François Marty

La dependencia no es una enfermedad, sino un estado del viviente. Ella vincula dos especies, plantas, animales o humanos quienes frecuentemente no subsisten más que al precio de esta simbiosis en frágil equilibrio.
F. Hofstein(1)

No pertenecer a nadie es no devenir persona. (2)
B. Cyrulnik(3)

 

La dependencia es una etapa necesaria para la constitución psíquica del sujeto. Es este enganche primitivo al objeto que es activamente buscado por el sujeto en el uso de toxico, un anclaje (que encalla, provisoriamente, y que está por crear, o al menos, por movilizar en la relación transferencial). Ser dependiente, es una etapa necesaria, incluso sí el adolescente, como por otra parte el bebé, se ilusiona con su omnipotencia imaginaria, necesaria para crear el mundo de los objetos (en realidad, para aceptar que es el mundo de los objetos el que permite al sujeto crearse como tal).

La dependencia como figura de vínculo

 

Yo propongo pensar la dependencia en la adolescencia a partir de una paradoja: la de la dinámica interna de la vida psíquica que hace entender la dependencia como una figura del vínculo al otro. El efecto paradojal de esta figura del vínculo proviene de que la dependencia es una necesidad vital de la cual es preciso, al mismo tiempo, liberarse, al menos en parte, bajo pena de caer en el dominio o la adicción.

Por una parte la adicción es una etapa necesaria – y no solamente cuando ella envía a la inmadurez del lactante, en lo que J. Laplanche llama “desamparo” y que pone también en evidencia la necesidad para el sujeto de tomar el objeto, engancharse, a él para incorporarlo antes de interiorizarlo. En ese sentido la dependencia del lactante sería una adicción “natural”, una experiencia indispensable en la constitución subjetiva. Una tentativa para crearse enganchándose al objeto. La dependencia es necesaria en el sentido en que F. Hofstein puede decir escribiendo: “ La dependencia no es una enfermedad, sino un estado del viviente”.

Pero por otra parte, ella describe un enganche irreducible, un comportamiento patológico que traduce la dificultad que padece el sujeto para salir de un registro narcisítico. La dependencia es entonces la expresión de un malestar más o menos profundo, más o menos definitivo, señal de un obstáculo en un proceso del desarrollo, como se puede observar, por ejemplo, en el autismo simbiótico descrito por M. Mahler (1968). Es necesario liberarse de la dependencia, porque la vida es una larga marcha hacia el desapego (hacia el renunciamiento también), ese movimiento de despegue, esta por retomarse sin cesar, porque sin cesar es contrariado por la solicitación de las pulsiones, por la obligación de satisfacer  necesidades cuyo saciamiento forzando al hombre a una cierta servidumbre a los objetos, de los cuales se dice que ellos son contingentes para lo que concierne a las pulsiones, al menos al modo de satisfacción de esas necesidades. El hombre es así como “arrumado” en esta existencia, respecto a la cual el objetivo ultimo sería el decaimiento de la excitación, una vida sin tropiezo, una suerte de nirvana al punto cero de la excitación (S. Freud, 1920). ¡El reinado de la pulsión de muerte, en suma, para permanecer vivo! Podríamos tener aquí un modelo de comprensión de la servidumbre y la búsqueda de saciedad de la necesidad tiránica que empuja al hombre a encontrar satisfacción en la exploración  y el consumo de un producto con efecto calmante, la exploración y el consumo del cannabis, tal vez.

Como sucede frecuentemente, la etimología es esclarecedora. En el caso de la palabra dependencia, ella está asociada al verbo depender, del latín imperial dependere, que quiere decir estar suspendido en, estar atado a, estar bajo la influencia, la autoridad. Depender, literalmente  “pender de”, puede entenderse como un objeto pendiente, enganchado a un colgador. Se encuentra ese mismo sentido en el verbo alemán hangen, que significa literalmente  pender, suspender, enganchar, respecto del cual S. Freud utiliza la misma construcción etimológica para evocar la cuestión de la dependencia  en sus artículos sobre la cocaína. Él utiliza igualmente el sustantivo Abhangigkeit(4) cuando aborda la cuestión del acostumbramiento a la hipnosis y la dependencia al médico hipnotizador(5).

