“La psicosis pubertaria”

François Marty

 

La sobrevenida de la psicosis en la adolescencia traba gravemente el proceso pubertario, y constituye una detención del desarrollo(1) ligado a las transformaciones suscitadas por este proceso. La psicosis pubertaria sería  desde esta consideración el signo de la imposibilidad en la que se encuentra el adolescente de hacer frente a las transformaciones corporales vivenciadas como a las efracciones persecutorias, amenazando gravemente su integridad psíquica(2). ¿Cómo tomar en cuenta esta dimensión fundamental en el funcionamiento de la vida psíquica de los adolescentes psicóticos?

En la psicosis, los registros de causalidad son diversos, e implican tanto la economía narcisista del sujeto como una cierta organización familiar (auto-engendramiento, incesto…). El rol de apuntalamiento narcisista de los padres aparece prevaleciendo en este tipo de evolución psicótica (tensión entre objetos narcisistas y objetos parentales, en los procesos identificatorios). La economía psíquica de los padres y  abuelos, (muy raramente invocados tanto en los estudios consagrados al caso de Pierre Rivière(3) como en aquellos sostenidos sobre los adolescentes psicóticos en general), es un registro muy sensible para nosotros, incluso si esta perspectiva no queda más que como tela de fondo en nuestro trabajo, particularmente en aquel del análisis de la historia de Pierre.

De esta economía psíquica de los padres y abuelos puede depender, en parte, la posibilidad o el impasse que se ofrece al niño de comprometerse  en su trabajo de adolescencia. Si, a la violencia del proceso pubertario responde un conjunto de disposiciones familiares organizadas alrededor de una configuración incestuosa, el adolescente no puede ofrecer los medios de sobrevivir a la reviviscencia de las pruebas edípicas, a la emergencia de experiencias parricidas e incestuosas pubertarias. En este sentido, la psicosis sería una construcción defensiva que el adolescente habría encontrado para salvarse de esta catástrofe inminente. De ahí el interés de una aproximación de la psicosis que integre los procesos pubertarios y la dimensión familiar que le sirve de contexto.

Los objetos externos no son solamente soportes de proyecciones, ellos contribuyen también a la edificación del yo del niño. En las patologías psicóticas, narcisistas de la adolescencia, se asiste a una gran confusión entre el objeto externo y el objeto interno, la percepción  de la realidad es generalmente denegada tanto por el adolescente como por su familia. La simbolización está generalmente ausente, lo que impide  al adolescente tomar referencia en su cuerpo, en el espacio, en el tiempo, en su filiación. Él yace presa en la trampa del encierro del espacio familiar sobre el incesto y el homicidio, por lo menos aquel del interdicto (del incesto).

La prohibición del incesto es la condición misma del pasaje del estado de naturaleza (con el carácter instintivo de la sexualidad) al estado de cultura que hace del hombre un animal social(4). Este aprende a diferir la satisfacción de algunos de sus instintos, incluso a renunciar a ella. Para el psicótico, este pasaje es de los más problemáticos. No llega a desinvertir sexualmente a sus padres, y debe en cada encuentro con mujeres restablecer una distancia, como si no hubiera integrado esta dimensión del interdicto.

Del punto de vista psicológico, se puede acercar el temor al incesto desde los fundamentos mismos del establecimiento de la cultura humana. S. Freud(5) consagra su primer capítulo de Tótem y tabú a este tema. Ligando la evolución de la especie a la de los individuos, nos da una interpretación que sobrepasa la perspectiva histórica. El límite (la interdicción del incesto) hace eco al fantasma edípico e incestuoso del niño hacia el padre del sexo opuesto. S. Freud muestra como, en el marco de sociedades primitivas, este interdicto alcanza por desplazamiento a otras personas más que la madre o  la hermana devenida adulta.

Lo que pasa en las familias organizadas alrededor de una configuración incestuosa, tal como la de Pierre o la de adolescentes psicóticos, es otra cosa: aquí, es la problemática incestuosa la que organiza las relaciones familiares y no su interdicción.

