François Marty

1. El problema de la depresión

La depresión es una manifestación afectiva reactiva a la pérdida del objeto o a la pérdida del amor por parte del objeto que se traduce en un afecto de tristeza, una inhibición psicomotriz, una ralentización de la acción, ideas suicidas, una auto-desvalorización, un descenso de la autoestima, un sentimiento de fatiga, acompañado con frecuencia de perturbaciones del sueño; un dolor moral enfin, a veces intenso, que parece inculpar al sujeto. Todas estas manifestaciones no están necesariamente presentes en el cuadro de la depresión. Esta puede ser considerada como la manifestación de un sufrimiento que se traduce en una dificultad importante para hacer el duelo de un objeto, pero también puede ser considerada como una tentativa de elaboración psíquica de la angustia ligada a esta pérdida del objeto.

Hay que diferenciar la depresión melancólica (vertiente psicótica) en la que domina un muy fuerte dolor moral, la culpabilidad, la persecución – la autoacusación que puede llegar hasta el delirio -, de la depresión neurótica (vertiente de descompensación neurótica) en la cual el sentimiento de culpabilidad es más discreto, el dolor moral menos intenso.
En el primer cuadro se trata de un desmoronamiento de las defensas lo que da lugar al riesgo de una evolución hacia la psicosis bipolar, siendo la fase melancoliforme de esta patología a menudo gravísima con un elevado riesgo de pasaje al acto suicida.

En cuanto a la depresión neurótica se manifiesta con ocasión de acontecimientos vitales traumáticos que dan cuenta, con mayor o menor intensidad, de la experiencia de la pérdida del objeto. La fragilidad narcisista de estas personalidades favorece la descompensación néurótica. En ambas situaciones, el sujeto no consigue elaborar esta experiencia del duelo del objeto, ocupando el yo del sujeto de alguna forma el lugar del objeto perdido en el caso de la melancolía, mientras que el trabajo de duelo obstaculizado, momentánea o duraderamente, conduce al paciente neurótico a poner en marcha conductas y estrategias anti-depresivas variadas.

Si S. Freud (1920) trabajó inicialmente la melancolía como patología del duelo más que de la depresión neurótica propiamente dicha, percibió sin embargo el trabajo que efectúa el niño para enfrentarse a la ausencia del objeto materno, simbolizándolo mediante el juego (de la bobina). Con ello puso en evidencia la manera con la que el niño se apropia, por medio del juego, de una experiencia para no padecerla, y demostró de esta manera cómo el niño escapa al desamparo de la desaparición del objeto primario tratando de dominar la angustia ligada a esta pérdida de objeto a través de la representación. Se puede considerar que S. Freud se interesó por el afecto depresivo, con su teorización de la melancolía como patología del duelo, con la intención fundamental de poner la primera piedra de un edificio cuya construcción continuaría tras él.

Herida narcisista y pérdida del objeto favorecen la aparición de una patología depresiva en la adolescencia. La elaboración psíquica permite habitualmente hacer el duelo de los objetos infantiles e integrar la novedad pubertaria. El afecto depresivo puede entonces ser considerado como parte de toda experiencia adolescente. La depresión clínica solo aparece cuando el trabajo de elaboración psíquica fracasa y el carácter traumático de la pubertad desborda por efracción la para-excitación y las capacidades de contención psíquica del adolescente. En este caso, sin embargo, la solución depresiva es constructiva y mantiene un cierto modo de funcionamiento psíquico al cual el sujeto queda vinculado, a veces de forma dolorosa, con el objeto interno. Pero debemos preguntarnos hasta qué punto se trata del objeto interno. ¿No deberíamos, como sugiere P. Denis, evocar el objeto depresivo como un sustituto del objeto perdido, como una manera de soportar su ausencia sin integrar por ello su pérdida en un verdadero trabajo de duelo? Esta construcción proteje sin embargo al sujeto, mejor que otros montajes (perversos en particular), de una desorganización psicótica o psicosomática. El aferramiento al objeto en un movimiento dramático para no sufrir su pérdida como una desaparición de sí,