Depender implica igualmente una significación más dinámica: “una solidaridad de hechos, significando desde entonces (hacia 1278) poder realizarse bajo la acción o la invención de alguien(6)”. ¿Que es lo que hay del sujeto o del objeto, que puede realizarse o busca hacerlo bajo la acción o la intervención del toxico, y a través de la dependencia en la adolescencia?

La dependencia, etapa necesaria a la constitución de la vida psíquica

 

La dependencia es frecuentemente enfrentada como una adicción, una patología de lo transicional, una dificultad mayor que sobreviene en la interiorización del objeto y en el establecimiento  de una buena distancia con él. El sujeto está como pegado al objeto, más bien que desprendido de él, en la relación que habría debido jugarse.  Los neologismos “objeu(7)” y “subjet(8)” creados por P. Fédida (1978) traducen bien ese juego donde se entrelazan sujeto y objeto, en una relación en el seno de la cual emerge una creatividad tal que el sujeto se crea al mismo tiempo que él crea al objeto.

Si se insiste tanto sobre ese tipo de pegote al objeto, el acento no es suficientemente puesto sobre la necesidad del enganche al objeto, sobre la necesidad de una influencia que el objeto pueda ejercer  sobre el sujeto y que el sujeto pueda ejercer sobre el objeto, influencia cuya necesidad no está por demostrar(9). Para poder liberarse de la influencia que el objeto puede ejercer sobre el sujeto – para salir de la dependencia-, es necesario que el sujeto haya podido vivir ese momento de dependencia, que haya podido tolerar una cierta pasividad, que haya podido dejarse influenciar por ese objeto. En una palabra, es necesario que el sujeto haya aceptado deshacerse de la omnipotencia narcisistica, que haya podido encontrar al objeto sobre el cual se va a apuntalar, pero también alterarse, para finalmente transformarse. Aceptar esta interdependencia, es abrir el camino a su camino de sujeto.

Podríamos igualmente poner el acento en el carácter transitorio de la dependencia al objeto y sobre el rol de ciertos objetos “transitorios” también, a los cuales el adolescente tiene necesidad de engancharse. Se piensa en lo que propone McDougall (1978) sobre el objeto, no transicional, pero transitorio: el objeto adictivo. Pero esta reflexión, trata menos sobre el objeto que sobre su rol. Lo que se intenta efectuar – el enganche, el vínculo del cual el adolescente tiene necesidad; me parece que tiene que desfocalizar el punto de vista, descentrarlo en relación al objeto, deshacerse de la cuestión del objeto tóxico, para mirar lo que él abre e interesarse en lo que teje o intenta crear la dependencia como figura de vinculo.

En efecto, la cuestión no es solamente la del uso de un objeto, aunque sea un producto toxico, es también la de la historia que entabla todo sujeto con sus objetos, y muy particularmente con sus objetos internos. La historia de la relación llamada de objeto nos muestra que la constitución subjetiva pasa necesariamente por el establecimiento de un vínculo con el objeto. Las figuras de la relación con el objeto y las relaciones de objeto son, por su diversidad misma, signo de un mestizaje profundo entre sujeto y objeto. Al punto que no parece considerable pensar uno sin otro.

Incluso, cuando se evoca la oposición radical que reinaría en el seno de la pareja objetal/narcisistica, oposición que haría pensar que por un lado está el puro investimento narcisitico, anobjetal en alguna forma, y por otro lado el puro investimento de un sujeto constituido en su identidad para un objeto claramente identificado como separado de él, un esquema tal no resiste al análisis, él enmascara el hecho que es necesario para que una conciencia de sí advenga, para que emerja del sujeto, que ese sujeto este vinculado al objeto, de una manera o de otra.