El estudio psicosociológico del caso de Pierre propuesto por F. Chauvaud(6) permite ilustrarlo, inclusive comprender lo que allí esta en puesto en juego. Para este autor, el mundo rural donde vivía la familia Rivière aparece como un mundo primitivo, donde la brutalidad es admitida en tanto que ella no sobrepase la intimidad del círculo familiar. El temor al incesto y la bestialidad evocadas por Pierre se enraízan en un contexto histórico, sociológico y psicológico particular. Desde el punto de vista sociológico, incesto y bestialidad son modalidades particulares de la sexualidad actuada en el mundo campesino de principios del siglo XIX, modalidades marginales ciertamente, pero menos excepcionales de lo que uno quisiera admitir.

La violencia, expresión de la fuerza brutal, está muy expandida en el curso de ese siglo, en principio en sus formas campesinas rurales, luego urbanas, con los obreros, el proletariado. Este desplazamiento se acompaña de una integración de la violencia bajo la forma del borramiento civilizado. En Francia rural de comienzos del siglo XIX, los malos tratos infringidos a los animales rivalizan con los que reinan en las familias. Pero la violencia, en tanto que es contenida en el seno de la familia, no amerita la desaprobación del grupo social. Mejor aun, algunas conductas juzgadas demasiado antisociales son condenadas por el grupo bajo la forma de la burla, del juego, del bullicio.

Desde este punto de vista, Pierre refería numerosos ejemplos de estas prácticas donde los aldeanos son testigos de violencias, pero no intervienen directamente. Después de su crimen, la población se hizo incluso a veces cómplice del criminal albergándolo durante su huida o informando sobre la presencia de los gendarmes. Como si el grupo social, no solamente no quisiera mezclarse en la acción de la justicia (¿por solidaridad con el acusado de la misma estirpe que ellos?), sino que también comprendían el acto de Pierre  como formando parte de una especie de justicia local. ¿Ha hecho Pierre lo que la justicia habría debido hacer permaneciendo en el terreno del derecho? Pero si el crimen ha sido cometido, es también porque sobre el plano sociológico, la comunidad no ha jugado su rol. La característica ausencia de manifestación pública de desaprobación, desde la perspectiva de la conducta de los padres, obliga a la familia a regular ella misma el problema.

La ausencia de bullicio o la debilidad de su presencia (sensibles en lo que concierne a las reacciones del público a las audiencias) muestra una evolución en la capacidad de autorregulación de este grupo, evolución que es correlativa a aquella de la justicia misma: despenalización de ciertos delitos severamente castigados bajo en Antiguo Régimen, introducción de la noción de circunstancias atenuantes, transferencia de la autoridad jurídica del rey al pueblo con los jurados populares, separación del poder judicial y del poder legislativo, introducción de la psiquiatría en las experticias médico-legales, evolución de la noción de responsabilidad coronada por la ley de 1838.

Esta referencia a la violencia está directamente en relación con la problemática del incesto en la adolescencia y su reactivación en la pubertad. En la psicosis, esta violencia pubertaria incestuosa no encuentra ninguna mediación frente a la ausencia de elaboración defensiva del yo.

Los fantasmas incestuosos y parricidas constituyen el eje central de la vida pubertaria. Después de la latencia, el reinvestimiento libidinal de las imágenes parentales se acompaña del abandono de las posiciones fálicas infantiles para abordar la genitalización. La reviviscencia de las experiencias edípicas de la infancia encuentra nuevos acentos en la adolescencia: el fantasma del incesto amenaza al adolescente como una realización posible. La paranoia se instala con la violencia de los afectos de odio proyectado sobre el padre la base narcisista de la infancia, el padre rival del Edipo. Incesto y parricidio se reúnen en su versión moderna, pubertaria, sobre el fondo de transformaciones corporales que alteran todos los hechos del problema.

¿Podemos decir entonces que la psicosis en la adolescencia sería una crisis pubertaria que se hecha a perder? Si, si se considera que la paranoia normal de la adolescencia es una necesidad transitoria que corresponde a la elección de objeto heterosexual de la pubertad y que ella desaparece con la desexualización de las imágenes parentales, efectuándose su interiorización que por idealización de los objetos incestuosos de este segundo Edipo. La identificación asegura el pasaje del fantasma del incesto a la entrada en el mundo de la cultura, el de los objetos no incestuosos. Pero el psicótico en la adolescencia queda fijo en este movimiento paranoico, impedido como tal de efectuar este trabajo de des-erotización de las imágenes parentales. La idealización patológica lo fija en el incesto. Este incesto, en la psicosis, no es una realización edípica, como en la pubertad. Lo pubertario fracasa para el psicótico porque no llega a investir libidinalmente al padre edípico incestuoso. Por el proceso pubertario, la libido inviste los objetos edípicos de la infancia. En la psicosis, este trabajo es trabado: el objeto se borra para dejar lugar a la elección narcisista del objeto.

