“Impasses y pasajes al acto en las psicosis”

FRANÇOIS MARTY

 “Todo acto tiene una función relacional.” Esta proposición de P. Aulaugnier (1985, p. 268) nos presenta la medida del entramado de una terapia –y particularmente, de la terapia de un paciente psicótico sufriendo la adolescencia (tal como Vincent) -, que la medida del entramado de una autobiografía, de un crimen o de un suicidio. El acto, aquí, debe ser entendido en un sentido amplio: pasaje al acto (suicidio, crimen), puesta en acto (acto fallido), lo que el sujeto actúa o por lo cual es actuado (escritura, sueño…), de modo que puesta en acto y puesta en palabra no se oponen, pero expresan diversamente una misma actividad psíquica en la cual la función es relacional. Es así al menos como resuena en mí esta frase.

Preguntarse lo que busca alguien que se encuentra encerrado en repeticiones es una paradoja fecunda y creativa. Sostener la idea que “todo acto tiene una función relacional” es del mismo orden. Ya que esto supone que se haga la hipótesis que algo se busca, incluso en las situaciones aparentemente desprovistas de sentido. Esto supone que se considere que los actos, incluso los más incomprensibles, son maneras humanas de tratar problemas de la existencia. Esto supone una actitud clínica, un análisis otro que el análisis psicopatológico.

En el análisis psicopatológico, se trabaja en la puesta en evidencia de disfuncionamientos, en el descubrimiento de signos que traducen el sufrimiento del sujeto, y que poseen un valor  negativo (si se quiere aceptar la idea de que el sufrimiento y los disfuncionamientos no tienen nada de positivo, -pero sabiendo también que es por su manifestación que estos permiten que se remedie el problema que señalan-).

En el análisis clínico, terapéutico, el arte de la escucha va precisamente a consistir a apoyarse sobre los síntomas para revelarlos en su carácter positivo, es decir ver lo que se busca por ese síntoma, de qué es él signo.

Este andar opera una inversión en relación al del análisis psicopatológico. Ella constituye otro tiempo del análisis que, por esta paradoja poética (y no lógica), permite tener acceso al universo del psicótico.

Esta paradoja poética que compromete una cierta forma de analizar la memoria así como la práctica clínica y las perspectivas terapéuticas. Puesto que, para ayudar a un paciente psicótico, no basta con el hacer un buen diagnóstico. Es necesario a la manera del poeta de vincular al paciente en sus intenciones y en sus tentativas para salir de si encierro. Es necesario aceptar un desvío de la teoría psicopatológica (la atención flotante da la medida de esta aceptación), para ofrecer al paciente una oportunidad que para él, alguna cosa cambie(1).

Del análisis literario o literal de un delirio, que sea hablado o escrito, no puede desprenderse más que la impresión de una incoherencia. La escucha psicoanalítica  permite juntar, más allá de la incoherencia, lo que en el delirio es razonable; su sentido humano. Ella permite también, un poco a la manera de Víctor Hugo, cuando psicosis y crimen se encuentran vinculados, de entender el carácter humano de un acto que oculta su monstruosidad.

V. Hugo ocupó un lugar en la Cámara de los pares delante de la cual, bajo el reinado de Louis Philippe, los regicidas comparecían. Constituida en Cámara Alta, ella los condenaba a todos. Los otros criminales (como los parricidas), eran enviados delante de las cortes de audiencia donde, según el caso, eran condenados a la pena reservada a los parricidas (la muerte, luego de la exposición sobre el cadalso) o absueltos bajo el término del artículo 64 de la ley de 1838, siendo reconocidos como afectados de una enfermedad mental, y por lo tanto, irresponsables de sus actos. El concepto psiquiátrico que prevalecía entonces era aquel de monomanía homicida.

Víctor Hugo informa en Choses Vues (1972), numerosas sesiones de la Cámara Alta consagradas a la audición de los regicidas. Contrariamente a la mayoría de sus colegas, que ven en los criminales a hombres que atentan contra el poder del rey y de las instituciones, V. Hugo, en poeta, realiza una lista adecuadamente contrastada de algunos de estos hombres en los cuales reconocía los signos de la locura.

Podríamos pensar que esto es ¿por razones personales? (su hermano primogénito había muerto en Charenton en 1837, luego de varios años de evolución esquizofrénica ) O ¿es por genio intuitivo propio? El caso es que de este modo pone una mirada esclarecedora sobre el caso de estos desgraciados en los que el razonamiento parece coherente a la luz de quienes los cuestionan, haciendo decir al presidente de esta Alta Corte que son sanos de espíritu(2).

Encontramos en estos testimonios las mismas características que aquellas que existieron en el proceso de Pierre(3): la calidad del razonamiento, el carácter sensato de los escritos  (los regicidas escriben a menudo después o antes de sus crímenes) no dejando sospechar la locura de sus autores. Victor Hugo, a propósito de uno de esos hombres, analiza el regicidio presentando la intención criminal como una intención suicidaria, dando cuenta de la ausencia de un motivo de asesinato frente al rey. Aplica así la noción de “monomanía-homicida-suicidaria” desarrollada por J. E. Esquirol y por el doctor Marc, en donde encontramos las firmas en la experticia psiquiátrica parisina de Pierre.

El punto a meditar para nosotros no es tanto la ignorancia de la que dan prueba los miembros de la Alta Corte, sino de la manera en la cual V. Hugo siente (¿del interior?) la locura de estos condenados. Su mirada penetrante conjunta con la intuición poética la sagacidad clínica de S. Freud que reconocerá en los crímenes sin motivo razones inconscientes. ¿Los poetas y los novelistas no han sido a menudo invocados por él como clínicos sin par?

El pasaje al acto

 

La pregunta que realiza el pasaje al acto, cuando este se realiza en el crimen, es, sobre el plano jurídico, es el de la responsabilidad o de la irresponsabilidad del homicida. En el plano psicopatológico, en el que el accionar es de orden psicótico en la adolescencia, este interroga la ocurrencia de su sobrevenida en relación con la evolución de la patología que lo sostiene. Y sobre el plano del análisis clínico, testimonia lo que del sujeto busca a ser dicho.

En la historia del proceso de Pierre, los interrogatorios del juez sucedieron a las experticias médico-legales. Los elementos y las conclusiones que resultaron sirvieron a instruir el dossier: debían permitir a los jueces y a los jurados de audiencia rendir su veredicto. Pero los expertos so oponían entre ellos sobre el hecho de saber si el acusado estaba sano de espíritu y por tanto culpable, o si estaba loco y por lo tanto irresponsable.

Uno de los expertos (el doctor Bouchard) concluyendo en buena salud mental del asesino, se mostraba insensible al problema de la psicosis. En tanto que otro experto (el doctor Vastel) no llegaba más que a hacer entrar su descripción clínica de la patología de Pierre en la nosografía de la época (“locura razonante de Ph. Pinel, “monomanía de J. E. Esquirol (1810), “monomanía instintiva” de E. Georget (1825) ). Por otra parte, la experticia de los psiquiatras parisinos, buscando a mejor encuadrar el diagnóstico del doctor Vastel, hacían alusión al delirio y a la “monomanía homicida(4).

Al fin de cuentas, los expertos no llegaban a desempatar, y los jueces hicieron lo mismo: algunos querían la muerte del homicida, otros deseaban las circunstancias atenuantes. La división de los jueces y aquella de los expertos eran a la imagen de la división del mundo interno de Pierre que se reconocía culpable, autor de su acto y, al mismo tiempo, no comprendía como él había podido llegar a matar.

Responsabilidad y culpabilidad se contrarían acá al carácter doble del mundo psíquico de Pierre. ¿Cómo reivindicar una culpabilidad que no se la puede plenamente asumir? Zanjar en términos de responsabilidad o de irresponsabilidad es un acto (de justicia) imposible cuando el acusado es a la vez responsable e irresponsable. Es por tanto el reconocimiento de una existencia de sujeto que compromete el veredicto de la justicia.

Podemos recordar aquí el caso de Lois Althusser, profesor de filosofía de L´Ecole Normale Superieur, que asesinó a su esposa Hélène, el 16 de noviembre de 1980, en su apartamento parisino. Su asunto se resolvió por un “no-lugar”. Y es en parte por qué ese veredicto de la justicia no le quita todo el reconocimiento social de existencia que L. Althusser quiso escribir. “Es probable, decía él, que se encontrara chocante que no me resigne al silencio después del acto que he cometido, y también el no-lugar que lo ha sancionado y donde yo he, siguiendo la expresión espontánea, beneficiado […] Pero si yo no hubiera tenido ese beneficio, habría debido comparecer, y si yo hubiera debido comparecer, yo habría tenido que responder […] Este libro es esta respuesta a la cual  de otra manera habría sido obligado. Y todo lo que yo pido, es que se me acuerde: que se me acuerde ahora lo que hubiera podido ser una obligación(5)

L. Althusser reivindicaba el derecho de la palabra para sostener  su acto y recibir a cambio su estatuto de sujeto. El no-lugar reenvía a una no existencia por lo que le parecía vital el salir para mantenerse vivo. ¿El acto del psicótico (crimen tanto como autobiografía) debería ser pensado entonces como una tentativa de pasaje hacia un reconocimiento de existencia, hacia una incremento de individualización y de subjetividad?

Se notará el parecido en la forma misma, sino en el fondo entre el texto de L. Althusser y aquel de Pierre: “pero en vistas que se entienda lo que yo quiero decir, es lo que yo pido…(6)” Lo que es remarcable en lo pedido de Pierre, en el discurso que organiza su memoria, es que, partiendo de la intención de explicar un acto, él haya engendrado un escrito que haya tomado la forma de la narración de una historia. El carácter autobiográfico habría aparecido como aumento, se hubiera impuesto. Parece que la intención que animaba al autor era tanto su voluntad (paranoica) de demostrar, de tomar a los otros como testigos, como la de contarse, en un movimiento reflexivo, en una tentativa desesperada para salir de su encierro, de su delirio.