llega a ser a veces como otra solución, de naturaleza adictiva (Corcos M., Jeammet P., 2005).
Este breve repaso de la problemática depresiva deja entrever las dificultades que el niño, después adolescente, puede conocer en su tratamiento y su superación. Para medir su dificultad, basta con tener en cuenta las experiencias precoces de separación (M. Mahler, 1968), donde, según la naturaleza de los apuntalamientos narcisistas que han participado en la construcción subjetiva del niño, la experiencia será rica en la individuación o dramática con el desgarramiento que provoca angustias agónicas, angustias de desmoronamiento catastróficas. No es raro, en este último caso, observar la puesta en funcionamiento de defensas más rígidas en tanto que búsqueda de soluciones (habilitamientos perversos, adicción, sobre todo), que permiten al sujeto sobrevivir a esta amenaza de desplome.

 

2. La economía psíquica de la dependencia

La solución perversa, la elaboración fóbica (A. Birraux, 1990), la depresión y la dependencia tienen en común entre ellas que todas pertenecen a la economía narcisista. Sin embargo no son equivalentes, pues no presentan la misma calidad de elaboración, la solución no es comparable en cada caso.
La fobia ofrece al sujeto la posibilidad de proyectar sobre el objeto externo una parte de la angustia y de la agresividad consecuente. El miedo al objeto es una forma de mantener un vínculo con él y de tratar al mismo tiempo la cuestión de la destructividad. La angustia queda fijada sobre un objeto externo, pero el objeto está interiorizado, lo que constituye la mejor manera de no perderlo; el sujeto mantiene con él relaciones de conflicto, es decir, de deseo, si se considera que, en la elaboración fóbica, el sujeto teme conscientemente lo que desea inconscientemente. El miedo al objeto es aquí la expresión del deseo (amor y/o odio) hacia él; la dimensión edípica está fuertemente presente. Sujeto y objeto están claramente diferenciados al precio de esta fijación ansiosa.

Con la depresión, la fragilidad narcisista aparece en primer plano; la elaboración parece más larga, más difícil, más costosa para el sujeto y enmascara ante sus propios ojos su deseo volviendo contra él la agresividad que está destinada a otro. Pero, salvo cuando la depresión se degrada en melancolia, cuando el trabajo de la depresión fracasa, el sujeto, igual que en la fobia, se apoya en esta solución para construirse; el objeto construye el sujeto. Se puede incluso hablar

de los beneficios de la depresión (P. Fedida, 2001) si pensamos que es un tiempo que el sujeto se otorga a sí mismo para encontrar a su ritmo la solución a sus conflictos internos. A pesar de sus oscuridades, de sus angustias, la depresión es una solución portadora de futuro para el paciente, pues todavía queda en el registro neurótico.

Con la dependencia, la necesidad de recurrir a un objeto externo revela la fragilidad narcisista, el fracaso de la negociación entre sí mismo y el otro, entre investimiento narcisista e investimiento objetal. La presión pulsional muy fuerte no encuentra defensas internas suficientes para situarla a distancia o para mediatizar su demanda de satisfacción que obliga al sujeto a encontrar este recurso. El sujeto no parece mantenerse más que apoyándose en este puntal. El aspecto protético es manifiesto, el objeto tiene dificultad en interiorizarse. El objeto de dependencia, debido a que está demasiado pegado al cuerpo, no sustituye al objeto transicional que no ha podido encontrar su lugar. La dependencia estableció un circuito corto de satisfacción, sin pasar por el otro. Pero este objeto ersatz, esta prótesis de relación parece hacer el negocio para el sujeto, si éste acepta ser totalmente dependiente de él. El objeto de dependencia calma la angustia saturando la falta, pero se paga al precio de la dependencia que el sujeto debe a este objeto. El objeto es siempre un objeto parcial, un objeto que el sujeto no puede promover a la dimensión de un otro. La solución adictiva la sitúa claramente del lado de los estados límites donde la incertidumbre identitaria domina el cuadro, la conflictualidad psíquica allí es embrionaria.