Esta evasión del objeto edípico en la psicosis es uno de los temas esenciales ligados a la formación del delirio, tentativa para recrear un semblante de objeto al cual engancharse. La psicosis pubertaria sería entonces a la vez una defensa contra la amenaza de la realización del fantasma de incesto y esta tentativa para crear un objeto incestuoso. Es esta misma doble valencia que se encuentra en el vagabundeo, la búsqueda de un objeto incestuoso del que es preciso huir. Pero la amenaza de realización del incesto de forma natural va a disolver todos los elementos que concurren a hacer del adolescente un hombre o una mujer orientados sexualmente. El incesto organiza la confusión. No des-invistiendo el objeto primordial, el adolescente psicótico no accede al sistema de representación y de diferenciación. La búsqueda del objeto incestuoso está más ligada a la búsqueda de un objeto para constituirlo en sí (objeto interno) de lo que  está ligada a la búsqueda del goce edípico, la posesión de la madre. El registro es más arcaico en la psicosis pubertaria, las diferenciaciones yo/ no-yo, dentro/fuera, no están claramente establecidas.

El incesto aplasta la diferencia de las generaciones y traba gravemente la demarcación de los lugares de cada uno: demarcación simbólica que sitúa la posición que cada uno ocupa con relación a los otros. Este proceso de diferenciación yo/otro, hombre/mujer, padre/hijo, es la condición de la entrada en la vida subjetiva. Poder pensarse, es poder situarse con relación a sus genitores, distinguidos en su generación reconocida diferente.

Estos descartes distintivos son contenidas en la interdicción del incesto, en la ley que organiza los vínculos del parentesco humano. Esta ley es transmitida por los padres al niño en la medida en que  ellos mismos están sometidos. Ahora bien, en las familias donde estalla la psicosis en la adolescencia, no es raro (¿pero es una regla?) constatar que esta interdicción no organiza las relaciones entre los miembros de la familia. Al contrario, los niños son activamente solicitados para renunciar a su vida propia para consagrarse a la de sus padres. De modo más o menos evidente, los niños son conducidos a sacrificarse para permitir a uno de sus padres el no hundirse. Esta arquitectura compleja de la organización incestuosa psicotizante de la familia, sella el destino del adolescente en el momento donde la pubertad lo empuja hacia la búsqueda del objeto incestuoso. Pero en lugar de ser la ocasión de una confrontación donde aparecería el interdicto, la pubertad del adolescente encuentra la ausencia del interdicto. La amenaza de una realización es particularmente violenta porque el fantasma halla apoyo en la realidad. En estas familias de adolescentes psicóticos, es toda la realidad la que es incestuosa, el objeto interno no puede crearse, interiorizarse. Ahora bien, el sentimiento de existencia nace de la constitución de este objeto interno. La amenaza que pesa sobre el adolescente psicótico es entonces aquella del aniquilamiento, de la muerte psíquica, tanto como aquella de  la locura pubertaria, por la realización de un incesto.

Como si se tratase de un guante dado vuelta, el adolescente psicótico pone su realidad interna en los objetos externos. El pensamiento delirante intenta, en este universo destruido o poco construido, recrear un semblante de estructura edípica para salvar lo que se pueda todavía de la vida psíquica. El delirio, manifestando totalmente la dificultad para integrar, interiorizar la realidad (que es denegada), busca constituir las bases de una vida posible, sería esto al precio de una filiación delirante en la que el rol de los genitores no es representado en una escena primitiva significante.

Esta escena es apartada con el provecho de una interpretación cósmica de la creación. Los enredos homosexuales y narcisistas contribuyen entonces a mantener separados los linajes, entreteniendo la confusión de los sexos y de las generaciones. La filiación es narcisista, la madre es fálica. El pensamiento es privado de sus medios esenciales. Todo está confundido.