De la dependencia al objeto a la capacidad de alucinar

 

El adolescente, como el bebé, el niño y el adulto, es un ser dependiente del proceso que va a crear imaginariamente el objeto (alucinación primaria). ¿Se puede considerar, en esta perspectiva, que se sea dependiente del cannabis para poder alucinar al objeto, como si el objeto primario hubiera faltado? Me parece que lo que está en el centro de la dependencia, es la capacidad de no alucinar más que la alucinación del objeto. Me parece entonces más pertinente, más fecundo para operar un nuevo desplazamiento para plantear la cuestión del lado de la capacidad de alucinar, antes que centrar la problemática de la dependencia del lado del objeto mismo. En efecto, objeto, entendemos aquí objeto primario, él está siempre y es por lo que él siempre va a faltar. La clínica de la toxicomanía  nos reenvía como un espejuelo a ese objeto faltante. Desviémonos de esto, para interesarnos más en la capacidad de alucinar. La capacidad creativa estaría por restaurar dependientemente del uso del objeto toxico, este objeto vuelve posible la creatividad, restaurando la capacidad de soñar (cf. M. Khan, 1972) al menos está allí la esperanza de ciertos adolescentes, aquellos que parecen no tener acceso, solos, al interior de ellos, a esta capacidad. Con el objeto tóxico, encuentran tal vez el acceso, pero cuando la experiencia ha finalizado, esta capacidad se pierde.

Así, Kévin, consumidor de cannabis desde que era adolescente, devino como por efecto del azar, o de la necesidad, pintor de la calle. Parado o sentado, delante de curiosos que pasan, Kevin pinta en acrílico y vende por decenas cuadros que lo hacen vivir. Él ha probado otros oficios, pastelero, auxiliar de educación, camarero en festivales de música pop. Pero es en esta nueva actividad que él se  desarrolla y se estabiliza. Cuando Kevin me vino a ver para analizarse, él mendigaba en la calle para vivir. Durante largas, muy largas sesiones, él se callaba, o puede ser que se quejaba, a veces bajo un efecto de conjunto, a veces sin otro artificio que su dificultad para decir lo que sea. Él se quejaba, pero no siempre, no viendo el tiempo pasar o sufriendo de una manera intolerable por su dificultad para decir.

Interrogado sobre lo que sentía en esos momentos, Kevin no podía decir más que: “Nada, yo no siento nada” ¿Imágenes, tal vez?  No, ninguna imagen le venía. Ningún recuerdo marcante, ninguna historia. Y luego un día, cuando yo ya no esperaba más nada – un poco desesperado por lo que se me aparecía como vacío-, vinieron sensaciones, él comenzó a hablar. No mucho, no de manera extraordinaria. No había ninguna revelación en las pocas palabras que se escapaban de su boca. Solo para decir que él estaba ahí, incluso si no sabía que decir, que contar que salga de lo ordinario, de lo banal de su vida.  Poco a poco, las palabras han comenzado a habitar las sesiones, incluso si playas llenas de silencio entrecortaban esos pocos islotes de palabras escuchadas sobre el diván. Las palabras han venido a evocar su relación con un hermano gemelo, doble hablante y rechazante, como si el otro viviera y él estuviera muerto, muerto para su familia, muerto para él mismo. Y después ha venido la historia con su compañera. Él no llegaba a vivir junto a ella, ella lo pegaba con scotch, lo vampirisaba, como él decía. Él lograba representarse esta relación ahora, era claro, es ella quien quería colgarse así de él. Él sufría por esto, pero no comprendía lo que le sucedía. Es en ese movimiento que él fue pasado de sus actividades de pastelero y de barman a su pasión por pintar y sus ganas de pintar otra cosa en vez de lo que complacía a los peatones.

La historia de Kevin viene aquí a dar noticias del adolescente que él ha sido o tal vez que no ha logrado ser, y que buscaba en el uso del toxico el medio de ganar el área de la transicionalidad. Tomado en el reverso de la decoración gemelar, Kévin no era más que la sombra de otro, sombra no sostenida por el discurso maternal, doble no reconocido por el padre. El otro, el gemelo hablante bastaba. La capacidad de acceder a una representación de sí, de dotarse de una imagen narcisistica interiorizada parecía verdaderamente una operación imposible, a pesar de la cualidad subyacente, respecto a la cual él ha mostrado ulteriormente riqueza. Es el espejo tendido por su compañera que ha permitido a Kevin verse viendo como ella funcionaba.

