Francois Marty

Capitulo I : Las violencias en la adolescencia
1997
Editorial Eres

La violencia en la adolescencia constituye una de las realidades sensibles  que los clínicos, terapeutas, trabajadores sociales y maestros encuentran desde hace mucho tiempo  en sus prácticas respectivas.

Por su manifestacion evidente en el plano social, esta cuestion, suscita un interés particular que contribuye a volverse un tema muy sensible. Su mediatización lleva consigo una fascinación, a la medida del fenómeno mismo. A decir de los medios y de ciertos profesionistas, la violencia  se encontraría por todos lados  en la calle, en las afueras  de las ciudades, en las escuelas en las familias como si todos los adolescentes o casi todos estuvieran submergidos en la violencia. Si nos referimos a las cifras para proceder a una evaluación cuantitativa del problema, nos damos cuenta que la realidad estadística de la violencia de los jóvenes muestra una diversificación de la delincuencia sin que por esto podamos hablar de un verdadero aumento global del fenómeno. Los delincuentes “estructurados” como tales son finalmente una pequeña minoría de los adolescentes(1).

A pesar de que en ocasiones nos sea difícil distinguir con claridad esta violencia “actuada”, que encontramos en las conductas delictivas, de la violencia interna, menos manifiesta, es conveniente puntualizar ciertos aspectos de la violencia “adolescente” que no se basan solamente en su manifestación antisocial y hetereodestructiva.

En efecto, la violencia en la adolescencia quizas no sea la que creemos, no es aquella que resulta más visible: existe otra violencia, de esencia pubertaria, ligada a las transformaciones corporales y psiquicas de la pubertad, algunas veces vividas como un verdadero traumatismo. Es esta hipótesis de una violencia interna particularmente activa en el momento de la pubertad la que sera retomada y matizada a lo largo de los capítulos de esta obra(2).

Violencia actuada y violencia interna en la adolescencia

Si la violencia actuada, de tipo delincuencial, existe en la adolescencia, esta no representa más que un aspecto de la cuestión. Se trata de poner en evidencia la otra parte, interna, aquella que parece enclavada en el cuerpo, ligada a la aparición de la pubertad. En este sentido, la violencia manifiesta sería la manifestación de otra violencia. Es el hilo conductor que vamos a tratar de seguir para pensar la violencia más allá de su apariencia y de su expresión actuada.

La pubertad es violencia y demanda una elaboración psíquica específica  para acompañar las transformaciones corporales que fragilizan los cimientos narcisistas del adolescente. Ella puede ser pensada, S. Freud lo sugiere(3), como segundo tiempo de la sexualidad humana que viene a completar y concluir el tiempo de lo infantil. La adolescencia concierne la genitalización del cuerpo, ofreciendo nuevos medios corporales y físicos que introducen al niño puber a la temporalidad, a su identidad sexuada (genital), a la búsqueda del objeto adecuado (amoroso) a la identificación a la función parental. Por medio de la represión de las fantasías incestuosas y parricidas, el adolescente accede a la sexualidad adulta, a los objetos culturales y a la humanización. Pero ese camino esta lejos de estar desprovisto de obstáculos.

La violencia es un término importado de la criminología, de la sociología, y de manera más global de las ciencias de la educación, principalmente aquellas especializadas en materia de justicia. Este término no pertenece directamente al vocabulario de la psicología o del psicoanálisis. Se le encuentra de manera esporádica en los escritos de ciertos pedagogos que se ocuparon de adolescentes a principios del siglo XX, pero no aparecen de manera masiva sino hasta los años cincuenta con los escritos consagrados a la delincuencia juvenil. La violencia es primeramente localizada como un comportamiento. Mi hipótesis es que este término hace su entrada en la bibliografía psicoanalítica al mismo tiempo que se desarrolla el interés por un enfoque psicoanalítico del adolescente. Al hacer un recorrido de las publicaciones, nos damos cuenta que las referencias en las que aparece la palabra violencia son raras. No obstante, desde los años setenta,  y más recientemente aún, constatamos un aumento importante de las referencias a la violencia de los adolescentes. Hay varias razones para esto. La violencia de las dos últimas Guerras Mundiales, la barbarie que hemos visto desplegada principalmente con la SHOAH, probablemente no permitió pensar la violencia, ya que había dejado atónita a toda la humanidad. La aparición masiva del término de violencia podría estar ligada a una capacidad colectiva, surgida de una maduración psíquica, pero también a una evolución de las mentalidades. En efecto, nuestra sociedad, convertida en una sociedad policíaca, soporta cada vez menos la violencia, bajo cualquier forma. Es, me parece, en este contexto que se ha desarrollado el interés por la adolescencia.