El incesto es entonces el corazón de la psicosis pubertaria. El organiza del interior y del exterior. Del interior por esta imposibilidad de investir el objeto edípico pubertario, del exterior por la imposición de las problemáticas incestuosas parentales que no ofrecen otra salida al encierro incestuoso y narcisista del adolescente en psicosis. En las familias incestuosas, los niños no desinvisten a sus propios padres, no desexualizan las imágenes parentales. Las identificaciones son entonces edificadas con estas referencias de confusiones. La eclosión de la psicosis no sería entonces más que un elemento (su signo) de esta interferencia de referencias.

 

Perspectivas psicoterapeuticas

La diversidad de modalidades y la flexibilidad del encuadre de los tratamientos de adolescentes, son una necesidad frente al carácter agudo de ciertas manifestaciones de las psicosis o de otras patologías severas de la adolescencia (anorexia mental especialmente). Pero, la adaptación del encuadre a este tipo de patología se encuentra ligado también a la interdependencia de los lazos que unen a los miembros de una familia. Tanto más este el adolescente en quiebre con la realidad mas permanecerá ligado al imaginario familiar.

Habitualmente, los padres ofrecen al niño y al adolescente un conjunto de rasgos, mas o menos organizados, que son la imagen de sus propias construcciones edipianas. El adolescente, en la pubertad, re-encuentra las pruebas de la infancia, actualizadas y transformadas por las transformaciones corporales. Él toma del fondo de estas experiencias para encontrar las nuevas posiciones identificatorias (genitales) que suscitan en él los diferentes procesos de la adolescencia. Él se refiere a esta tela de fondo de su historia (pulsional) personal y a la de su historia (identicatoria) familiar. Estas referencias son diversas puesto que ellas provienen de líneas maternas y paternas. El niño, luego adolescente, las selecciona en función de sus propias necesidades.

Pero en las psicosis, este fondo común al cual el adolescente puede referirse, se encuentra constituido de elementos menos diferenciados y excesivamente más rígidos. Frecuentemente, el no tiene estos datos que de una sola línea (como en el caso de Pierre Rivière), negando al otro en un “collage” patológico de uno de los padres. Corrientemente también los elementos que sirven a la referencia de sí, habitualmente contenidos en la construcción edipiana, se encuentra en falta: el adolescente confrontado al deseo genital se choca a lo impensado del padre en cuanto a su propio vinculo con la genitalidad (¿que puede ser un padre?), como en el caso de Bertrand, uno de esos adolescentes que presentan una psicosis pubertaria, que yo pude acompañar en terapia con sus padres, y que me ayudo a comprender y a pesar los inter-juegos que devela esta patología, tanto en el nivel individual como familiar.

En Bertrand, las construcciones delirantes eran masivas e intensas. En otros adolescentes, ellas pueden ser al contrario discretas. Pero para cada uno, ellas son los medios mediante los cuales el adolescente se provee para hacer frente a la dificultad familiar que él encarna, de devenir un hombre o una mujer. Los avances y los retrocesos del adolescente son siempre de una gran importancia para sus padres, quienes se encuentran comprometidos en lo mas profundo de sus problemáticas. El adolescente psicótico, sea por su delirio o por su repliegue, moviliza a sus padres y los empuja a veces violentamente, a pensar en sus propias posiciones y en sus propias filiaciones. Él muestra a quienes le rodean de manera mas intima, que los elementos que le serian necesarios para construirse como un humano adulto no son siempre utilizables para él. Es por esto que la psicosis del adolescente realiza un alcance narcisistico hacia los padres. Ella les concierne como preguntas que les son dirigidas personalmente.

Bertrand tenia quince años cuando vino a verme acompañado de sus padres, y enviado por un colega psiquiatra con la indicación de una terapia familiar, a la salida de hospitalizaciones por episodios confusionales, delirantes, diagnosticados como “psicoticos”. Desde su primera hospitalización se encontraba en un estado de errancia, entre el lugar familiar, lugares de cuidado y la calle.

En esos momentos de violencia, Bertrand rompía todo, proyectaba al exterior una furia interna. El delirio psicótico en la adolescencia trata ciertos eventos exteriores  (separación de los padres, relaciones problemáticas entre el padre y el padre del padre…) como si fuesen interiores. Y las pruebas violentas que no pueden ser contenidas son proyectadas al exterior en actuaciones de una extrema intensidad. En Bertrand, las fases de agitación maniaca eran extremadamente importantes. Caminaba noches enteras en el departamento de sus padres. Estaba completamente insomne, entraba y salía sin parar, vivía por la noche en las calles, se rapaba completamente la cabeza.

