Camille Cassereau

En los últimos días, hemos tenido el placer y el privilegio de tener con nosotros a nuestros colegas franceses con quienes hemos tenido oportunidad de escuchar, aprender, compartir e intercambiar ideas de manera a enriquecernos con su experiencia y, posiblemente, compartir algo de la nuestra.

Sus ideas son ricas y nos han dado la oportunidad de ver similitudes y diferencias con nuestros propios planteamientos. Voy a retomar aquí algunas de las ideas presentadas, no pretendo retomar todas las ideas importantes ni todas las ponencias, sino únicamente algunas que me llamaron la atención y me voy a centrar en especial en nuestros invitados franceses.

Nuestra disciplina se ancla en las historias, los relatos que nos comparten los pacientes y las historias que se escriben y reescriben; las ideas que se construyen a partir de estos relatos y la manera en cómo los participantes de los intercambios se modifican y crecen a partir de los mismos. Esto es lo que hemos hecho en este espacio.

Ha sido un espacio rico en historias en el que los participantes han sido los ponentes que relatan, el auditorio que escucha y los pacientes que son evocados, que generosamente nos han compartido sus historias para poder pensar en torno a ellas. En efecto, ha sido un coloquio extremadamente rico en material clínico.

Florian Houssier nos introdujo al mundo de la investigación histórica, prima hermana de la práctica psicoanalítica desde la dimensión clínica, teórica y biográfica. Nos introdujo al mundo de Freud, Freud adolescente, buscando entenderlo como un hombre de su tiempo, un hombre complejo con una multiplicidad de representaciones de nos llevan a la imagen del caleidoscopio. Lejos de la simplificación caricaturesca, la investigación histórica asume la opción de la complejidad.

Houssier nos lleva a hacer un recorrido por la adolescencia de Freud marcando algunos puntos interesantes como la presencia de una doble imagen de la mujer como bruja (coloquio de los perros, o la madre de la joven que sedujo a Eduard) o la mujer idealizada (ángel del tren o madre de Gisela).

Freud, en muchas ocasiones se apoyó en la vida psíquica de jóvenes que hoy llamaríamos adolescentes para explayarse en explicaciones de la mujer a pesar de no haber abordado la adolescencia en su teorías más allá de los Tres ensayos para una teoría sexual.

Houssier nos plantea que explorar el psicoanálisis desde su historia es una de las formas reflexivas de prolongar la teoría y de darle un resorte dinámico para impedir así su calcificación. Se trata de revitalizar la historia de nuestra disciplina, traerla a la mirada para poder avanzar. Se trata de poner en práctica los propios planteamientos psicoanalíticos en nuestra disciplina. Exploramos la vida y la historia de nuestros pacientes para permitirles construir un futuro más libre, construirse en lugar de repetir.

Utilizamos para ello las palabras que como comenta Barriguete, haciendo referencia a Sartre, nos van nutriendo y convirtiendo en lo que somos pero también se convierten en piedras en el zapato, nos indigestan, nos llevan a perder estabilidad o seguridad.

Houssier nos lleva a hacer un recorrido por la adolescencia de Freud marcando algunos puntos interesantes como la presencia de una doble imagen de la mujer como bruja (coloquio de los perros, o la madre de la joven que sedujo a Eduard) o la mujer idealizada (ángel del tren o madre de Gisela).

Freud, en muchas ocasiones se apoyó en la vida psíquica de jóvenes que hoy llamaríamos adolescentes para explayarse en explicaciones de la mujer a pesar de no haber abordado la adolescencia en su teorías más allá de los Tres ensayos para una teoría sexual.

Houssier nos plantea que explorar el psicoanálisis desde su historia es una de las formas reflexivas de prolongar la teoría y de darle un resorte dinámico para impedir así su calcificación. Se trata de revitalizar la historia de nuestra disciplina, traerla a la mirada para poder avanzar. Se trata de poner en práctica los propios planteamientos psicoanalíticos en nuestra disciplina. Exploramos la vida y la historia de nuestros pacientes para permitirles construir un futuro más libre, construirse en lugar de repetir.

Utilizamos para ello las palabras que como comenta Barriguete, haciendo referencia a Sartre, nos van nutriendo y convirtiendo en lo que somos pero también se convierten en piedras en el zapato, nos indigestan, nos llevan a perder estabilidad o seguridad.

Houssier habla de las barreras de las lenguas que nos impiden compartir. Jorge Armando Barriguete dice que es parte de un sueño adolescente, un mundo en el que la lengua no sea una barrera. Hoy nos encontramos en un escenario en el que apoyados por presentaciones proyectadas y esfuerzos de traducción, intercambiamos puntos de vista y luchamos contra la calcificación. Desconozco lo que Freud pensaba del francés, pero para él, y cito a Houssier, “el español era la lengua de las dudas, de la ambivalencia de los sentimientos y de una sexualidad mal definida en la adolescencia, incluso, la de la una gran intensidad afectiva; una caja de Pandora que Freud decidió no volver a abrir después de sus cartas a Eduard”. Hoy continuamos a abrir esta caja de Pandora.