Desde este punto de vista, no es imposible que sea la juventud quien pague la cuenta de esta nueva sensibilidad social al problema de la violencia, como si los jóvenes constituyeran una amenaza del orden establecido (por los menos jóvenes).

La etimología de la palabra violencia (vis, en latín  que quiere decir la fuerza), y uno de los sentidos que se le da a esta palabra en su uso familiar en francés “prendre par la force” (tomar por la fuerza) introducen de entrada una de las características de la violencia: Su aspecto bifásico. Por un lado, la raíz latina infiltra profundamente la violencia, para hacer de ella una fuerza pulsional, vital, que va a dar la idea a J. Bergeret(4) de hablar de la violencia fundamental, y por el otro lado, la vertiente de la destructividad recubre el sentido, al grado de reducirlo de manera abusiva a la pulsión de muerte freudiana.

Localizar este doble desarrollo y la realidad que se revela modifica ya nuestra visión sobre esta cuestion. En el fundamento de la actividad humana, parece necesario que exista esta fuerza que permita a los seres vivos asegurar su supervivencia. Esta fuerza vital puede fácilmente observarse en los bebés, en quienes está particularmente presente. En ellos podemos observar la capacidad adaptativa a reaccionar a los estímulos de los cuales son el objeto ya que son seres inmaduros; ellos tienen que organizarse en función de las aportaciones del medio exterior. J. Laplanche(5) desarrollo esta idea en su teoría de la  seducción generalizada, con la noción central del exceso: la excitación, proveniente del medio ambiente desborda las capacidades de organización mental del bebé, este exceso le permite de manera paradójica organizarse psíquicamente. Podriamos de la misma manera evocar, en la perspectiva de la lucha por la sobre vivencia, la pulsión de dominio, poniendo su energía, psíquica y motriz, al servicio de “la toma” de los objetos.

La violencia queda pues de entrada como un principio muy atado a la vida. J. Bergeret lo ilustra a partir de la reinterpretación de la tragedia de Edipo que el propone, apoyando su teoría de la violencia fundamental sobre este mito. Para él, la violencia es fundadora del mito edípico. La encontramos del lado del niño Edipo, pero también desde el enunciado del oráculo que prohíbe a los padres dar a luz bajo el riesgo que el niño mate a su padre y se case con su madre. Nos daremos cuenta que en el origen de la tragedia de Edipo, existe  un deseo infanticida parental. El deseo de muerte de los padres de Edipo preexiste a los deseos parricidas e incestuosos del hijo. J. Bergeret hace un esquema de organización general donde sitúa la violencia al inicio de toda vida. Para existir, hay que matar al otro o resistir a la posibilidad de ser matado por el otro. Los padres estan amenazados por la existencia del hijo – fantasía muy activa en el mito de Edipo que contribuye a la constitución de deseos parricidas e incestuosos de Edipo (el incesto es también un asesinato, el de la representación de la madre). El niño se encuentra en una relación donde “eres tu o yo”, a la manera del parricidio que dice: “Es él o yo”, hablando de su victima. La violencia se encontraría al origen de la organización de la vida psíquica. El punto es saber si adherimos a esta vision de  las cosas, cómo es posible que esta violencia se vuelva organizadora de la actividad psíquica, ya que descrita de esa manera, sería más bien devastadora.

La violencia y la vida se inscriben de entrada en un movimiento de relación con el medio ambiente, en una epigénesis interactiva, que continúa a organizar el desarrollo fisiológico y neurofisiológico del hombre. Ese “sistema” de relación guía al humano en un trabajo de inhibición, de represión para transformar esta energía fundamental en un motor pulsional que va a contribuir a ligar afectos y representaciones, dando así sentido a las relaciones con los otros. Pasamos pues así del registro de una violencia brutal, original, como reflejo de sobreviva, a una violencia que se convierte en civilizada y civilizadora para el humano.  Este trabajo de civilización, que Freud describe en tótem y tabú(6), permite pensar la constitución de la culpabilidad, el sentimiento de la falta y del super yo, a partir del culto de los muertos, del recuerdo del asesinato del padre.

Bion y los postkleinianos por su parte se han interesado en el rol de la paraexitación, del filtro que constituye el medio ambiente. Ellos han descrito la capacidad materna de interpretar los movimientos pulsionales del bebé, en un trabajo que conduce al niño a representarse su actividad psíquica la cual, sin este trabajo en relación con la madre, no tendria sentido para él. Es en esta ausencia de sentido, cuando la violencia fundamental no puede ser mediatizada y filtrada en la relación con la madre, que nace en parte la violencia con características destructivas.