La constitución progresiva del tema delirante de su discurso, nos indica el proceso a través de su memoria, exponiendo y ligando uno a uno los elementos de su historia que apuntalan su interpretación de la realidad, su visión disociada del mundo. Es en este periodo de construcción del delirio, en esta fase evolutiva de la enfermedad, que se marca el carácter procesal de su psicosis. Característica que puede dejar pensar que Pierre era “un psicótico procesal que teles-copiaba lo imaginario, lo real y lo simbólico, en una psicosis de componente melancólico y delirante(7)”.

Es en el momento del hundimiento de estas fases procésales que sobrevienen los pasajes al acto, las fases melancólicas, a veces suicidarias. En este sentido, se ilustra la concepción kleiniana concerniente al emparejamiento de las fases esquizo-paranoide y depresiva. El hundimiento en el curso del cual han tenido lugar los pasajes al acto de Pierre (crimen, y suicidio cinco años más tarde) hace aparecer claramente en cuanto la depresión se inscribe en los momentos evolutivos de la psicosis.

El aspecto patológico del delirio ha sido contenido hasta que los temas delirantes sean contenidos constituidos y suficientemente enriquecidos, al punto que la sistematización de la lógica paranoica que él oculta superponga y confunda lo real y lo imaginario de tal modo que el fantasma venga a decirse, a cumplirse en el acto. Es porque él obedece así a la exigencia de una lógica interna (delirante, megalomaniaca, paranoica en Pierre), una lógica que el delirio no alcanza más a sostener, haciendo aparecer al acto como insensato. Tanto más insensato por cuanto que la violencia que él porta se acompaña en su autor de una impactante desafectividad. Esta ostensible indiferencia afectiva de la cual hacen prueba ciertos criminales en el curso de su acto es en efecto, “la natural serenidad que fluye del cumplimiento de un acto juzgado inconscientemente necesario puesto que obedece a una lógica interna que debe de ser buscada” (Picat, 1982, p. 56).

Cuando Pierre había cometido su crimen, ni la violencia ni el horror de su acto lo habían estremecido. Mientras que, habitualmente en un proceso judicial, los momentos donde se presentan suelen generar situaciones emocionalmente intensas – es esperable una reviviscencia de las emociones, de los afectos que han precedido al crimen-. Cuando la “podadera”, instrumento de sus homicidios, le había sido presentada, Pierre no había parecido manifestar emoción alguna, ninguna confusión. El había relatado – como el lo hizo en su memoria –de un modo breve y condensado, recitado, lapidario, como a la exaltación vengadora que había precedido al crimen y había acompañado la ejecución, había sucedido el apaciguamiento y a la calma. E incluso si la indignación del juez lo había empujado a decir que él se arrepentía de sus crímenes, Pierre no había en efecto podido más que dar testimonio del desamparo profundo donde lo habían dejado, errando durante un mes en los bosques y la soledad; desamparo que revelaba no su terror y su culpabilidad frente a una toma de conciencia  del acto que el había cometido, sino la pérdida impensable de estos objetos (de proyección), “pobre madre, pobre hermana, culpables, si se quiere en cierto modo, pero que jamás tuvieron ideas así de indignas como las mías(8)…”.

El había admirado el coraje y la fuerza de las heroínas bíblicas, las Sirara y las Judith, de esos seres humillados y débiles que habían conquistado el poder matando a aquellos que detentaban la fuerza. Incluso había envidiado el coraje y la toda-potencia que el prestaba a sus dos Victorias, su madre y su hermana, aquellas que habían hecho prueba de su capacidad para resistir y triunfar frente al padre. Pero el las había igualmente odiado porque ellas representaban el ideal que él se había dado para con el mismo, ideal que su padre no podía encarnar.

Ellas eran lo que J. Lacan escribe de la víctima de su paciente Aimeé: “La misma imagen que representa su ideal es también el objeto de su odio(9).” Aimeé había sido como Pierre, aquella que “Golpea el ser brillante que ella odia justamente porque ella representa el ideal que ella tiene de sí(10)”. Es este desdoblamiento proyectivo el que está a la base de la pulsión homicida.

El pasaje al acto es aquí el medio de luchar contra el sentimiento de pasividad, un medio que se da el sujeto psicótico para defenderse de la angustia de aniquilamiento, ligada a este desdoblamiento proyectivo, vinculado a la explosión de su mundo interno, como si, para él, el accionar evitara el devenir loco. En estos movimientos destructores, en estos pasajes al acto que parecen producirse en los momentos donde su vida (su sobre vivencia) psíquica se encuentra en peligro, expulsando fuera de sí por clivaje, negación y proyección lo que parece ser una amenaza interna, intentando poner en funcionamiento defensas de las cuales la violencia se comporta como la imagen de la violencia que él siente frente al objeto y frente al otro.

El mecanismo paranoico se mantiene en una aprehensión dual de la realidad (y no triangulada), el psicótico está en la “in-dividualidad”, en la incapacidad de pensar su subjetividad. Creyendo destruir al perseguidor, avista en sí mismo esta parte de él mismo proyectada, idealizada, que encarna al otro: golpea en su víctima su ideal “exteriorizado”. Una vez cometido el acto, se hunde.

En el acto (accionar en tanto que acto de palabra), como lo escribe J. Lacan (1962-1963), “el sujeto se precipita de ahí donde el es”. Si consideramos junto a Lacan que el pasaje al acto “se sostiene de la identificación radical del sujeto al objeto y de la confrontación como tal al deseo del padre reconocido como fundador de la ley” (Giret, 1987), entonces, eso de lo cual se trata se sitúa del lado de la alienación y de la forclusión del Nombre del Padre, o de un “episodio forclusivo”, admitiendo con J.D. Nasio (1987) esta referencia extensiva en el concepto lacaniano que permitiría percibir la posibilidad de pasajes al acto en sujetos en la que la estructura no es del orden de la psicosis.

Sea lo que sea, la problemática del pasaje al acto viene a cuestionar el lugar y la función del Padre – que ellas sean forclusas o no  -, concerniendo pues el lugar y la función de lo simbólico. Que el sujeto pueda inscribirse o no en una relación triangulada, los datos del problema de lo humano son siempre edípicos.

El complejo de Edipo representa la construcción de un esquema de relación permitiendo al niño descubrirse, localizarse, situarse como niña o niño, separado(a) del imaginario maternal, sujeto reconocido deseante en referencia a la ley del padre; el padre (y su ley) siendo instancia interdictora que organiza las relaciones entre los seres en el seno de la comunidad (prohibición del incesto). El niño, con el Edipo, conquista el símbolo renunciando al goce de la posesión inmediata, y se libera así de la presencia necesaria del objeto: el objeto, siendo simbolizado, puede ser evocado (o asesinado) in absentia. En este sentido, el símbolo, naciendo de un proceso complejo (la simbolización) que permite de adquirir una cierta autonomía en relación a las cosas, al ambiente, puede ser dicho “instrumento de una autorregulación de la actividad” (Ortigues et Ortigues, 1986).

Esta actividad – la vida pulsional- se ve también mediatizada, secundarizada, por los recursos simbólicos adquiridos por el lenguaje. Tantas conquistas y adquisiciones símbolo-génicas que son defecto en el psicótico quien queda atado al goce y a la inmediatez. Para él, la cosa, en su ausencia, no es mentalizada, la separación esta pérdida, incluso aniquilada, o, como para Pierre, hundimiento consecutivo en la desaparición, en la pérdida de sus objetos (sus víctimas).

En el modo de estar en el mundo del psicótico, la diferenciación yo /no-yo permanece siempre frágil, fuente de confusión; confusión que se da a entender, precisamente, en la estructura misma del lenguaje que utiliza. En tanto conquistas y adquisiciones símbolo-génicas que el emplea. La adquisición del lenguaje aporta por sus reglas mismas las posibilidades de descubrirse, permitiendo al niño integrar las diferentes posiciones que indican, por ejemplo, los pronombres personales: lugar del locutor, lugar del destinatario, lugar de aquel del cual se habla. Es la combinación de estas tres posiciones  que constituye el sistema de comunicación humana. El niño es llevado a localizarse en su identidad personal haciendo referencia a su lugar en el sistema evocado. Puede ocupar alternativamente una u otra de estas posiciones.

La intervención del lenguaje cambia la naturaleza de las relaciones entre los miembros del grupo. Es esta intervención del lenguaje y sus efectos los que permiten distinguir radicalmente lo que organiza las relaciones entre los animales superiores cercanos a nosotros y lo que organiza las relaciones entre los humanos. El lenguaje implica una referencia a un elemento tercero que permite simbolizar la regla de los lazos de parentesco, lo que no existe en los animales  que no tienen más que relaciones funcionales entre ellos. En los humanos, el sistema de parentesco no es un sistema cerrado, cerrado sobre el mismo en una complementariedad funcional, salvo en las organizaciones familiares narcisistas, como aquellas descritas por P. Cl. Racamier (1989) o J. Guyotat (1989), que engendran un lazo de filiación narcisista.

La necesidad de hacer referencia a un tercero se marca en principio en la relación madre-hijo. Es sobre lo que J. Lacan insiste proponiendo la noción de padre simbólico. Sin esta referencia, la completud de esta pareja no puede más que destapar sobre una organización psicótica donde el niño es el doble narcisistico de la madre, o una parte de ella misma. El acceso a la subjetivación, a la individualidad, al sentimiento de existir como una persona pasa por esta referencia que desprende al niño de la captura imaginaria especular (la imagen del espejo).