Se trata de la posibilidad de cuestionarse sobre lo que se nos presenta. Así, la mirada externa en la presentación de los casos nos permite cuestionarnos sobre lo que se nos presenta de frente con los pacientes. Philippe Robert comenta entonces sobre la posibilidad de soñar, asociar y tener una vida de fantasía en la paciente presentada por Delia Hinojosa, esto como un contrapunto a la enfermedad psicosomática o Florian Houssier llama la atención sobre una “falsa anorexia”, una organización sintomática que encubre un intento por devenir sujeto en el caso presentado por Dolores Montilla. El movimiento adolescente mismo que se presenta con una violencia que mueve y produce el disturbio pero deja, cuando interviene el psicoanálisis, la posibilidad de pensarlo y comprenderlo.

El adolescente llega con su familia y esta organización da una vertiente particular al trabajo. El analista queda inmerso en esta dinámica y vive el proceso de identificaciones y contraidentificaciones para buscar un lugar propio y acompañar a su paciente en la búsqueda de su propio lugar. En ocasiones, puede quedar atrapado en algunas de ellas y ubicarse en una posición particular. Houssier habla entonces de este acompañamiento de la analista en el devenir sujeto frente a los otros.

Frecuentemente se habla en relación a los padres, de la pareja parental y no tantas de la pareja conyugal: la constitución de la pareja y las alianzas inconscientes que se presentan ante nosotros.

Uno de los elementos en común de los casos presentados es la dificultad extrema de la relación transferencial con los adolescentes. En el “infierno” que nos hacen vivir, surge la imagen de las puertas del infierno de Rodin, obra presente tanto en Francia como en una representación en México: los cuerpos están atormentados y confundidos y se nos presentan de este modo. El rol del analista es entonces, el de ser un objeto que al no ser el padre o la madre es “matable”, no se trata solamente de vivir una separación del objeto sino de volverse sujeto ante el asesinato simbólico del objeto.

El amplio contenido clínico de las ponencias presentadas me parece que revela justamente esta situación que tiene que ver con el intenso movimiento e impacto que genera el trabajo con adolescentes. Dice Florian Houssier que es importante dejarse atravesar por la angustia, tolerar sin actuar para recibir la transferencia negativa del adolescente. Ofrecer así un espacio de contención terapéutica que contiene la desorganización psíquica del adolescente. Es posible sentirse uno mismo como una basura, sentir que no servimos para nada y justo ahí, tener un impacto terapéutico.

Robert habla de cómo por mucho tiempo no se ha abordado el tema de la terapia familiar con adolescentes. ¿Será justamente por esta intensidad que provocan? Dice Robert “el adolescente vuelve a poner el cuerpo y el lenguaje de lo sensual en el corazón de la familia”. En este devenir sujeto, el adolescente está en busca de un “nosotros”, un “nosotros” que está en movimiento y el analista entra en este proceso, como dice Houssier, de tomar una postura ética en la que la neutralidad psicoanalítica no impida tomar posición.

En ocasiones, nos comenta Robert, las instituciones como los hospitales, escuelas, servicios judiciales, atacan los vínculos, presentan dificultades para poder tener su lugar propio y ejercer desde ahí su rol de sostén del adolescente. Se puede ver este intercambio de roles y de lugares, en el médico que se convierte en juez, el profesor que se convierte en médico o en el analista que se convierte en padre. El adolescente busca referentes para poder identificarse, incluso en ocasiones de modo oposicionista o violento. En una búsqueda de comprensión, las instituciones pueden moverse hacia un lugar de parálisis, la comprensión no está ahí para impedir la acción. Las distintas ponencias vuelven a encontrarse entonces en la idea de la necesidad de contención del adolescente. En ocasiones, la falta de esta contención primaria lleva a la búsqueda de la misma en el cuadro de la realidad. El análisis da entonces el encuadre como un marco de sostén en el que pacientes y familias se apoyan, muchas veces mediante el ataque.

El encuadre se sostiene y se busca comprender el ataque al mismo mediante la escucha del grupo, buscando poder mantener esta escucha aun con las dificultades que las diferentes identificaciones plantean.

El trabajo de Marty nos confronta con el tema de las dependencias y abuso en el consumo de substancias en los adolescentes. Se aborda la pregunta sobre la relación entre la dependencia y la depresión. La dependencia como una tentativa de evitar encontrarse con y afrontar la depresión.

Los adolescentes al beber, luchan sin saberlo contra el temor al derrumbe, buscan dejar de lado lo que los amenaza, sin saber que lo que los amenaza está en su interior.

La adicción como alternativa a la depresión dice François Marty. No forzosamente la depresión melancólica de la que habla Freud, también la depresión neurótica que en el lazo con el objeto se trata de una expresión afectiva normal sentida por el niño ante la ausencia del objeto primario y sobre todo ante su propia agresividad destructiva dirigida hacia el objeto generando culpa, fuente de depresión. (Klein, Winnicott) Las experiencias precoces de pérdida tendrán un impacto importante en el adolescente ante las nuevas experiencias de pérdida, cuando tenga que resistir a la violencia interna de sus propios movimientos: el consumo de substancias puede entonces jugar el rol de amortiguador. De este modo, la herida narcisista y la pérdida objetal favorecen el afecto depresivo en la adolescencia. Se busca que la elaboración psíquica permita hacer el duelo de los objetos infantiles e integrar la nueva etapa adolescente.