Kevin se salía de esto, de alguna manera, por el uso como prótesis de un producto que le ofrecía imágenes, sensaciones, pero sin palabras a mentalizar, sin perspectiva de dar sentido. Tal vez, él buscaba la sensación a falta de poder encontrar sentido, como sí el adolescente fuera dependiente de sus reencuentros con la capacidad creativa que le ofrece a veces el cannabis. La alucinación, como la experiencia psíquica, sería así el medio de interiorizar los objetos. Pero la experiencia toxicomaníaca, no deja marca; después de la experiencia, todo ha terminado. Es preciso recomenzar, porque esta experiencia no se interioriza. El adolescente fracasa en apropiársela. Si el objeto está ya allí para todo sujeto, el sujeto tiene al menos la ilusión de crear al mismo tiempo que esta experiencia le da su consistencia. Es la paradoja de Winnicott. Para la mayoría de los adolescentes enganchados a los tóxicos, esta experiencia es saltada. Su enganche al objeto tóxico apunta a la posibilidad de encontrar el área de ilusión, y antes incluso el área de la alucinación primaria.

La dependencia una resistencia narcisistica al investimiento genital

 

Aparece en nuestra clínica que la dependencia a los productos – tales como el cannabis- traduce una resistencia particular al investimiento de la genitalidad, como si el adolescente permaneciera enganchado, en esos casos, a un investimiento narcisistico.

En la adolescencia, el objeto tóxico viene al lugar del objeto genital (objeto cuerpo) y del objeto de la genitalidad. Es el equivalente narcisistico cuyo investimiento permite al adolescente resistir al investimiento de esos objetos que pertenecen al mundo de lo genital. En ese contexto, encontrar el objeto tóxico, es hacer economía de un trabajo psíquico que conduciría al adolescente a separase de los objetos de la infancia, a retomar sus identificaciones con los objetos parentales  y a asumir las transformaciones del cuerpo púber que precipitan al adolescente hacia el mundo de la genitalidad. La intoxicación es la otra cara del actuar, es una ayuda encontrada para enfrentar el status quo; es el medicamento, a la imagen de estos auto-calmantes descriptos por C. Smadja y G. Swec (19939, que asegura gracias a la alucinación, una cierta continuidad de existencia en un mundo donde precisamente la discontinuidad da rabia. Pero aquí, el remedio es exterior a sí.

El objeto toxico es un objeto de substitución, ese que viene al lugar del objeto faltante, este objeto que busca simbolizar el niño que juega a la bobina (S. Freud, 1920) para escapara a la angustia de nada por ese trabajo de la representación que es la simbolización, en el juego, del objeto ausente. El niño vocaliza presencia y ausencia del objeto, entre placer y angustia, como si esta emisión vocal se substituyese poco a poco, simbolizándola, en la presencia real de la madre como en su desaparición del campo de la visión del niño. El afecto de angustia encuentra un soporte de representación en una actividad lúdica y alucinatoria que da al niño el sentimiento de poder superar su dependencia a la presencia  real del objeto para su sobrevida psíquica. Inventando ese juego, que une percepción alucinación y representación de objeto – en la presencia de su ausencia-, el niño crea un espacio psíquico un entre- dos) entre él y el objeto, él gana en creatividad y seguridad.

La bobina del adolescente toxicómano, no tiene cuerda, y el juego se reduce a agarrarse del objeto, sin palabra.

La búsqueda activa de un producto cuyos efectos o cualidades alucinatorias han sido experimentadas por el adolescente solo, pero más frecuentemente en grupo, traduce también la búsqueda de sensaciones sobrepasando la intensidad de las sensaciones habituales. Sin hablar sin embargo de traumatofilia, esa constatación nos empuja hacia el lado de  los aspectos traumáticos del proceso de la adolescencia. La efracción pubertaria fragiliza las bases narcisisticas del adolescente, de todo adolescente. Para hacer frente a este ataque violento, a veces también para darse la ilusión de un cierto dominio, ciertos adolescentes recurren a anestesiantes, otros a euforizantes, otros a evitamientos, otros a actos.

La búsqueda activa de intensidad, próxima a una cierta  forma de ebriedad, traduce la necesidad de permanecer vivo, en la totalidad, lo denso, lejos de momentos de indeterminación, de entre dos, de incertitud o de duda que caracterizan tanto al adolescente. La intensidad llevaría la marca del todo o nada fálico como rechazo a entrar en otro universo psíquico hecho de matices, de capacidad para renunciar a la omnipotencia de la sensación  nostálgica del intenso bienestar de estar satisfecho y completo.  Se piensa así en las evocaciones coloreadas de F. Perrier (1978) sobre la figura turgente del alcohólico, figura traduciendo la victoria ilusoria y fálica del alcohólico deshecho de él mismo, deshecho de su propia posición subjetiva. Un sujeto omnipotente y despojado a la vez, ausente de él mismo.