En este sistema de captura donde no es posible hacer referencia a un tercero (ausente), el niño no puede jugar sobre todo el extendido del registro que ofrecen las diferentes posiciones pronominales. El psicótico dirá “tú” o “él” hablando de sí, retomando así en espejo la manera en la cual se habla de él. Que se entienda el discurso de Pierre o aquel de Vincent, la confusión se dice parejamente: ellos llevan los dos la marca del indefinido, donde los verbos no concuerdan más con su pronombre, donde el dujeto queda pegado al pronombre que lo nombra en el discurso del otro, y donde el “on” (pronombre inexistente en castellano), el “nosotros”, el “él”, el “yo” se encuentran indiferentemente convocados en el discurso cuando el psicótico habla de él mismo. No distingue su posición concreta física del signo empleado en el lenguaje que lo designa.

Esta confusión revela el fallo del proceso de simbolización: el acceso a lo simbólico, conquista del Edipo y falla en la psicosis, permanece aquí barrado. Ahora bien,  es este proceso que, cumpliéndose, arrastra la represión de las pulsiones parricidas e incestuosas, en las cuales el destino se cierra entonces en el registro del fantasma. Allí donde la simbolización es desfalleciente, donde hay ruptura en el orden simbólico, psicosis o forclusión de la función del Nombre del Padre, ausencia de integración de lo que debe hacer ley, se ponen en acto estas pulsiones.

En este contexto, el problema que se plantea al psicótico es una cuestión verdadera, aquella de saber sonde está la ley. La respuesta que el se da es delirante: la ley, soy yo. Y es por la creación de su delirio que él intenta de producir un otro (identificación a una persona prestigiosa, filiación divina, etc.), y de referirse a un Otro (Dios), haciendo esto, tal como Schreber, al precio de un fantasma delirante de fusión consigo mismo.

Lo que es remarcable en la historia de Pierre, es que esta contingencia (humana) de referirse a la ley (fuese ella una auto referencia) se ilustra precisamente por el recurso a una ley divina, que él opone a la ley humana republicana. Ahora bien, la lógica dicotómica de esta oposición en la cual él estaba sujetado, puede encontrar eco en la literatura griega: en Orestes, trilogía de Esquilo en donde el tema principal es aquel de la oposición entre estas dos justicias. (Si Pierre hubiera tenido conocimiento, sin duda habría podido citar e interpretar algunos fragmentos…)

En Agamenón, primera parte de esta trilogía, asistimos al retorno del jefe victorioso de Troya, Agamenón. rey de reyes. Desde ya Clitemnestra, su esposa, para vengar la muerte de su hija Ifigenia sacrificada a los dioses por su padre para asegurar su favor, proyecta matar a su esposo y a Casandra su amante. El amante de Clitemnestra, Egisto, encontrando en ese doble homicidio algún interés de venganza personal (su propio padre Tieste había sido desterrado por Atreyo, el padre de Agamenón) sostiene a su amante en su resolución. Pero Egisto es débil deja a Clitemnestra encargarse sola de la faena.

En la Coéforas, segunda parte de Orestes, trata todavía sobre la venganza de un homicidio por otro homicidio. Orestes mata a su madre, Clitemnestra, y el amante de aquella, Egisto. Una vez que el crimen ha sido realizado, es perseguido por las Erinyes, diosas de la venganza.

En fin, en las Euminides, última parte de esta trilogía, tiene lugar el proceso de Orestes, su pago y la instauración de una ley que alíe el anciano vigor de las Furias vengativas y la ponderación de Atenea. Esta reúne sabios para rendir una justicia humana en acuerdo con los dioses (devenidos Euménides), que velan sobre el respeto de las leyes.

Orestes es por tanto el relato de una transformación. A la justicia vengativa del crimen que llama al crimen, la justicia que dicta la ley del talión, responde una justicia más humana que, lejos de comprobar ser débil, es más sólida que una muralla, del simple hecho que, aliando los lazos de sangre y el deber de venganza a las leyes de la urbe y al deber de solidaridad entre los seres humanos, ella se eleva por encima de los intereses partisanos.

Lo que diferencia a la tragedia griega del maniqueísmo  paranoico radica en que la tragedia griega denuncia el mundo cerrado y fantástico de las Erinyes familiares para admitir la justicia razonable de la urbe, y establecer una justicia hecha de equidad y de humanidad que dispensa al individuo del deber de venganza personal, mientras que el maniqueísmo paranoico transita el camino inverso: no admite más que el derecho divino y promulga leyes donde el hombre debe hacerse justicia a sí mismo y denunciar esta justicia humana injusta, falible, y a sus ojos siempre desfalleciente.

Como Hamblet o Rodrigo, Orestes debía vengar a su padre en un código de honor que le era obligatorio. Como él, Pierre ha sido un hijo que asesinó a su madre para vengar el honor de su padre. Ambos habían designado a los dioses – las Erinyes familiares que reclamaban venganza de los asesinatos ya cometidos – como “comendatarios” del crimen. Pero, haciéndose justicia ellos mismos, habían ido cada uno al encuentro de las leyes de la ciudad. En sus procesos respectivos – el tribunal para Pierre, el areópago para Oreste -, los jueces tuvieron dificultades para decidir sobre la culpabilidad de su acusado. Fue necesaria la intervención soberana de Atenea por Oreste, y la del rey por Pierre a fin de que una salida fuese encontrada: la gracia. Orestes fue liberado en razón de las circunstancias atenuantes, el areópago hubo de comprender que él había actuado por deber. Pierre, fue en principio condenado a la muerte: hacer el proceso de la justicia humana, reprocharle su incuria y su complicidad con los “verdaderos” culpables (su madre y su hermana perseguidoras de su padre), cumplir la misión divina donde él se decía estar defendiendo y salvando a su padre, y oponiendo su código de honor a las leyes de la urbe, las cuales condenaban a muerte al jefe del parricidio. Enseguida, el fue agraciado por el rey a título de su locura. El se había sentido entonces despreciado en lo que le era más preciado que la vida: el sacrificio de él mismo para la restauración del padre.

¿Esto que testimonian tanto la historia de Pierre, como las de Orestes, la de Hamlet o la de Rodrigo, ilustra suficientemente a qué punto, por el pasaje al acto homicida, el hijo intenta hacer frente a la imagen del padre caído, a su debacle, o a sus cualidades desfallecientes de la imagen paternal? El asesinato “muestra en qué punto sensible los hijos son ellos mismos tocados por este debacle: el punto sensible donde la capacidad de represión –represión que en la vida ordinaria condiciona las actividades de transposición simbólica-  es un juego”(Legendre, 1989, p. 132).

El padre, aquel que es modelo de referencia, es aquel que “inhibe, prohíbe, controla y canaliza las pulsiones instintivas” (Picat, 1982, p. 155). Ahora bien, él no existe en primer lugar sino es a través del discurso de la madre. La palabra del padre no puede  ser límite, ley, marcar la prohibición e inscribir al niño en la triada edípica que cuando su existencia y su lugar han sido significados por la madre al niño. Pero, en tanto, como lo nota A. Green (1990ª): “El Edipo está ahí de siempre, antes del nacimiento del niño y desde su primer aliento, puesto que el padre está “en la cabeza” de la madre desde el comienzo. Si no estuviera, sería muy molesto para el niño, y esto comporta graves riesgos de un futuro psicótico.”

“¿De donde vendría el interdicto si el padre en título está en pana?” (Legendre, 1989, p. 132), ¿si el carácter mítico del padre como representación del límite no existe en el discurso del padre concreto o en su lugar significado por la madre? ¿De donde vendría el interdicto si esta representación no existe a escala de la familia edípica donde se constituya cada individuo llamado a vivir un destino de sujeto?

Si el lugar y la palabra del padre dependen en principio de la madre, ellas se encuentran sujetas a variaciones en el discurso de esta. Cuando la inconstancia así creada nace en el niño, emerge una dificultad para darse cuenta de la diferencia entre el padre real y el padre idealizado, y cuando esta dificultad deviene para él una confusión, permanece fijado a posiciones pre-genitales, incluso pre edípicas, particularmente agresivas y destructivas.

Si, como lo nota L. Kokh (1971, p. 38), “el padre es aquel que soporta las pulsiones de destrucción del sujeto, pues allí mismo lo garantiza”, la naturaleza de la identificación al padre, va a depender de lo que la madre hace de la palabra del padre. “No es únicamente del modo en el cual la madre se acomoda a la persona del padre de lo que convendría ocuparse, sino del caso que ella hace de su palabra, digamos la palabra, de su autoridad, dicho de otra manera del lugar que ella reserva al nombre del Padre en la promoción de la ley” (Lacan, 1955- 1956ª, p. 579). Para que la referencia paternal intervenga como tercera en la relación entre el niño y su madre en el complejo edípiano, aún es preciso que la palabra del padre sea reconocida por la madre. Por que (lo hemos ya evocado, pero es fundamental) es ella quien presenta el padre al niño, es ella quien da al niño el acceso a esta figura simbólica.

Para Pierre, la palabra de su padre esta negada por su madre, su autoridad no es reconocida, pero al contrario ridiculizada. La violencia actuada del hijo está en relación con el fracaso del padre, y con sus tentativas violentas actuadas para imponer su autoridad a su mujer, la que posee la potencia fálica.
Es en este contexto donde el límite de lo interdicto es incierto, en este contexto donde reina la “tentación incestuosa atormentante” (Picat, 1982, p. 155), que sobrevienen la posibilidad de una evolución parricida del psicótico, particularmente en la adolescencia, momento donde pulsiones y fantasmas parricidas e incestuosos vienen a trastornar las adquisiciones (a veces precarias) constituidas en la infancia. El adolescente psicótico, privado de estructuras simbólicas de referencia, sería entonces “constreñido” al asesinato (parricida) para existir, para hacer aparecer al Otro.

Es el carácter monstruoso de este asesinato que, haciendo manifiesto un pensamiento que franquea el interdicto de su realización, nos enmascara a menudo el carácter humano de un acto que es por tanto como una tentativa para encontrar una salida frente a un problema crucial: un problema que compromete lo que es de la vida, incluso, de la sobrevivencia psíquica.