En continuación a la violencia parricida  y incestuosa correspondería como es el caso frecuentemente, largas fases de postración de aire melancólico, hechas de auto punición, donde el amor por el padre se efectúa sobre el modo de un collage homosexual. Aquí, la culpabilidad no es elaborada; se trata del retorno contra sí mismo de una persecución inicialmente destinada al otro. Es la pulsión asesina que se invierte. No hay proceso de elaboración, de secundarización. Al ataque parricida (paranoico) del padre, se sucede un lazo homosexual narcisístico.

Pero en un caso como en el otro, las palabras faltan, como ellas faltan a su padre para hablar de él en su relación con su propia infancia. Las pruebas no pueden más que ser actuadas. Esta oscilación entre la furia vengadora y la auto punición no deja lugar para una conciencia de sí. En las fases de cólera o de collage, Bertrand no podía expresar claramente lo que vivía. En los periodos abatimiento, se acercaba a su padre y decía: “Es importante, tu sabes papá” Pero no podía decir nada más.

La indicación de terapia familiar había organizado la terapia de una cierta forma, implicando de golpe, la dinámica familiar actual y favorizando la emergencia de problemáticas parentales subyacentes. Pero esta indicación, para ser pertinentes debe estar acompañada de un movimiento de los interesados. Además, tratándose de un adolescente psicótico, este tipo de tratamiento no es posible si por otra parte, no existen instituciones (hospital de día, lugares de acogida para adolescentes…) que aseguren una cierta continuidad terapéutica. Estos lugares permiten de administrar las crisis y de asegurar un lazo social con la colectividad. Ellos son apuntalamientos para el adolescente, como para los padres, conteniendo sus desbordes pulsionales.

La dificultad para el terapeuta, consiste en acoger la indicación permitiendo a los pacientes apropiarse de su transcurso. Esta apropiación transforma la indicación inicial y un nuevo encuadre se construye con los pacientes, a su medida. Esta negociación del encuadre participa del proceso psicoterapéutico en la medida en que ella introduce la experiencia de una creación común, de un hallazgo que rompe con el encierro psicótico y la imposibilidad de acceder a toda transicionalidad(7). Es como si un espacio de libertad fuera re-introducido en un mundo hasta allí cerrado sobre él mismo en la repetición. Un encuadre negociado, encontrado-creado con la ayuda del terapeuta, tiene un valor dinámico esencial en este tipo de tratamiento, en la medida en que él respeta las modalidades defensivas, que son puestas en su lugar para luchar contra la amenaza de hundimiento, de muerte psíquica.

Esta flexibilidad del encuadre autoriza en una cierta medida, movimientos de retiro o de avanzada (lejanía o cercanía de las sesiones), separaciones (Bertrand pudo venir solamente a una o otras de las sesiones, a veces fueron sus padres que vinieron sin él. Es seguramente esta posibilidad, percibida por el padre, que le permitió venirme a ver largo tiempo después de la entrada en terapia de su hijo, para demandarme ayuda. Aceptando esa elección (de que sea yo quien lo reciba, puesto que yo representaba el lazo entre la problemática de su hijo y la suya)(8)le permití de salir de su propio encierro, y pude derivarlo hacia otro analista. Él no habría podido ver a otra persona directamente me comento posteriormente.

Al inicio de las entrevistas familiares, el padre comenzaba muchas frases sin finalizar ninguna, de un tono intenso y sin poder expresar el odio hacia su propio padre. Luchaba contra la resurgencia de ese pasado que lo amenazaba en su construcción misma. La imposibilidad de Bertrand de ser hijo de ese padre re-enviaba al padre a la imposibilidad en la cual él se encontraba con el suyo.

Poco a poco, él pudo comenzar a modificar su relación a su infancia y a su historia, aceptando poder pensar en torno a ello, y renunciando difícilmente a mantener lejos de él, a esta parte maldita de su historia. La construcción de su vida, había sido de crear una familia, de allí que el padre no podía estar ausente. Pero es como si él hubiese pensado que el hecho de ser un padre se encontraba sin relación con el de ser hijo. Los primeros pasos en la vía en la cual este padre se había comprometido al momento de las entrevistas familiares parecían haberle permitido cuestionar su lazo filial ( el odio inconfesado en relación a su padre) y quizás, en terapia, algo del orden de su necesidad para idealizar la figura paterna a encarnar. Además, según se construía un camino, este padre permitió a su hijo de investir más flexiblemente la problemática de la filiación.