Esta búsqueda de intensidad se encuentra en nuevas formas de adicción, como aquellas que se encuentran en la práctica de deporte de alto nivel, en la escalada con manos libres por ejemplo, donde las descargas de endorfinas provocan sensaciones de plenitud paradisíacas. La intensidad es aquí plenitud sin falla, experiencia mental que mantiene al sujeto en la ilusión de la ausencia de ausencia, en un continum sin discontinuidad. Esta euforia conoce sin embargo momentos de detención. La cavidad de la ausencia de euforia necesita absolutamente ser llenada; la búsqueda de intensidad perdida debe imperativamente retomar su camino. La capacidad de deprimirse no es tolerable. La depresión cuando puede tener lugar, es entendida como la experiencia psíquica que permite precisamente superar la ausencia del objeto portador de satisfacción; experiencia fundadora que da al sujeto los medios de interiorizar al objeto, de simbolizar la ausencia, abriendo así la vía del pensamiento, de la vida interior. En las experiencias toxicomaníacas, al contrario, la ausencia es recusada y no aceptada. Lo que aparece en esas experiencias es la cualidad de la falta y no la de la ausencia, el objeto que falta no está aún construido como objeto presente, en el sentido de que él existe y que él puede ser representado imaginariamente, pero como un objeto faltante que no está allí, que reenvía el sujeto a lo vacío, a no-ser, en vez de a existiendo en la ausencia de su presencia. La capacidad de alucinar el objeto es entonces convocada por el uso de tóxicos que producen paraísos artificialmente poblados de objetos virtuales.

Mientras que el cannabis es utilizado como modo de exploración del mundo interno, se trata más bien de una aventura interior, frecuentemente llena de creatividad, de la cual el adolescente puede salir crecido, enriquecido, de alguna forma. Muchas veces dotados de una sensibilidad para la vida psíquica, esas personas se muestran capaces de restituir sus experiencias, de traducirlas en creaciones poéticas, pictóricas o musicales. En ese caso la aventura interior es inspiradora.

Dependencia sin interdependencia: un vínculo que traba

 

La dependencia, lo hemos visto, puede ser considerada como una etapa de la vida, pero también como un proceso que entra en la dinámica psíquica de todo sujeto. La dependencia permite al sujeto vincularse al objeto, separase creándolo en la alucinación Ya que él no participa en la transformación de la relación con el objeto, el sujeto va a buscar ese estado de dependencia, en el momento que él está asociado al uso de tóxico, para encontrar la vía de la creatividad, para encontrar, por medio de la alucinación, la capacidad de fantasear el objeto ausente. La operación no se logra siempre y muchos adolescentes se quedan acercados a las orillas de esos espejos, a la ilusión sin desilusión, en búsqueda de un objeto satisfactorio, sin falta. Pero el objeto de adicción no devendrá un sujeto, otro a encontrar. Será una dependencia sin interdependencia. Es el límite de esta relación, límite que excluye la intersubjetividad con ese objeto. Se puede pensar que, para ciertos adolescentes, la adicción sirve para permanecer vivo en un universo personal y familiar frecuentemente destructor. Tal vez, vale más, en ciertos casos, estar en una relación de dependencia que en la búsqueda de una autonomía que arriesgaría romper la homeostasis de un sistema familiar donde sujeto y objeto están vinculados como se dice “carne y uña”. La dependencia significa entonces solidaridad, incluso si ella es mortífera, abandonado a dejar este espacio potencial de ilusión y transicionalidad que aseguraba al sujeto el margen de maniobra que habitualmente tiene necesidad para devenir sujeto de deseo.  En ese juego de la bobina, falta hilo en ello, falta juego en ello, falta va y viene. Conducta sacrificial en el sentido de su potencial creador y de su vida personal; como si vivir su vida deviniendo autónomo deviniera sinónimo de una ruptura con la de los otros, específicamente con los padres.