El Matricidio

 

Aún sí el término “matricida” ha sido introducido en la lengua francesa desde 1521 para designar el crimen, y desde 1580 para designar al criminal, él no fue empleado, en lo que concierne al asesinato perpetrado por Pierre o al asesino mismo, ni por los jueces, ni los médicos, ni incluso por M. Foucault en su análisis del “dossier Rivière”. Todos escogieron el término “parricida”, que designa el asesino (desde 1190) o el asesinato (desde 1372) de su padre, de su madre, o de todo otro ascendiente legítimo, reenviando  entonces al asesinato de los padres, sin otra precisión. Ahora bien, el crimen de Pierre es el asesinato específico de la madre, lo que compromete otras consecuencias para un hijo que si el se hace parte activa de un parricidio, expresión del odio edípico del hijo por su rival, de la rivalidad parricida edípica. En este contexto edípico, el parricidio se definiría como el asesinato de la prohibición del asesinato encarnado por el padre.

La prohibición del asesinato, a semejanza de aquel del incesto, no marca un límite al acto asesino más que cuando el pequeño hombre se ha humanizado. “El primero de los límites, explica P. Legendre en su Tratado sobre el padre, el que todo humano comprende de golpe, es de establecer obstáculo al asesinato”. Pero, precisa, “detrás  de el asesinato se perfila otra cosa que el asesinato: el interjuego de separación del sujeto en la perspectiva que lo institucional genealógico llama interdicto del incesto, acompañamiento inevitable de la cuestión del parricidio. Ahora bien, ¿que significa subjetiva y socialmente la función del límite? Muy exactamente esto: hacer jugar el imperativo de la diferenciación, es-decir poner en obra la lógica de la alteridad, tratar el interjuego de lo semejante y de lo otro” (Legendre, 1989, p. 124).

Estas nociones de separación y de diferenciación parecen capitales en los efectos esperados del lugar del padre en la constitución de la triada edípica donde viene a inscribirse el niño. Ellas lo son tanto en relación al vínculo padre-niño como respecto a la relación madre-niño. Ellas son fundamentales en esta relación madre-niño puesto que (como venimos de exponerlo) “es ella la que designa al niño, no solamente a su genitor, sino también a aquel en el cual ella se reconoce la ley” (picat, 1982, p.155). se comprenderá aquí (volveré sobre esto en la continuación de mi reflexión) en cuanto la propia problemática (edípica) maternal puede tener consecuencias para la relación madre-niño.
Estas nociones son también capitales en la relación padre-niño, relación en la cual la importancia de la propia problemática (edípica) del padre y sus consecuencias no son menores.

Que se considere al padre o al hijo, podríamos decir que “cada uno de ellos gira alrededor de la imagen del padre – la imagen que debe separarlo de su propia madre” (Legendre, 1989, p. 119), y situarlo como sujeto. Si esta separación no tiene lugar de manera de permitir a uno y al otro el vivirse como sujetos del discurso, si por tanto el padre no puede ejercer la función de padre, fracasa en dar el límite en el que la marca tendría por efecto el hacer renunciar al niño a la omnipotencia y a la relación incestuosa. El padre, no habiendo renunciado a sus posiciones infantiles, encarnaría entonces, para su hijo, la imagen del padre de la horda.

Ahora bien, “cualquiera que se erija en padre de la horda juega a ser la palabra del Sujeto monumental” (Legendre, 1989, p. 133). El asesinato del padre implica que ninguno de los hijos, de los hermanos, puedan tomar realmente el lugar del padre muerto. Puesto que este lugar es mítico, no es real, está al contrario destinado a hacer funcionar el conjunto de las relaciones familiares, en la medida en que no es ocupado. Aquel que se arriesgaría se arriesga a la locura.

El ejercicio de la función del padre no es jamás adquirido sino que debe ser conquistado por todo hijo que deviene padre. “Se entra en la paternidad por la renuncia a sostener su propia demanda de niño frente a su hijo” (Legendre, 1989, p. 142), Lo que supone, en primer lugar, una relación de rivalidad entre dos hijos, uno deviniendo padre y el otro hijo nuevamente venido. Es en este contexto de las relaciones entre padre e hijo que la demanda del niño incluye una demanda de límite. Un padre debe a su hijo un límite, Es este lazo de obligación entre padre e hijo el que va a servir de garante en las relaciones entre generaciones, que va a hacer de oficina de justicia. La renuncia a la omnipotencia vale para el padre y el hijo: para el padre en tanto que él renuncia a encarnar al padre de la horda, para el hijo en tanto que él renuncia a la realización del incesto con la madre.

La vía en la que se compromete el autor de un matricidio, tal como Pierre es otro: es el de la modificación, porque “no se puede asesinar a la madre, incluso en su forma arcaica, bruja o Gorgona, monstruo o demonio, sin destruirse a sí mismo, sin comprometer las bases narcisistica incluso precarias que su relación con el niño contribuyo a edificar.” (Birraux, 1994, p.114).

Asesinar a su madre, es destruir el molde mismo de la vida, la condición de la existencia, la matriz. El asesinato de la made tiene como un sabor del fin de mundo, y “eso es lo que también no posee otra resolución más que la destrucción concebida como fin en todos los sentidos de la palabra fin” (Lemoine Luccioni, 1987, p. 105). El destruye para su autor todo proyecto hacia el futuro, y lo corta para siempre de sus propias raíces.

Asesinar a su madre, es para el niño que no ha podido “abrirse un pasaje en el tejido social que ella teje”, destruir “hasta el molde de la creación […], más bien que de pasar por la ley castratoria de un padre por otra parte desconocido como tal” (Lemoine Luccioni, 1987, p. 105). Y si el padre es desconocido como tal, asesinar a la madre es asesinar a aquella que encarna la imagen de la omnipotencia.
Si, como lo piensa P. Aulagnier, la madre es “aquella por la que la realidad llega”, aquella por la que “se presentan y se imponen, esas referencias identificantes que, llevan la marca de lo paternal y dependen del lugar que padre y madre ocupan uno frente al otro y los dos en su relación con el niño” (Aulagnier, 1985, p. 266) entonces, para Pierre, su realidad primera fue ser desde siempre confrontado a la persecución entre sus padres. En este contexto, su acto matricida puede comprenderse como siendo el acto de un hijo que viene a traer un detenimiento al odio entre los dos esposos inseparables, el que pone fin al conflicto entre los padres. Es también el acto de un hijo que intenta ofrecerse una salida para salvarse de una identificación, de un acoplamiento catastrófico al padre castrado por su mujer.

Incluso si los conflictos entre sus padres habían sido el modo de serrar su armonía, ellos habían dado la ocasión a Pierre de asistir a escenas primitivas violentas, en las que los roles de cada uno habían sido equívocos, sádicos y masoquistas a la vez. Todo estaba confundido, para sus padres entre ellos, como para el hijo, que permanecía pegado al masoquismo paternal.

Analizados a nivel de pareja de padres, estas disputas incesantes entre ellos, su carácter pleitista y violento traducen la importancia de la fijación pregenital de la libido parental. Considerados a nivel de los niños, estas escenas donde sus padres los solicitan para tomar una parte activa cuando de aquello son testigos, los llevan a ocupar posiciones persecutorias e incestuosas, fuentes de graves conflictos identificatorios. Si tal es el caso, el alejamiento entre las generaciones se borra, la diferencia de sexos no está asegurada: el niño vive en la confusión.

Participar en la vida conflictual parental, es para el niño ser precipitado en una confusión de registros identificatorios, tal que ella se entiende en la estructura del lenguaje. Es encontrarse (o perderse) sin lugar para sí mismo: sintiéndose amenazado, por el padre interpuesto, Pierre se estaba protegiendo intentando reforzar la posición paternal, hecho esto al precio de un desconocimiento de la posición maternal.

Esta tentativa de refuerzo pasaba, para él, por la idealización patológica de una figura paternal. Esta idealización y las identificaciones primarias a los modelos heroicos como fuente desde donde se establecen estas producciones, su delirio y la autojustificación de su matricidio, nos hacen recordar los procesos en obra de los crímenes perpetrados por los héroes de F. M. Dostoïevski. En la novela del autor ruso titulada Crimen y castigo, está en cuestión un héroe, Raskolnikov que, habiendo decidido cometer un crimen para procurarse dinero con el fin de proseguir sus estudios, había designado como víctima a una vieja usurera inútil y perjudicial. El asesino justificaba su acto forjando una teoría según la cual los humanos superiores habrían podido arrogarse el derecho de sacrificar la vida de seres perjudiciales e inferiores, si este sacrificio beneficiaba a la humanidad entera. Auto justificación de un crimen donde se entiende, como en eco, aquel de Pierre (deber de matar a su madre para liberar a su padre), donde el asesino alega que otros antes que él no han dudado en sacrificar la vida de miles de hombres para “satisfacer vanos capricho”.

El héroe napoleónico, al que tanto Raskolnikov y Pierre hacían aquí tanta referencia, se presenta en los dos casos como el ideal, modelo a seguir o a re-encontrar. Pero, ahí donde Pierre afirmaba escuchar hablar de él mismo cuando leía las hazañas de Bonaparte (y las proezas de otras figuras ideales tales como Eleazar, La Rochejacquelin, etc.), Raskolnikov, se preguntaba si podía o no devenir Napoleón. Uno afirmaba su convicción ahí donde el otro cuestionaba su fantasma.

Raskolnikov buscaba identificarse a este ideal hiper masculino para defenderse de su pasividad, de su dependencia total hacia las mujeres. El matricidio que el comete, asesinato de la vieja usurera, sustituye la imagen maternal, representando según M. Kanzer (1948), mas bien una defensa paroxística contra el tabú sexual del incesto (tabú reactivado en la adolescencia por la práctica de la masturbación), que un alcance a la imagen de la madre fálica. ¿El interdicto del asesinato sería menos fuerte que aquel del incesto? En los héroes dostïevskianos, parece haberse operado una metamorfosis de las pulsiones incestuosas criminales. Pues el acto criminal habría entrañado la represión de la prohibición del incesto y revelado el sentimiento de culpabilidad que le es subyacente (Freud, 1916). Represión y culpabilidad vendrían a inscribir su acto en un registro de neurotización edípica.