Este esquema general de la interpretación de la violencia, en su disposición a civilizar al humano y a organizar la vida psíquica, permite una mejor comprensión del hecho de que exista una paz civil, y al mismo tiempo el reconocimiento de la expresión de la violencia patológica?. ¿Es absolutamente necesario avanzar en la dirección de la violencia erotizada, de registros perversos? (en el sentido freudiano del termino), en la organización pulsional donde ciertos afectos se convierten en los organizadores de la vida mental. J. Bergeret considera que esos organizadores serían esencialmente el odio, la agresividad, el sadismo y el masoquismo, y que cuando estos movimientos son sobre-investidos, confundidos o reforzados por la violencia, cuando no hay investidura mas que sobre la vertiente del odio y sus derivados, estaríamos entonces en el registro de la destructividad y en el de la patología. Es una hipótesis en la que podriamos comprometernos, tratando de ver lo que está en juego en esta dificultad a investir la ambivalencia de los sentimientos. Esto podria aclarar la evolución perversa que aparece cuando no hay  investimentos de la ambivalencia, pero fijación en una de las vertientes de la bipolaridad del afecto.

En el esquema que propone J.Bergeret vemos que la violencia se normaliza en la medida que va encontrando, nutriendo e integrándose a los movimientos pulsionales.

Se distinguen dos registros diferentes. Por un lado, habría esta violencia fundamental, que forma parte de los instintos elementales de la sobrevivencia, de la fuerza de adaptación (¿cómo resistir a la presión del otro, como uno mismo ser activo para sobrevivir?), que hace pensar en las pulsiones de auto conservación en la primera teoría de las pulsiones de Freud. Y por el otro lado, estaría la corriente libidinal que tendría como función organizar los componentes arcaicos de la afectividad humana, que pertenecería a Eros asegurando  el trabajo de ligazón, de relación al objeto.

Pero como pasar de esta proposición metapsicológica, que interpreta lo infantil, a lo que podemos entender sobre la adolescencia – ¿La cuestión es de saber si ese modelo es traspasable tal cual de la infancia a la adolescencia? ¿Qué es lo que interviene para que la violencia que se manifiesta en la adolescencia se una a la corriente pulsional para integrarse a la vida psíquica y para organizarla? ¿Cuáles son las condiciones para que la corriente de sobre vivencia pueda integrarse a la corriente libidinal? ¿Cuál es el precio a pagar? Si, en esta obra, las posiciones de J. Bergeret no son directamente discutidas – las introduje aquí como puntos de referencia –  veremos que sobre algunos de estos puntos, Filippe Jeammet desarrolla une enfoque crítico, poniendo en duda por ejemplo la necesidad de postular la existencia de una pulsión de muerte para dar cuenta de la violencia, cuestionando el carácter fundamental de esta violencia. La energía fundamental de la infancia puede resurgir de manera intacta en el momento de la pubertad?. Si F. Richard cuestiona igualmente la pulsión de muerte, es para hacer entrever el valor subjetivante que pueden revestir ciertas actitudes de violencia en la adolescencia. Apoyándose en trabajos antropológicos consagrados a los ritos de iniciación y a su valore sacrificial, F. Richard hace la hipótesis de que el odio puede jugar un rol positivo – de conjuración de la pulsión de muerte, constituyendo una vía de elaboración.

Si existe violencia en la adolescencia, esta tiene una esencia pubertaria, y si dicha violencia puede ser transformada, utilizada en la corriente libidinal, es gracias al trabajo de “l’adolescens”. ¿Qué es lo “pubertario”? para Ph. Gutton(7) es a la psique el equivalente de lo que la pubertad es al cuerpo. Es un trabajo psíquico que acompaña las transformaciones algunas veces traumáticas de la pubertad. La pubertad puede ser traumática, es el argumento que desarrolla en esta obra Ph. Gutton, en la medida en que se produce una coincidencia entre el forcejeo de las transformaciones pubertarias, como si vinieran del exterior, y el surgimiento de una pulsión nueva, amenazando desde el interior el equilibrio narcisista del adolescente.

La sexualidad humana es bifásica, recordabamos anteriormente que aparece en dos tiempos. En un primer tiempo, aparece demasiado pronto : el niño está obligado de (re)conquistar su sexo, pero no posee los medios psicológicos ni fisiológicos  para asumir esta sexualidad. Esta inmadurez lo fuerza a una espera, la latencia, después retoma este llamado que se efectua en el momento en que aparece la pubertad, ella misma constituyendo la terminación de la maduración sexual. Lo que se desarrolla alrededor del edipo infantil,  primer tiempo de la organización sexual infantil, va a retomarse en el momento de la aparición de la pubertad donde se reequilibra, gracias a la genitalidad, la problemática sexual edipica para dar lugar al edipo pubertario.

