos, cabe mencionar que Freud destacó en diversas publicaciones que la envidia al pene o envidia fálica en las mujeres, es una fuerza primaria o motor del desarrollo de la psicosexualidad femenina1. Me pregunto, qué ocurre con los módulos de las diferentes identidades ya mencionados, así como con los otros sistemas motivacionales postulados por Hugo y Emilce Dio Bleichmar (1997, 2005): el de la sensualidad/sexualidad; el del apego; el del narcisismo, el de la regulación emocional y el de la hetero/ autoconservación Todos ellos ligados a las pulsiones de vida.

Habría que seguir trabajando en el sistema motivacional de la envidia como expresión de las pulsiones de muerte, o bien “del programa genéticamente determinado para la muerte” en términos de Vives y repensar “los conceptos de agresión, agresión fría, de la perversidad o tendencia al mal, así como ciertas formas de la destructividad” (2013: 406). Asimismo, explorar sus diferencias no sólo con respecto de los hombres, sino al interior de las mujeres y al interior de los hombres.

Como podemos ver, el estudio de la envidia es amplísimo y el tiempo breve por lo que tengo de limitarme a lo apenas esbozado. Queda por determinar el papel de este afecto en relación a los atributos femeninos1 y a los atributos andróginos2. En la clínica psicoanalítica los motivos de la envidia son infinitos; hay que interpretarla siempre (Etchegoyen, López y Rabih, 1985), nunca de manera prematura, ni unilateral. Necesitamos apoyarnos en el Eros para elaborar el intenso sufrimiento que conlleva el padecer envidioso (Solís Garza, 1994) y estar alertas a las representaciones inconscientes y prejuicios de género (Lartigue, 1998).

En la misma línea, es importante vincular el concepto de envidia con el de la carencia, con la clínica del vacío y articular también su relación con la genealogía de la violencia contra las mujeres y los niños.

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