En Pierre, la problemática edipica se sitúa en un mas acá del Edipo: el incesto es vivenciado sobre el modo de una fobia no elaborada, ni metaforizada ni traspuesta. En las escenas que el describe, toda mujer parecía ser para él, simultáneamente, el objeto de una violencia experimentada (¿deseo?) y la ocasión de un sentimiento de falta, incluso de vergüenza. Pero este sentimiento se confunde aquí con el miedo a las mujeres, como si todas las mujeres fueran a la vez deseables e interdictas.

Si Pierre tenía miedo de cometer un incesto con las mujeres de su familia, es porque, en esta familia, ni las mujeres ni los hijos estaban protegidos por los hombres o los padres. Separando constantemente a las mujeres, el reproducía así, a su modo, la imposibilidad en la que se encontraban sus padres de vivir juntos. Victoria y él sustentaban esta separación, atizando sus disputas, tomando resueltamente partido cada uno por el padre de su sexo. La reacción fóbica que desarrolla Pierre hacia las mujeres se apoya sobre la experiencia que él tenía del modo en el cual su madre trataba a su padre.

La fobia no esta aquí para ser considerada como el modo de una organización neurótica, sino más bien como la manifestación de un nivel más arcaico, pre edípico, perteneciendo a un registro donde el incesto no es abordado (y abordable), más que sobre un modo muy primitivo. El horror al incesto es allí una defensa no elaborada que hace del incesto una amenaza permanente, una “tentación obsesiva” obligando al adolescente a recurrir a un acto (la huida o el matricidio) más que a una represión, una elaboración.

El matricida de Raskolnikov en Crimen y castigo y el parricidio de Smerdïakov en Los hermanos Karamazov, asesinatos literarios que se unen tanto a fantasmas matricidas como a fantasmas parricidas, son ligados y representan las dos caras de un mismo complejo, central en F. M. Dostoïevski (Marinov, 1983). Esta perspectiva permite comprender que los héroes de Dostoïevski (como su creador), se identificaban a la vez al padre castrador idealizado, representado por figuras míticas y heroicas, y a la vez, a la víctima, en la medida donde ella podía ser representada bajo los trazos de una perseguidora. Lo que se jugaba para ellos sobre la escena literaria se encuentra en Pierre sobre la escena del delirio y aquella del matricidio: tomar a mujeres heroicas víctimas del poder de los hombres como modelos identificatorios, leer en sus historias la persecución en la que se siente uno mismo víctima, y armarse del heroísmo que ellas encarnan en su lucha contra la tiranía; tales fueron los mecanismos por los cuales los héroes de Dostoïevski, así como también Pierre, se identificaban a la víctima que los perseguía. En unos y en el otro, el súper-yo había guardado su forma primitiva, de origen maternal. A lo sumo, en Raskolnikov se condensaban las dos figuras parentales, fusión evocadora de lo que M. Klein ha descrito bajo la forma del fantasma de los padres combinados.

Lo arcaico, lo pre edípico de una tal representación fantasmática o la persistencia del súper-yo maternal, se encuentra también en la hipótesis que realiza V. Marinov, a propósito de  Raskolnikov, proponiendo considerar que él “niega y busca a la vez apropiarse a través de su identificación heroica y su acto (como un acto de auto-engendramiento y de auto creación), asimismo el rol del padre como aquel de la madre en la generación, roles que normalmente la escena originaria es llamada a figurar” (Marinov, 1983, p. 122). El héroe de F. M. Dostoïevski se inscribía así, por su acto en una filiación heroica donde afloraba el auto-engendramiento (Racamier, 1989). Lo mismo fue para Pierre quien, habiendo buscado evitar la representación del coito parental, cosa de mantener alejados a su padre de su madre (tal como los continentes separados de su lectura del Génesis), se había buscado otra filiación: un lazo de filiación en el que estudiaremos el tejido y las consecuencias abordando las figuras del encierro.

El homicidio de la vieja usurera, de la “mujer inútil”, cometido por Raskolnikov puede también ser comprendido, siguiendo la interpretación que hace R. Lower (1969), como una tentativa de héroe para dejar atrás su angustia de castración reprimiendo sus propias tendencias de sumisión a las mujeres. Esta interpretación reúne aquella dada, bajo el ángulo etnológico, por D. Fabre (1991, p. 121) a propósito de Pierre: matando a la mujer, el se mostraría como un hombre fuerte. La identificación al héroe viril habría sido una tentativa para defenderse contra un fantasma homosexual pasivo. Pierre habría buscado en ese modelo prestigioso el medio de protegerse, de escapar de la identificación catastrófica del padre castrado por su mujer. Tentativas que fallan: después del homicidio, esta tendencia a la sumisión no hacía más que crecer y manifestándose – en Pierre y paralelamente en el personaje novelesco dostoïevskiano – por el “deseo masoquista de sufrir el castigo y por su compulsión hacia la confesión final” (Marinov, 1983, p. 104).

Aquí se imbrican estrechamente homosexualidad y parricidio. Para hacer aparecer un lazo homosexual frustrado al padre, es entonces necesario evocar la existencia de un Edipo invertido. Ahora bien, en la psicosis en la adolescencia, el matricidio, notablemente aquel de Pierre, no se inscribe en referencia al Edipo invertido: el asesinato de la madre allí no es el asesinato del padre edípico, sino aquel del padre imaginariamente omnipotente, representación que se sostiene en el más acá del Edipo, representación que se opone a la distinción edípica de los sexos y de las generaciones.

Si el crimen puede ser una tentativa para salir de un impasse identificatorio pre-edípico defendiéndose de las angustias de nadificación, esta tentativa no tiene posibilidad de triunfar que acompañada del resentimiento de la culpabilidad; culpabilidad que testimoniaría la instauración  de un tipo de súper-yo heredado del Edipo, una forma de súper-yo de origen paternal. Lo que se verifica ser una solución para la neurosis con la identificación al padre (instauración en sí de esta autoridad y constitución del súper-yo) es inaccesible al psicótico para quien el objeto es narcisistico. En él, el súper yo no está descomprometido del yo, la instancia ideal es más el yo-ideal que el ideal del yo. La culpabilidad no elaborada, imposible de elaborar, se encuentra siendo solamente “esbozada”, sobre el modelo de la vergüenza.

En la historia de Pierre, el sentimiento de vergüenza fue nombrado sea por él mismo, en vinculo con las presencias femeninas, sea en los testimonios, notablemente en aquel de reportar al periódico local que escribía (a propósito de Pierre): “La idea que parece absorber todas las facultades de este desgraciado es la vergüenza de mostrarse sobre la plataforma de ejecución ante la mirada de toda un población(11).” En un caso como en el otro, la experiencia de vergüenza es evocada en vínculo con la problemática narcisistica  de la mirada.

Ahora bien, la vergüenza es una experiencia particularmente activa y frecuente en la adolescencia (Brusset, 1993), ligada a la mirada de los otros sobre sí, a su juicio sobre la apariencia. Ella está ligada al investimiento del propio cuerpo, a los movimientos oscilantes de las metamorfosis grandiosas y de las regresiones narcisistas.

Pero en la psicosis, ella traduce más particularmente la imposibilidad del adolescente para contener y metabolizar las experiencias ligadas a las transformaciones corporales. Es una dificultad para interiorizar la imagen de sí y los ideales parentales. Es una señal de angustia que debe ser situada entre la depresión y la culpabilidad (Guillaumin, 1973). La vergüenza, ligada a la problemática del cuerpo (Birraux, 1993), expresa la dificultad sentida por el adolescente para hacer frente a la re-sexualización de su propio cuerpo y de las imágenes parentales. La lucha de esas mociones pulsionales, bajo la mirada de los otros, con los ideales del yo infantil, gira en ventaja de las primeras, haciendo volar en pedazos las construcciones ideales. La vergüenza vendría a firmar la extrema dificultad que afecta al adolescente para reconstruir los ideales, interiorizando las imágenes parentales desexualizadas, des-investidas eróticamente.

¿La vergüenza, no es esta imposibilidad de renunciar al incesto?

La idealización patológica en obra en la psicosis pubertaria, da un súper- yo narcisista que no juega el rol de una instancia interdictora, sino aquella de una instancia tiránica. Ella empuja a actuar por una necesidad interna imperiosa. Ella no es una instancia crítica. En la psicosis, la mirada interior es aquella del objeto perseguidor, y no aquella de la conciencia moral. La culpabilidad no puede esbozarse más que sobre el modelo de la vergüenza.

El origen del sentimiento de culpabilidad debe ser buscado a la vez sobre el plano individual, como una consecuencia y una salida del complejo de Edipo, y a la vez sobre el plano filogenético en relación con el asesinato del padre de la horda, en los tiempos míticos donde el fue actuado y realizado, y no reprimido (Freud, 1930). Esto no es más que secundariamente, en recuerdo de este asesinato primitivo que se han instaurado la conciencia de la falta y el nacimiento del sentimiento de culpabilidad. En el adolescente psicótico, la simbolización del lazo al padre incestuoso edípico al encontrarse en defecto, establece el lazo homosexual al padre no desexualizado que es investido, como una defensa contra la amenaza que hace pesar la diferencia de los sexos. No hay allí renuncia al asesinato sino al contrario, cumplimiento de asesinato. Al fantasma de la neurosis corresponde el delirio o el actuar psicótico. Y, contrariamente a los asesinos homicidas del padre de la horda, el psicótico no interioriza la culpabilidad luego del crimen.