Desde este punto es que Marty plantea que el afecto depresivo forma parte de la experiencia adolescente. la depresión clínica aparece cuando el trabajo de elaboración psíquica fracasa y que el carácter traumático de la pubertad se desborda. El movimiento depresivo es una forma de mantenerse ligado y de mantener un cierto funcionamiento psíquico.

La solución adictiva se parece entonces a la solución perversa, el objeto adictivo se acerca al objeto fetiche, viene a llenar el vacío dejado por la pérdida del objeto, el vacío y no el lugar. Impide el trabajo de la depresión y lo substituye con un analgésico, llega al registro sensorial y perceptivo en lugar de al de la representación.

El adolescente está en una posición de rechazo, piensa que con el alcohol o la mariguana se libera haciendo lo que quiere pero en realidad, solo se entrega a un amo más exigente que lo empuja hacia la búsqueda de la vía corta del placer. Se trata de una máscara a la aceptación de lo que viene del exterior, en particular de los padres. En la dependencia, el objeto parecería que está siempre ahí, a su disposición – no como las niñas en el caso del paciente Remy que sólo están por momentos hasta que se cansan-.

En la neurosis, el conflicto psíquico permite renunciar al objeto primario, sobreponerse a la angustia ligada a su pérdida. Con la identificación, le permite al sujeto enriquecerse con este objeto ausente. la dialéctica entre la investidura narcisista e investidura objetal enriquece al sujeto. La depresión es un trabajo particular que ofrece al sujeto la posibilidad de tratar su angustia fundamental aun si el precio es un sufrimiento intenso. Se trata de introducir el conflicto o de evitarlo en la adicción.

Así, el recurso del objeto adictivo es para algunos adolescentes una forma de tratar la depresión, ahí donde otros procesos no funcionaron.

Al no afrontar esta depresión adolescente, lo que se instaura es una latencia artificial , dejando para más tarde lo que no logra enfrentar. Se trata de una búsqueda de un mundo sin conflictos. El fracaso del trabajo de la latencia.

La dependencia trata de mantener la ilusión de la permanencia de un objeto que ya no está ahí y que el sujeto no fue capaz de interiorizar, es la negación de la pérdida. Como si depender de un objeto fuera mejor que vivir sin él. Separarse del objeto de la dependencia sería correr el riesgo de sentirse vacío de objeto. Y el vacío causa horror. La solución terapéutica no consiste entonces en lograr la interrupción del consumo, esta tiene que pasar por la depresión, para lograr el duelo del objeto y del proceso que desarrolló para luchar contra el sufrimiento provocado por la ausencia del objeto. Afrontar la depresión es la condición para pasar de la necesidad al deseo.

Finalmente hablamos de identidad y de identidad cultural. En un mundo en el que lo global y lo plural se nos impone, cerramos este coloquio justamente con un encuentro entre dos culturas que busca mediante un intercambio crear este espacio nuevo. Y dice Alberto Konicheckis, lo cultural forma parte esencial de la identidad y la identidad parte esencial de la adolescencia.

Se habla de los lazos sociales como parte personal y singular del sujeto y no como algo externo, meramente periférico.

Así, en el centro de nuestro intercambio cultural, se ha jugado el juego de las similitudes y las diferencias. ¿Los adolescentes de aquí y de allá son iguales? Lo cultural cambia, habla Konicheckis del mundo árabe, del Islam, la religión musulmana, fundamentalista o no, las distintas prácticas y tradiciones. Tenemos poco de esto aquí pero el proceso de llegar a esta identidad transitando por lo cultural y la violencia en el corazón de la problemática sí nos es familiar.

La manera en la que en nuestro país muchos jóvenes y adolescentes se ven enfrentados a situaciones culturales que los llevan a transitar por la violencia como una forma de acceder a un proceso de búsqueda de identidad requiere de comprensión.

Lo cultural no se limita a ser un soporte de proyecciones del psiquismo individual. Lo cultural (citando a Freud) define el amor y la guerra. Lo cultural nos lleva a comprender a nuestros pacientes desde un momento histórico y en un contexto, como Gaia en el momento de los atentados terroristas, como tantos jóvenes mexicanos en un contexto de inseguridad y violencia. Como estos dos contextos culturales que transitan por la relación colonizado-colonizador.

Lo cultural transita en la relación transferencial también desde las particularidades, orígenes e identificaciones culturales del paciente y analista. Desde la definición más clásica de transferencia cuando Gaia parece no escuchar el acento ni conocer el apellido de su analista y se relaciona con él como si fuera un colonizador francés, hasta la comprensión de la transferencia en un sentido más amplio en la que todo lo referente a ambos participantes entra en juego, incluido por supuesto aquello que comparten y lo que no desde lo cultural, permitiendo entonces a partir del trabajo analítico un intercambio cultural que permita el crecimiento.

Es así como llegamos al final del coloquio, enriquecidos por este intercambio cultural.

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