Desde este punto de vista, la solución adictiva se asemeja a la solución perversa, el objeto adictivo está próximo al objeto fetiche. En cuanto la perversión, precisamente, ésta le otorga al sujeto la ilusión de la solución perfecta al economizar la angustia de la pérdida, del sufrimiento que puede representar el deseo como expresión de la falta. Ella da al sujeto la ilusión de la omnipotencia y de la completud narcisista. Pero es precisamente narcisista de tal modo que sacrifica al otro, porque reduce al objeto a un instrumento de su goce. Privado del aporte del objeto en la relación intersubjetiva, el modo de funcionamiento perverso es relativamente pobre, y presenta rigidices tales como que el sujeto está obligado a pasar por escenarios ritualizados, siempre idénticos, so pena de comprobar una angustia catastrófica de aniquilamiento. Humanamente es la peor de las soluciones porque aliena al sujeto y a su objeto a su escenario en una puesta en escena totalmente narcisista en donde alteridad está excluida y donde la búsqueda de satisfacción es imperativa y no sufre retraso alguno, ninguna

falla. El goce tiene este precio. Económicamente, es una solución que se revela más costosa de lo que inicialmente parecía.

 

3. ¿Evita la dependencia la depresión?

La depresión es un trabajo psíquico, un medio particular de tratar la angustia de la pérdida del objeto (Chabert et al., 2005). El recurso de la adaptación perversa al habilitamiento, o a la perversión, a través del fetiche, como en la dependencia, constituye una tentativa de negar (rodear) la pérdida del objeto y traduce un defecto de su introyección. En todos estos casos, se trata de una medida conservadora. Los objetos adictivos no están interiorizados, pertenecen a la realidad externa. No son fruto de una alucinación del sujeto, éste no los crea pero debe encontrarlos fuera de sí mismo y volverlos a encontrar sin cesar para que puedan jugar su papel: contener la angustia. Al no estar interiorizados, únicamente pueden buscarse en la realidad exterior, de ahí la dependencia consiguiente para el sujeto ante estos objetos de la realidad.

Rémy tiene 15 años. Viene a mi consulta por una depresión que no nombra. Está triste, habla con voz débil. Sus ojos están enrojecidos por el insomnio, la angustia. Está enamorado de una chica de su clase y se siente perdido cuando la deja para volver a su casa. No piensa más que en ella, trata de verla fuera del horario escolar. La chica se muestra agradable con él durante el horario escolar, pero da la impresión de que no busca su compañía fuera. Rémy la espía, la espera, la agobia. Ella se aleja del muchacho y termina por romper. Comienza entonces otra historia unos meses más tarde. El escenario se repite de manera idéntica. Rémy está como un enamorado transido en la espera ansiosa de que la amada venga hacia él, su presencia le da seguridad. Su angustia se calma cuando ella le sonríe y acepta dar un paseo con él. Su vida entera parece depender de la mirada de su amiga. El está pegado a ella, paralizado en una pasividad que le da un aire patético.

Su madre está «muerta de inquietud » por su hijo, desde que se alejó de ella. El padre trata de tranquilizarle en vano, y cada vez que intenta hacerlo Remy se angustia más. Cada vez que debe tomar el avión para irse de vacaciones, quince días antes Rémy tiene miedo. Sufre de ese vértigo fóbico, esa vacilación, una pérdida de los puntos de referencia, de la estabilidad de base donde el sujeto no sabe ya en qué lugar se encuentra. La fobia al transporte aéreo puede entenderse como la expresión de una angustia de separación, el miedo a la caída

y a no poder volver atrás nunca más. La inmovilidad en la fobia confronta al sujeto a la imposibilidad de refugiarse en el cuerpo materno. Rémy piensa cada noche y cada día en ese momento, preguntándose cómo va a hacer para luchar contra esta angustia espantosa cada vez que entra en la carlinga. Este miedo ensombrece su placer de soñar con la isla lejana a la que quiere irse, el mar azul que imagina, las playas, los peces, etc. No, él se siente impotente, tiene demasiado miedo de hacer este viaje en avión.

Coincidiendo con una ausencia prolongada de sus padres, Remy descubre las virtudes del alcohol. Tras probar por primera vez licores que había en casa, vuelve a tomarlos en numerosas ocasiones, descubriendo cualidades que él no sospechaba. De esta manera se arma de audacia para escapar de la asfixia parental y para encontrar la energía suficiente para abordar a las chicas.