Cada niño, en cada generación, debe reconquistar su humanidad en la formación del súper-yo, renunciando al asesinato, simbolizando el lazo a los padres incestuosos edípicos. No allí hay adquisición filogenética que pueda hacer economía de esta construcción para cada individuo en la especie. Por el contrario, para la mayoría de los humanos, la evolución filogenética parece haber permitido esta construcción, esta posibilidad de represión de las pulsiones mortíferas. La filiación no se instaura más en el crimen de sangre, ella se instituye en la deuda.

Para un sujeto psicótico, tal como Pierre, inscribirse en la triangulación edípica es imposible. En el encierro del mundo disociado, clivado, donde él se sostiene, el acto viene a intentar desarticular “el enfrentamiento dual” entre los héroes (identificación heroica del hijo) y su víctima (la imagen de la madre fálica), para intentar, pero en vano, acceder a una estructura triangulada más edípica.

Pero matando al otro, -puede ser al Otro primordial encarnado por la madre-, el sujeto se nadifica como sujeto separado. Pone fin a la separación, a lo insoportable de asumir su condición de sujeto separado y solo, confrontado a la soledad. Suprimiendo uno de los términos del conflicto, retorna a la indiferenciación, operación regresiva alcanzada.

El homicidio de la madre es la abolición del otro que no es sí mismo; él es el acto en el cual “es realizada al máximo esta asunción por el hombre de su desgarramiento original por el que se puede decir que en este instante, el constituye su mundo por su suicidio” (Ochonisky, 1963).

 

El Suicidio

Un articulo aparecido en el Piloto de Calvados, con fecha del 22 de Octubre de 1840, anunciaba el suicidio de Pierre. Se había dado muerte por colgamiento, a la edad de veinte y cinco años. Edad que podríamos pensar, no permite considerar este fin como una salida directamente ligada a una problemática adolescente. Sin embargo, podemos imaginar que Pierre no había cesado hasta allí de administrar las consecuencias del impasse en el cual él se había comprometido a partir de la edad de la pubertad ( de doce a catorce años); impasse de adolescente ligado a la problemática narcisistica psicótica donde se encontraba sumergido.

Su suicidio no es una de esas tentativas de pasaje al acto, frecuentes en la adolescencia que traducen la necesidad de tener recurso a un acto para acceder secundariamente a nuevas representaciones(12) ; tentativas en las cuales la perspectiva no esta jamás animada por un deseo de muerte, y que hace parte de los impulsos neuróticos de la adolescencia. Por su suicidio, Pierre lejos de abrirse a nuevas perspectivas, realiza un acto de auto punición, de sacrificio. Su suicidio debe ser entendido como una de las tentativas del adolescente que se inscriben en un registro muy patológico, narcisistico y melancólico. Es el acto actuado por un retorno contra si del odio proyectado sobre el otro por el parricidio (matricidio). Es la ultima tentativa de escape al encierro psicótico del universo sobre el mundo interno -y familiar- disociado.

Si todos los estudios concerniendo los pasajes al acto suicida en los sujetos adolescentes ( Haim, 1970; Erlich, 1978; Ladame, 1987; Ladame et Ottino, 1993; Scannel Tim, 1990; Laufer, 1983; Laufer, 1985; Laufer y Laufer, 1992) destacan la importancia de las perturbaciones del medio familiar, ellas no explican el lazo que hay entre estos disfuncionamientos familiares y el suicidio de uno de los miembros de la familia al momento de la adolescencia. Si este acto es el de un adolescente psicótico, el puede conducirnos a pensar tal y como lo indica Pierre, en una suerte de crisis sacrificial.

En su historia, el valor de la justicia no era reconocido por el conjunto de los miembros del grupo familiar: el padre ponía en duda los arrestos que la justicia había realizado a su encuentro. Aunque Pierre se propuso hacer referencia a otro sistema: el de la justicia del derecho divino. Como no había acuerdo entre las partes ( los padres), cada uno iba a usar sus propias referencias para rechazar las del otro. Prontamente, se instauro el caos, la renegación, la imposibilidad para cada una de las partes de hacer valer su derecho.

Es en este contexto que el sacrificio del psicótico interviene. El sacrificio supone aportar una solución a la crisis familiar. Solución que Pierre imaginarisa haciendo referencia a los marinos que, faltando víveres, sacrificaban uno de ellos para sobrevivir alimentándose.(13)

El recurso al canibalismo es evocado como un valor positivo. Lo que busca el adolescente psicótico, es el res-establecimiento de un orden de una unanimidad que permita a cada uno encontrarse. Salvar la grupo por el sacrificio de uno de sus miembros expresa también, la prevalencia del lazo al grupo en relación a los vínculos existentes entre cada uno de sus miembros. La crisis sacrificial induce la idea que el sacrificio de uno, polarizando toda la violencia maléfica que amenaza el conjunto del grupo, podría liberarlo en una operación mágica, y salvaría un gran numero por la muerte de uno solo.

La crisis suicida aparece así como una crisis sacrificial, fenoménica, produciéndose en los grupos donde la solidaridad entre los miembros es tan fuerte que el sentimiento de identidad comunitaria ( de pertenencia), toma paso seguro sobre las relaciones inter-individuales (Girard, 1972).La justicia no esta allí constituida por un conjunto de leyes, un código que se situaría por encima de los individuos y del grupo. Cada uno puede ejercer su justicia, en el sentido donde una violencia puede engendrar una contra- violencia. “La indeterminación de la ley se encuentra pues, al origen de la crisis sacrificial” (Obiendo Weber, 1991, p.46).

Para el psicótico, la muerte no es peor que lo insoportable de la vida, es incluso una salida honorable que le permite huir, poner a distancia lo que es insostenible. Suicidarse en la adolescencia es en suma, un renacer. Sería entonces, una llamada a la vida pero que “debe pasar por la puesta a muerte del individuo” (Obindo Weber, 1991, p.49) Una de las funciones de la crisis sacrificial, como de la crisis suicida, seria entonces volver la vida “vivible” fijando la violencia, metabolizandola de tal manera que un orden simbólico pueda ponerse en su lugar y regular los intercambios entre los seres, re-introduciendo la posibilidad de una diferencia.

La organización psíquica de estos adolescentes suicidas esta frecuentemente regida por el principio de pertenencia. No es raro en efecto que las familias en las cuales sobreviene la crisis suicida reproduzca el sistema tribal donde el elemento organizador mayor es el principio de pertenencia que actúa en detrenimiento de la evolución individual. Lo exterior siendo vivido como inseguro, los procesos primarios se encuentran poco inhibidos. Incluso si el lazo tribal no es mas patológico que otro, cuando es coherente con la cultura ambiente, puede volverse patológico cuando entra en conflicto con el funcionamiento social habitual. Al momento de la pubertad, o bien en el fin de la adolescencia, los jóvenes se encuentran sometidos a una doble constricción. ¿Cómo autonomizarse sin contravenir las leyes internas de la familia que exalta la solidaridad y prohíbe la alianza con el exterior?

¿Cómo socializarse en esa relación antinómica entre familia y sociedad?

¿No es acaso en esos momentos intermedios de gran fragilidad que tienen lugar frecuentemente los pasajes al acto?

El riesgo suicida existe particularmente en las familias donde “una de las líneas parentales mantiene una tradición ofensiva hacia la otra línea. En general, una sola línea es portadora de la exigencia  de similitud y de complementariedad. La diferencia se inscribe entonces sobre el modo de la exclusión de la otra línea” (Obiendo Weber, 1991, p.41). La rivalidad edipica se desplaza en una rivalidad entre líneas, movilizando en los niños identificaciones sobre el modo de la colisión o del destierro. Es el modelo de la vindicta hereditaria con su cohorte de figuras de renegados, de exiliados, de héroes vengadores, pero también, de abogados, de acusados y de martirizadores. Los investimientos permanecen movilizados en una relación de filiación monoparental, el adolescente realiza un recurso a la idealización para salir del impasse y para intentar  poner a distancia las pruebas demasiado candentes.

Las elecciones ofertadas por estas familias a su adolescente – y al niño que él fue-, no es “simplemente” ser hombre o mujer, es también estar de un lado o del otro. Los procesos diferenciadores son aniquilados en esta obligación de elegir su campo. Cuando los conflictos entre las líneas se tornan insolubles, los niños se vuelven héroes de cada causa, se vuelven herederos de esta vindicta. ¿Cómo devenir alguien cuando individualizarse es traicionar? ¿Cómo devenir alguien cuando “todo movimiento de individuación equivale en el lazo tribal a destruir al grupo familiar en su conjunto”? (Obindo Weber,1991,p.43).

El psicótico interioriza la persecución familiar y deviene su propio perseguidor. Ofreciéndose en sacrificio para salvar a los suyos, él se designa  como una victima. El auto-sacrificio es la vuelta contra sí mismo de la persecución destinada a otros miembros de la familia. El sentimiento de culpabilidad le hace buscar la situación de victima, la expiación, teniendo todo esto para él un valor sacrificial. La culpabilidad en el psicótico es una persecución interiorizada, ella no puede sacarlo de la disociación, ella no le permite vivir, sino solamente morir. El encierro psicótico se encuentra bloqueado por esa elección imposible de la separación que en ese caso, equivaldría a una traición frente al padre idealizado. En una organización familiar donde reina el clivaje entre las líneas, el deber de asistencia al padre contra la madre, aniquila la capacidad del psicótico para individualizarse. Esta organización familiar parece sobre-determinar la organización psicótica del adolescente, y favorizar el pasaje al acto asesino y suicidario.

Crisis sacrificial, matricidio y suicidio se encuentran ligados. ¿Podríamos entender las palabras de Pierre, poco antes de su muerte ( él se creía muerto, y no deseaba ningún tipo de cuidado para su cuerpo(14)), como el signo de ese lazo? Perpetrando sus crímenes se había sacrificado. Una vez su sacrificio realizado, él no existía más, no se sentía más con vida, como si su suicidio hubiese acaecido desde hacia mucho tiempo.