En total, se deviene sí mismo en la medida en que se es religado  a sus orígenes; como sí poder pensarse fuera vivirse como un ser separado de los otros. Para devenir autónomo, el sujeto tiene necesidad de sentirse reunido. Ahora bien, en la adolescencia, es precisamente ese sentimiento de vínculo con el otro – el otro nuevo sí mismo (“yo” es otro), pero también el otro parental – que es amenazado. La ruptura de ese vínculo es confundida con la separación; la transicionalidad falla en crear vínculo, en crear continuidad en este universo de discontinuidad que introduce el primer tiempo del proceso de la adolescencia. La dependencia aparece como una adicción a los objetos infantiles, impidiendo el franqueamiento del rumbo pubertario. El vínculo está aquí trabado. No hay más juego posible. Si el objeto adolescente es objeto de transformación, el objeto adictivo, es objeto de repetición. No olvidemos, en fin, que el cáñamo – de donde se extrae el cannabis – es una planta textil, una planta de la cual se extrae también de que tejer hilos.

 

Bibliografía

Denis P., Emprise et satisfaction, Paris, P.U.F., 1997.
Fédida P.,  « L’«objeu ». Objet, jeu et enfance.  L’espace psychothérapeutique », in L’absence, Paris, Gallimard, 1978, p. 97 –195.
Freud S., Au-delà du principe du plaisir (1920), in Essais de psychanalyse, Paris, Payot, 1970.
Hofstein F., Le poison de la dépendance, Paris, Seuil, 2000.
Jeammet P., « Le conduite de dépendance », in Dictionnaire de psychopathologie de l’enfant et de l’adolescent, Paris, P.U.F., 2000, p. 180 – 182.
Jeammet P., « Les conduite additives: en pansement pour la psyché », in Le Poulichet S. (sous la direction de), Les addictions, Paris, P.U.F., 2000, p. 93 –108.
Khan M. R., « La capacité de rêver. Notes cliniques. », Nouvelle Revue de Psychanalyse, 1972, 5, p. 283 – 286.
Mahler M., Symbiose humaine et individuation, t. 1 : Psychose infantile, Paris, Payot, 1968.
McDougall J., Théâtres du je, Paris, Gallimard, 1982.
McDougall J., Plaidoyer pour un certain anormalité, Paris, Gallimard, 1978.
Perrier F., « Thanatol », in La Chaussée d’Antin, vol. 2, Paris, UGF, 1978, P 342.
Smadja C., « À propos de procédés autocalmants du moi », in Revue Française de psychosomatique, 1993, 4.
Szwec G., « Les procédés autocalmants par la recherche de l’excitation. Les galérian volontaires », Revue Française  de psychosomatique, 1993, 4.

 

1 F. Hofstein, Le poison de la dépendance, Paris, Seuil, 2000, p.9.
2 N. T.: Se trata de un juego de palabras, en francés nadie y persona se escriben de la misma manera (personne)
3 B. Cyrulnik, Les nourritures affectives, Paris, Odile Jacob, 1993, p. 82.
4 N.T.: Abhängigkeit: dependencia.
5 S. Freud, Traitement psychique (traitement d’âme) (1980), in Résultats idées problèmes, t. 1, Paris, P.U.F., 1984, P.1-23.
6 Le Robert, Dictionnaire historique de la langue française, Paris, 1998.
7 N. T.: Conjunción entre “objet” y “jeu” : objeto y juego ( El término juego en francés tiene el mismo sentido que en español, pero también hace referencia a las interpretaciones artísticas )
8 N. T.: Conjunción entre “sujet » y “objet » : sujeto y objeto
9 Cf. La obra de P.Denis sobre el tema del dominio en 1997, así como el conjunto del número que la Nouvelle Reveu de psychanalyse le ha consagrado, 1981, 24.

.

0 Comentarios

Contesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

APM
Contáctanos
  • Conmutador:
  • 5596-00-09
  • 5596-74-27
  • 5596-83-72
  • 55-96-72-92
  • 5251-95-90
  • e-mail: info@apm.org.mx
Información
  • Bosque de Caobas 67,
  • Bosques de las Lomas,
  • Del. Miguel Hidalgo
  • 11700 México, CDMX
ASOCIACIÓN PSICOANALÍTICA MEXICANA. ALGUNOS DERECHOS RESERVADOS 2018

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?