En el momento de dejar a su madre para irse con las muchachas, revive con éstas la angustia que padece y que su madre no logra calmar. Busca en ellas una madre aseguradora que le dé confianza. Espera que se comporten como madres. Las muchachas parecen aceptarlo por un tiempo pero finalmente se desentienden de Rémy, atemorizadas por su pasividad. El espera que el objeto no le abandone si se pega a él. Al apegarse a ella, lo mismo que se apega a las chicas, trata de tranquilizar a su madre anulando la distancia con los otros (el viaje aumenta la distancia, el avión despega al sujeto del objeto, del suelo materno), fijando el vínculo con el otro.

Rémy parece necesitar un objeto de apuntalamiento externo (alcohol o chicas), como si no lo tuviera en sí mismo, como si no hubiera hecho el duelo de este objeto materno asegurador. Parece siempre estar sumido en un desamaparo propio de un recién nacido, dependiendo de la madre para su supervivencia psíquica. No ha instaurado un juego en la relación con el otro; está por el contrario pegado, cerrado, pegado, sin espacio, por miedo de perder al objeto que tanto necesita. Esta dependencia afectiva traduce su dificultad de privarse del objeto primario, de asentar una seguridad interna elaborada a base de confianza y de fiabilidad frente al objeto materno. La fobia de Rémy nos habla de la angustia de la pérdida (la suya y la de su madre) y traduce sus intentos para mantener este vínculo con el objeto. Adicto al objeto, no le queda margen de maniobra, a la espera siempre de que el objeto vele por él. El está a su merced.

La dependencia es una construcción original, una forma particular de tratar el problema de la angustia fundamental que comprueba todo sujeto confrontado a la amenaza de la pérdida del objeto. Se asemeja al montaje perverso dando la ilusión de que el objeto está siempre en disposición, siempre ahí. Intenta organizar la economía de la angustia ligada a su ausencia o a su pérdida. Con el objeto adictivo, el sujeto trata de calmar esta angustia, a falta de haber podido interiorizar el objeto, a falta de nutrirse de él introyectándolo. En la dependencia, el estatuto del objeto no está asegurado, el sujeto no puede hacer otra cosa que apoyarse en un objeto externo, por haberse instalado en él. Este trabajo de interiorización del objeto, de superación de la angustia ligada a su pérdida pertenece al proceso de la neurosis que contribuye a dar al sujeto el beneficio de esta interiorización del objeto. Con la neurosis, la conflictiva psíquica permite renunciar al objeto primario, superar la angusia ligada a su pérdida. Con la identificación, proporciona al sujeto el medio de enriquecerse de este objeto ausente. La dialéctica del investimiento narcisista, del investimiento objetal, alimenta y enriquece al sujeto. La depresión es un trabajo particular que ofrece al sujeto la posibilidad de tratar esta angustia fundamental, incluso cuando se hace al precio de un sufrimiento intenso que permite que aparezcan los defectos de la construcción subjetiva: tiranía del super-yo, insuficiencia de los apuntalamientos narcisistas que refuerzan la tendencia del sujeto a volver contra sí mismo la agresividad destinada al objeto. La depresión es una solución frente a la angustia de la pérdida, de una cualidad superior a la que encontramos con la dependencia, en la medida en que introduce el conflicto psíquico, mientras que la dependencia lo evita. La una es una operación de integración de una experiencia que permite la transformación del sujeto en su relación con la angustia. La otra es una immovilización del sujeto en una operación de protección contra una amenaza de desmoronamiento y contra el advenimiento del dolor psíquico. La depresión es igualmente una operación dolorosa, psíquicamente hablando, en la que el sujeto se apropia de esta experiencia, allí donde con la dependencia, el sujeto queda en la frontera de su mundo interno.

¿No podríamos pensar que para algunos adolescentes el recurso al objeto adictivo es una manera de tratar su depresión, allí donde para otros este procedimiento no funciona? La solución adictiva no es el equivalente de un trabajo psíquico, no es de la misma naturaleza que el que actúa en la depresión. Esta solución es suspensiva, pone a distancia el dolor de pensar. En la historia de Rémy, el objeto de la dependencia patológica puede ser un otro que no es

reconocido en su función de tercero. El objeto de la dependencia es siempre un objeto parcial.

Referencias

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