Asesinar conducía a Pierre a ser juzgado según las leyes humanas republicanas y a ser condenado a muerte. Pero estando indultado, él se encontraba privado de los medios que le habían sido brindados para expiar sus faltas. Su propia muerte era el solo lugar que se reservaba en el auto-sacrificio. Su sacrificio no fue aceptado por las leyes de la ciudad ni por sus jueces. Los jueces condenándolo, el rey indultándolo, no retuvieron la dimensión sacrificial del acto.

Si la culpabilidad en el sentido jurídico del termino, no fue retenida por el jurado, como la culpabilidad en el sentido psicológico, ¿podría ella ser probada por el autor del acto y reconocida por la sociedad? ¿Cómo alcanzar esta dimensión del ser humano sujeto de sus acciones? ¿Qué sentido podía dar a su vida Pierre cuando se le rechazaba esta muerte como castigo de sus faltas, mientras que la sola muerte habría podido devolver la dimensión humana haciendo de él un ser responsable,  y consciente de su falta?

El sentimiento de la falta es un elemento fundamental de la conciencia. En Pierre, este sentimiento se encuentra a penas esbozado. Los remordimientos no son sentimientos afines, pero si son la expresión de una vuelta sobre sí mismo de la persecución. Permanecemos sobre el mismo registro, brutal, sin posibilidad de elaboración de la culpabilidad. Para el psicótico, no hay más que el horizonte de la muerte. Después de haber sido “beneficiado” de la gracia del rey, Pierre presento signos de locura donde se leía la agravación de la evolución de la psicosis. Él no tomaba más el cuidado de ocuparse de su cuerpo, del cual el desmembramiento (la decapitación) le parecía que no habría modificado su estado: se vivía como ya muerto.

La evocación de un cuerpo abandonado, disociado del ser del cual no se toma mas cuidado, muestra la ausencia de metaforización de ese cuerpo que es el objeto de las psicosis. La disociación hizo explotar la unidad psiquis-soma como si no contuviera nada más, como si nada pudiese ser pensado. El cuerpo aparece incluso como un enemigo del exterior, un perseguidor del cual es preciso desembarazarse. Pierre pedía en efecto, que se le cortara el cuello, como él lo había hecho a sus victimas.

La violencia realizada a su propio cuerpo, volvió manifiesta el retorno contra si mismo del odio, en una especie de redoblamiento proyectivo. El fin de Pierre – su suicidio- marca la evolución de la psicosis, el trabajo de degradación que ella había operado. Este fue uno de los momentos de los más trágicos de su historia, puesto que él debía entonces recurrir a un medio que rechazaba. Retomaba la vida que dios le había dado. Se suicidaba mientras que pensaba el suicidio como una vía negativa y degradante para él, y que sus convicciones religiosas desviaban. En ese sentido, había parecido adoptar un tiempo la posición de su padre quien, por deber moral no era capaz de considerar el suicidio. Pero Pierre se encontraba obligado al acto suicida.

Por su crimen, había buscado la posibilidad de liberarse de una situación imposible. Una vez el crimen cometido, la lógica habría deseado que él muriese. Después de su crimen, su vida no tenia sentido. Pierre no había encontrado alternativa a la salida imaginaria de salvación del padre. Su suicidio, cinco años después de su matricidio, se inscribe en esta lógica narcisística.

¿Por qué Pierre no pudo continuar viviendo después de su crimen? ¿Por qué sencillamente no continúo delirando? Él solo podría responder a tal tipo de preguntas, pero se puede pensar que el delirio supone un objeto que no se hunde al interior de sí. Una sombra de objeto, como en la melancolía, es suficiente. El fracaso de Pierre fue quizás no poder constituir este objeto (paranoico) en la persona del padre, lo que habría permitido provisoriamente al menos, no hundirse.

El pasaje al acto parece haber sido en este caso al menos, la inducción de una prueba del vacío. La construcción delirante protege de la realidad de lo insoportable, la emergencia de la culpabilidad es el signo de un trabajo de interiorización que permite figurarse su falta. Pero cuando uno o el otro faltan, las bases mínimas para vivir están ausentes: la muerte deviene la sola perspectiva posible.

Ampliando el punto de vista para pasar de esta perspectiva única ( punto de fuga hacia el auto-sacrificio) a la perspectiva familiar, podríamos interrogarnos en torno a las consecuencias de esta muerte, la de Pierre, matricida y auto-sacrificado.

En 1979 un genealogista normando, G. Jambin, después de muchos años de investigaciones puso al día un trozo de la historia de la familia de Pierre hasta entonces ignorado.(15)

Pierre murió el 20 de Octubre de 1840 en la prisión de Caen a la edad de 25 años. Prosper, su hermano menor, aquel a quien se le llamaba el “imbecil”, murió a la edad de 22 años, el 6 de Marzo de 1840, seis meses antes del suicidio de Pierre. No se sabe si  Prosper murió ni si Pierre pudo ser informado de ese deceso. La abuela paternal murió a la edad de 72 años, el 12 de febrero de 1841 en Aunay, cinco meses después de la muerte de Pierre. Aimée la hermana pequeña de Pierre, murió el 22 de septiembre de 1843 en Aunay, a la edad de 23, soltera, sin hijos.

En esta fecha, solo el padre estaba vivo. Había vivido en menos de tres años la muerte de cuatro miembros de su familia. Permanecía solo después de haber visto morir a sus padres, sus hermanos y su hermana, sus suegros, su esposa y todos sus hijos. Se podría pensar que este hombre después de haber debido afrontar tal tipo de desgracias, podría haberse hundido. Ahora bien, un año después de la muerte de su hija Aimée, el 26de Noviembre de 1844, este padre se volvió a casar con Joséphine Cuiret, nacida el 13 de Marzo de 1821 en  Saint- Marin-des-Besaces. Joséphine poseía 23 años de edad: edad que tenia Aimée al momento de su deceso.

Joséphine dio dos hijos al padre de Pierre (Marie Foise Jouassine, nacida el 18 de septiembre de 1845, y Joséphine Clémentine, nacida el 11 de Enero de 1847) antes de morir, el 18 de Mayo de 1847 a la edad de 26 años.

El padre de Pierre se volvió a casar por tercera vez, el 28 de Septiembre de 1848, con Marie Catherine, hermana de Joséphine (su segunda esposa), nacida el 1 de Diciembre de 1822 en Saint-Martin-des- Besaces y fallecida el 4 de Agosto de 1857 en Aunay después de haber dado a su marido cuatro hijos, muy cercanos entre ellos en cuanto a sus nacimientos.

Se puede destacar que su matrimonio data del 28 de Septiembre de 1848 y que su primer hijo Jacques nació el 30 de Octubre del mismo año. El padre de Pierre había entonces concebido a Jacques a penas diez meses después de la muerte de su segunda esposa, y desposo a la madre de su nuevo hijo mientras que ella estaba en cinta de ocho meses. Marie Catherine se caso entonces a la edad de 26 años con un hombre (el padre de Pierre) que tenia 55 años. Vivieron juntos durante nueve meses y el ultimo de sus 4 hijos tenia 3 años y medio cuando esta tercera esposa habiendo sin duda criado a sus hijos, los dos de su hermana y los 4 suyos, murió a la edad de 35 años.

En cuanto al padre, muere en Aunay el 7 de Septiembre de 1865 a la edad de 72 años como su propia madre, habiendo podido constituir su descendencia, como si nada hubiese sucedido. Por el contrario, ninguno de los hijos del primer matrimonio que sobrevivieron al drama pudieron vivir largo tiempo, Aimée y Prosper murieron jóvenes, sin descendencia. ¡Qué peso debieron haber cargado después de este asunto, que peso de vergüenza y de culpabilidad!

El destino ulterior del padre, el hecho que halla tenido nuevamente 6 hijos, que halla podido manifiestamente revivir y asumir una descendencia, apela a diversas puntualizaciones. Nueve años transcurren entre el momento del crimen y su primer matrimonio. No volverá a casarse hasta después de la desaparición de todos los hijos del primer matrimonio, y después de la muerte de su madre. Pero este nuevo matrimonio tuvo lugar después de la muerte de su hija Aimée. Continuo a vivir en Aunay hasta su muerte; no fue más que en la generación siguiente que los niños dejaron Aunay para establecerse en las cercanías.

¿Pudo el padre de Pierre sentir el choque que nosotros imaginamos luego de los crímenes de su hijo? Lo que de aquello halla podido ser, no impidió que pudiera levantarse y rehacer su vida, como si él hubiese podido recibir positivamente el sacrificio de su hijo. Uno no puede mas que interrogarse sobre la manera en la cual este padre pudo arreglar para él mismo el problema de la culpabilidad. Qué trazos un tal drama pudo dejar en el transcurso de su vida. Por más que pudiésemos saberlo, según el estudio de G.Jambin, el crimen no dejo ningún recuerdo en la descendencia: “La memoria oral familiar en sus medio-descendientes actuales, incluso del mismo nombre, puede ser considerada como prácticamente nula”.(16)

El padre de Pierre se caso con mujeres que tenían la edad de sus hijas. Quizás era para asegurar su descendencia que se caso con mujeres tan jóvenes, puesto que las de su edad, no estaban quizás en condiciones de brindarle hijos. Quizás también era para poder dominar en sus parejas y revertir el vinculo de dependencia que él había mantenido con su primera esposa y con su madre. O tal vez, le era preciso establecer una relacional paternal con una joven mujer para liberarse de la sumisión a su madre, aunque fuese al precio de un lazo de carácter incestuoso con estas jóvenes mujeres.

Por otra parte, él se volvió a casar muy rápido después de la muerte de su segunda esposa, después de haber concebido un hijo con aquella mujer que desposo en terceras nupcias. Parece que pudo dar una nueva madre a sus dos primeros hijos, de los cuales el ultimo era aun un pequeño bebe (huérfano a la edad de cinco años). La elección de la hermana menor de su difunta esposa podía así comprenderse en una suerte de lógica de continuidad. Pero la rapidez con la cual concibió a otro hijo después de la muerte de su segunda esposa, interroga por su relación con la muerte. No parecía más este hombre  vuelto hacia los cementerios, desesperado y presto a ahogarse en un pozo. No se encontraba más confrontado a la amenaza de la separación con la madre de Pierre, pero debía afrontar la realidad de la muerte de los otros. ¿Evitaba aun el riesgo de la depresión por esta huida procreadora que le impedía pensar en sus penas, en su soledad y en la separación? Si es el caso, todo esto fue por los medios de protección que le permitieron sobrevivir a todas estas pruebas.