Esta problemática se expresaba en Bertrand, en un delirio de filiación. La negación en él, concernía a la paternidad de su padre. Sobre le valor simbólico ligado a esta figura paternal. El delirio de filiación expresaba lo que había sido negado, bajo una forma alucinatoria, donde poniendo en evidencia la problemática, el delirio la deformaba: “ Es la patenidad lo que me preocupa, pero tu no eres mi padre” Es esta realidad no integrable por Bertrand que retornaba del exterior. La defensa contra la intolerable filiación operaba al precio de un clivaje del yo, haciendo co-existir en su seno diferentes partes clivadas entre ellas.

Este mecanismo del clivaje se encontraba en la familia de Bertrand donde los lazos no podían establecerse entre el delirio del hijo y la historia paternal. El padre, buscando protegerse de un trauma infantil, privaba a su hijo del acceso a una representación: la filiación. Las piezas del puzzle debían ser mantenidas separadas la una de la otra a fin de que este distanciamiento asegure la protección del padre. La negación se encontraba también en la madre cuando ella se comportaba con su hijo como con un amante o, negando el valor simbólico de un regalo destinado al padre, ella lo daba a su hijo ofreciéndole de este modo el acceso a una realización incestuosa.

Había una cierta comunidad de la historia entre padre e hijo: ¿quien es mi padre? Mi padre no es mi padre. Es demasiado doloroso de pensar en el padre. El padre no podía pensar en su padre puesto que este retorno hacia el pasado arriesgaba de re-actualizar un sufrimiento que él había buscado toda su vida a mantener alejado de su pensamiento, al precio de una lucha enérgica. Durante toda su vida, el padre había tenido a distancia el lazo con su propio padre, buscando vanamente el olvido. Jamás hablaba en su familia de lo que había vivido en su infancia. Bertrand parecía retomar esta cuestión bajo una negada, tu no eres mi padre, pero que, por su negación misma, interrogaba lo que su padre tenia en reserva

La representación (de la diferencia de generaciones, del lazo de filiación entre el padre y el hijo) no estaba investida de significación para el hijo en una familia en el seno de la cual, de una parte la madre negaba la diferencia de generaciones por su “actitud” incestuosa, y de otra parte el padre no podía transmitir lo que el propio lazo a su padre representaba para él (inconscientemente él transmitía a su hijo que sería mejor tener otro padre que el suyo).

La capacidad elaborativa del padre de Bertrand permitió al hijo desligarse suficientemente del padre para ordenar un espacio personal mínimo, contrariamente a lo que ocurrió para Pierre, para quien el hundimiento paternal no permitía este ordenamiento y conducía al hijo a sacrificarse por el padre.

El trabajo terapéutico del padre de Bertrand re-instauraba en él una dimensión narcisística, lo que permitía al hijo de apoyarse en ese punto para re-construirse. Pero ofrecía sobre todo al padre poder en re-circulamiento las referencias paternales que hasta allí, estaban aisladas, y de las cuales Bertrand se encontraba privado. En la medida en que el padre pudo cuestionar abiertamente su relación a su propio padre, autorizaba a su hijo a inscribirse en esta dimensión de filiación(9).

 

Bertrand no había podido hasta entonces acceder a la representación de la filiación. Vivía su Edipo pubertario bajo el modo de la locura paternal(10)(el padre permanecía en un sufrimiento en su vinculo con su propio padre). Imputaba al padre el defecto del origen. Esta explicación familiar de su delirio expresa la visión que tenia Bertrand de la realidad. Logrando agredir a su padre, a atacarlo, escapaba el hundimiento psicótico. Haciendo llevar a su padre el peso de la falta  y desligándose de pensar en esta dificultad del origen, Bertrand intentaba también de guardar los beneficios de un lazo con la madre (quien mantenía con su hijo un lazo incestuoso). La negación de la paternidad abre al adolescente la vía del incesto sin culpabilidad. Le permite gozar del fantasma del incesto.