Se podría acercar este elemento a una reflexión de K.Abraham dirigía a Freud a propósito de la transformación brusca de la melancolía en manía: “tengo la impresión que un numero considerable de personas muestran  a continuación de un duelo, un acrecentamiento de su libido; ella se manifiesta bajo la forma de un acrecentamiento de las necesidades sexuales, y parece conducir por ejemplo, frecuentemente, a la generación de hijos poco tiempo después de un duelo. El acrecentamiento  de la libido algún tiempo después de la “perdida del objeto” sería un buen complemento al paralelo entre el duelo y la melancolía”(17)

La modalidad del actuar (procreación) del padre de Pierre para evitar el sufrimiento de la separación, recuerda el acto del hijo. Los dos utilizaron cada uno a su forma, un modo de defensa protector contra la amenaza del hundimiento ligado a la problemática de la separación: para el padre en relación a la madre, y para el hijo en relación al padre idealizado. El actuar del hijo se encuentra en relación con el actuar del padre. El acto del hijo se toma en la fantasmatización del padre: parece encontrar allí una inducción.

Por su crimen, Pierre parece haber efectivamente ofrecido una segunda posibilidad a su padre de rehacer su vida. Él lo había liberado de la tutela de su mujer y si es difícil decir que le brindo “paz y tranquilidad”, al menos le permitió reconstruir su descendencia y vivir rodeado hasta su muerte.

Pierre habría entonces logrado un éxito por su padre. Pero ¿de qué logro se trata? Cuál es el precio? ¿El crimen puede ser entendido aquí como una solución, una salida para escapar del encierro del espacio, a lo incestuoso familiar, a la tentación de la violación de lo prohibido?

Si lo prohibido de lo incestuoso fue frecuentemente evocado por Pierre (bajo el modo fóbico y no sobre el plano de las diferenciaciones personales), es que otras prohibiciones habían sido ya  transgredidas en la familia y por Pierre mismo. La madre de Pierre golpeaba a su madre. Pierre golpeaba a su hermana y luchaba contra su madre. La justicia era impotente para cesar las disputas entre los esposos, y por los arrestos que realizaba daba la razón a la madre y humillaba al padre ( al menos era así como Pierre vivía las decisiones de la justicia). La tentación de la violación de lo prohibido y la necesidad para sustraerse y huir psíquicamente eran de la misma naturaleza que aquella que conducía a los protagonistas de diversos conflictos a golpearse psíquicamente puesto que no llegaban a separarse.

Pierre había luchado contra el riesgo de la realización  del incesto porque no estaba separado del objeto primordial; no había renunciado al investimiento incestuoso de la madre y de la hermana. Parece que el asesinato le permitió la realización fantasmatica del incesto distanciando definitivamente la amenaza que hacia pesar sobre él. El matricidio habría sido así su función de compartir el lecho de la madre con el hermano y la hermana. Esto haría pensar como lo sugiere P.Legendre (1989, p. 115), “ en términos del asesinato de lo prohibido” ( del asesinato y del incesto).

El crimen permitió también a Pierre distanciar la amenaza de la castración, y ser más fuerte que la madre fálica, como si el matricidio intentara borrar la diferencia de los sexos para establecer una fuerza fálica como única referencia. De hecho, no fue simplemente la madre que él asesino, sino todo su lado, su clan, el de lo maternal y de lo femenino.

Sin embargo, esta operación mágica no se efectuó más que al precio de una lógica delirante que llama a ciertas precisiones. La interpretación sacrificial no resiste: un solo miembro del grupo se encuentra a salvo y no la mayoría. No se resuelven los conflictos familiares por la erradicación de la familia.

El suicidio de Pierre es una negación (megalomaniaca) de las leyes humanas y divinas. Hasta el fin, rindió justicia solo contra todos. Del acto matricida (donde transparenta la omnipotencia del auto-engendramiento), hasta el suicidio (donde aflórese la fuerza del auto-engendramiento), él no logra encontrar la solución viable más que al precio del sacrificio de su vida. Retomando su vida, quizás él ha buscado apropiársela.

Si el matricidio y el suicidio son las figuras trágicas donde la monstruosidad del acto bordea lo imposible de su realización, aquello de lo cual de hecho testimonian esas figuras paroxísticas del pasaje al acto psicótico en la adolescencia, es del encierro que aísla a sus autores. Este encierro se declina bajo el haz de dos focos convergentes: de una parte la lógica narcisistica interna, trampa en la cual el psicótico se encuentra tomado, y de otra parte, el encierro del mundo familiar sobre problemáticas parentales donde el niño (no más que él adolescente), no puede reconocerse un lugar y una existencia que le sean propias, singulares.

Eso de lo cual el matricidio y el suicidio son el testimonio. Es la tentativa de sus autores por encontrar una salida a este doble encierro, un repliegue narcisistico. En esta perspectiva, pasar al acto (asesino) sería entonces intentar un acto de pasaje. Pero este acto, finalmente, se confiesa como no pudiendo abrir mas que a vías de un “impasse”.

Podríamos preguntarnos si esta salida – impasse- es siempre “fatal” ( en el doble sentido del termino: inevitable y mortal). Pensemos en Aimée. Esta joven ( encontrada y estudiada por J.Lacan, 1932) internada luego de una agresión contra una actriz,  y que se supondrá que no es siempre el caso. De hecho, después de haber delirado durante diez años hasta el pasaje al acto cometido en un momento intenso de persecución, Aimée vivió normalmente 8 años durante una veintena de años hasta su muerte). Peor sería concluir por tanto que el impasse no sea la salida fatal del pasaje al acto asesino del adolescente. Sería negar un punto esencial de nuestro propósito: el encierro en las psicosis. Puesto que si Aimée fue efectivamente prisionera de un delirio  (sistematizado) hasta el pasaje al acto, ella no era de estructura psicótica(18), y el orden simbólico le era accesible.

Aquello va mejor para el adolescente psicótico. Para él el pasaje al acto (incluso el actuar) – tentativa de acto de pasaje- no soporta ni en lo imaginario ni en el mundo real, las promesas que él levanta: el acceso a lo simbólico, al reconocimiento de la existencia del sujeto.

 

1 . G. Michaud (1984) evoca el lugar que debe ser dejado al azar, a la sorpresa en el encuentro con el psicótico por encima de las técnicas…. Me parece que ella sugiere una aproximación de la psicosis que no es muy alejada de lo que yo llamo la paradoja poética.
2 . Tomo prestadas estas reflexiones en el artículo de Michel Gourevitch (1983).
3 NT: el autor se refiere al caso de Pierre Riviere, joven parricida de quien realiza un estudio en profundidad en el texto Filiation, parricide et psychose à l’adolescence, Eres Editores, Paris,1999. Una información más especifica sobre este caso de parricidio, puede ser hallada en las memorias redactadas por este joven en prisión y comentadas por M. Foucault. Moi, Pierre Rivière, ayant égorgé ma mère, ma soeur et mon frère.. un cas de parricide au XIXe siècle presentado por M.Foucault, Paris, Gallimard, 1973.
4 . Moi, Pierre Rivière…, op. cit., p. 207.
5 . L. Althusser (1992) extracto del preámbulo de L´avenir dure longtemps.
6 . Moi, Pierre Rivière…, op. cit., p. 73-74.
7 . Conversación personal con Ph. Rappard, psiquiatra, médico jefe en el centro hospitalario especializado Barthélémy-Durand (Rappard, 1981, 1991).
8 . Moi, Pierre Rivière…, op. cit., p. 138.
9 . “Motivos del crimen paranoico. El crimen de las hermanas Papin (Lacan, 1932, p. 253).
10 . Ibid.,p. 397.
11 . El pilote du Calvados del 22 de noviembre de 1835, en: Yo, Pierre Riviere…, op. cit.,p.199.
12 Cf. A.Birraux (1990), “Le corps agressé…jusqu’au suicide”.
13 Moi, Pierre Rivière…op. cit., p.130.
14 Moi, Pierre Rivière…, op. cit, p.225. “Él agregaba que deseaba que se le cortara el cuello, lo que no le causaría ningún mal, puesto que se encontraba muerto; y si no se accedía a ese deseo, amenazaba de asesinar a todo le mundo. Esta amenaza le hizo asilarse de todos los otros detenidos y entonces, aprovecho de este asilamiento para suicidarse”.
15 En efecto, estimulado por Michel Foucault que deseaba ver la continuación del estudio del dossier Rivière en las direcciones que había sido abandonado, G.Jambin se encargo de saber si para los sobrevivientes de la familia de Pierre Rivière habia existido una posterioridad después de la hecatombe del 3 de Junio de 1835. “Es la respuesta a esta cuestión que nos libra en el manuscrito que he encontrado en los archivos del Departamento de Calvados”. G.Jambin estudio en este lugar la genealogía de Pierre, confirmando la exactitud de todos los datos proveídos en su memoria y descubre un cierto numero de elementos por lo menos sorprendentes. G.Jambin, “En guise de complément à l’affaire Pierre Rivière. Précisions sur sa famille, ses ascendants, sa (demi) postérité”, 1979, 38 paginas dactilografiadas, ref. BR 8907, Archivos de Calvados.
16 Ibid., p .37.
17 S.Freud y K.Abraham (1907-1926), carta del 13 de Marzo de 1922.
18 Cf. El trabajo comparativo a partir del delirio de Schreber y el de Aimée comprometido por V.Porret
( 1988)

 

 

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