 

¿Cómo conciliar entonces la negación de la paternidad y el parricidio? En la historia de Bertrand, la negación de la paternidad intervenía en su delirio, era el fruto de una construcción elaborada. Fuera del delirio Bertrand estaba obligado de luchar contra la imagen de su padre, de volver a pensarla puesto que ella era perseguidora. Este rechazo de lo paternal lo dejaba aun más desamparado delante de sus angustias incestuosas. Cuanto más se defendiese Bertrand contra lo que él negaba (la paternidad) retornando desde el exterior, tanto mas el padre se sentía perseguido. Cuanto más se sintiese el padre rechazado, agredido, en el lugar del mal-objeto, tanto más se deprimía. Cuanto mas se deprimía tanto mas Bertrand se sentía desamparado, privado de este asiento narcisístico parental. El sostenimiento narcisistico del padre, objeto de persecución/ perseguidor del adolescente, es uno de los puntos en los cuales reposa el trabajo terapéutico con el adolescente. (especialmente psicótico).

Desde este punto de vista, las entrevistas familiares incumben fuertemente a los padres puesto que ellos reactivan las proyecciones persecutorias y contra-edipicas. Los encuentros terapéuticos son  a veces la expresión violenta por parte de los adolescentes como de los padres. Si es difícil para le terapeuta de no dejarse llevar en estos retos proyectivos y de no reaccionar a estas situaciones ( a fin de no alimentar los escenarios infinitos de la persecución) es entonces más complejo para el adolescente y sus padres de estar confrontados a lo que se repite y que alimenta la vida psíquica psicótica.

Pero las entrevistas familiares permiten también evocar el delirio como una producción psíquica que tiene un sentido. Re-construir con los interesados trozos enteros de historia del adolescente tal y como él la ha interiorizado con la ayuda de los elementos aportados por los padres, permite al adolescente de ser reconocido y a los padres de estar menos amenazados por la violencia de las proyecciones contenidas en le delirio.

La psicosis pubertaria trata el presente como pasado, lo otro como sí. Pero la evocación repetitiva de hechos reales históricos, reproches, recuerdos dolorosos, no bastan para re-construir la historia y pensarla.

Los procesos psicóticos se organizan en relación a una historia paternal que implica a las generaciones En el caso de Bertrand, el padre había heredado una problemática paternal (en otros casos se trata de una problemática maternal) que lo invadía. Para evitar transmitir a su descendencia lo que había sido vivido.

 

 

 

 

 

1 . Es lo que M. y E. Laufer llaman una ruptura, un “breakdown” del proceso del desarrollo en la adolescencia. En mi reflexión teórica sobre la psicosis pubertaria y los procesos concernientes a la adolescencia de un modo más general, no me refiero, o poco, a la teoría del “breakdown”de Laufer. [Laufer, 1983].

2 . Este trabajo de lo pubertario es particularmente visible en la anorexia mental y la ruina erotizada del cuerpo que ella organiza [Birraux, 1990].

3 N T: Estudios sobre la autobiografía de un adolescente psicótico, acusado de homicidio, en el siglo XIX. [ Moi Pierre Rivière, ayant égorgé ma mère, ma sœur et mon frère…].

4 (Lévi-Strauss, 1967)

5 Freud Toterm y Tabú 1912

6 F. Chauvaud (1991)

7 La problemática de la transicionalidad en la adolescencia es un modelo de aproximación (Winnicotiano) muy fecundo, incluso para las psicosis pubertarias donde esta capacidad creadora se encuentra ausente, pero potencialmente presente.

8 Él había hecho conmigo la experiencia de la transferencia: había podido dejarse hablar un poco de su historia.

9 Se puede esperar en el caso de Bertrand que, a pesar de la gravedad del alcance psicótico, él pueda atravesar este episodio y construirse minimamente. Manifiestamente, no fue el caso de Pierre.

10 S.Lepastier constata la frecuencia de un fantasma de locura paternal en la adolescencia. Los jóvenes pacientes dicen que en realidad, es el padre que esta loco por ejemplo, que es él a quien es preciso curar. S.Lepastier realiza la hipótesis que en los casos limites en la adolescencia, este fantasma no ha podido ser elaborado. Yo utilizo aquí el término de locura paternal a propósito de Bertrand para destacar que en ese caso, la locura del otro, del padre, se encuentra bien evocada, pero no elaborada. Hay una fijación de este fantasma bajo el modo persecutorio y paranoico. El tema del fantasma no  se encuentra ausente en la psicosis pubertaria, pero el pensamiento que vehiculiza no es elaborable ( Lepastier, 1991).

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