El edipo pubertario es similar a la problemática psicológica del edipo infantil, pero se manifiesta sobre una base biológica muy diferente, el adolescente teniendo la capacidad fisiológica de realizar su vida sexual y ya no estando “reducido” a fantasearla como en la infancia. Este trabajo de transformaciones, fisiológicas en la pubertad y psicológicas en lo pubertario, es esencialmente violento debido a que el adolescente es “victima” (8) de un cambio que no puede de ninguna manera controlar: la pubertad se pone en marcha por una programacion genética, es totalmente independiente de la voluntad, y confronta al adolescente a una reorganización completa de sí mismo en el plano de su identidad a la vez corporal, psicológica y sexual. A. Birraux hablara con respecto a esto de “lo insensato” de las transformaciones pubertarias. Como lo ha puntualizado F. Jeammet(9), la fragilidad narcisista en ese momento de reacomodo empuja al adolescente a actuar, para salir de la sensación de ser el mismo el blanco de esas transformaciones somática y psíquicas. Si Ph. Jeammet retoma con detalle el texto que presenta aquí sobre la necesidad de tomar en cuenta la dialéctica entre el mundo interno y el mundo externo en el momento de la adolescencia, propone la violencia como una respuesta a un ataque del narcisismo. Para él, es el eje narcisista-objetal que organiza lo esencial de la vida psíquica del adolescente, la cuestión sería de saber si el narcisismo es confortado, nutrido por el objeto o al contrario amenazado por este.

La violencia en la adolescencia está ligada a los efectos de esta transformación pubertaria que ciertos autores, como ya lo hemos visto, califican de traumático(10) porque se produce siempre como un estallido, haciendo algunas veces vivir a los adolescentes la pubertad como un ataque de su cuerpo. Los adolescentes se encuentra frecuentemente en situaciones donde su manera de mirar o bien de evitar ciertas miradas muestra la dificultad que tienen en contener ese movimiento pulsional que los sumerge. La actividade de las fantasías incestuosas y parricidas, como un regreso a las vivencia edípicas infantiles, se impone particularmente en el momento del Edipo pubertario. El adolescente se encuentra nuevamente confrontado a la problemática Edipica después de haber vivido en el periodo de latencia un “pegosteo” al padre homosexual, como pieza importante para el sostén identificatorio; este apoyo, válido en el momento de la latencia, es revertido en el momento del Edipo pubertario, ya que se pasa de ese “compañerismo homosexual” a una lucha que toma aires de parricidio: el adolescente reactiva la problemática edípica con respecto al padre del mismo sexo quien se convierte en rival, y lleva a cabo una acercamiento incestuoso con el padre del sexo opuesto.

Nos encontramos enfrentados a un nuevo enigma concerniente a la violencia. Si la violencia de esencia pubertaria, si las fantasías parricidas e incestuosas juegan un rol fundador, ¿como es posible que el fantasma organizador de la vida psíquica sea una fantasía parricida apuntando a destruir a una de las figuras parentales y que al mismo tiempo existan tan pocos parricidios llevados a cabo? Varios capítulos de esta obra son consagrados a esta cuestión. C. Balier hace un paralelismo entre el parricidio y otros comportamientos violentos como la violación, por ejemplo, haciendo hincapié en los procesos que favorecen el “recurso al acto” como modo de resolución de tensiones, o hasta de los conflictos. Empleando el término de recurso al acto más que el de “paso al acto”,  C. Balier sugiere que esos comportamientos no se inscriben en una continuidad psíquica de la fantasía a la realidad. ¿ El crimen como acto tendería a borrar todo trabajo de subjetivación, si consideramos el acto como algo real, despegado de toda afectividad del sujeto? El análisis de actos criminales cometidos por los adolescentes que propone S. Couraud muestra las capacidades elaborativas de esos jóvenes después de que sucedió ese acto, abriendo así perspectivas al trabajo terapéutico que se realizara con ellos. Retomando, por mi parte, el análisis de casos de parricidios cometidos por adolescentes, me pregunto si el parricidio no podría ser considerado como el paradigma de todas las violencias en la adolescencia, el estudio del parricidio actuado permitiendo una mejor comprension del destino habitual de esta violencia destructiva, poniendo en evidencia el rol de las fantasía pubertarias como organizadoras de la vida psíquica del adolescente.

La elaboración de la violencia pubertaria, cuya represión de las fantasías incestuosas y parricidas constituye uno de los aspectos esenciales, se apoya no solamente en las capacidades internas del adolescente pero igualmente en lo que Ph. Gutton llama el “sostén narcisista parental” (11), sobre la necesidad para los adolescentes que sus padres sostengan activamente el proceso pubertario y el proceso de “l’adolescens”. Este sostén requiere, por una parte, que ellos no se presenten como objetos adecuados para los adolescente, que no tomen el lugar que, por definición, no es el de los padres y por otra parte, no solamente que toleren los movimientos de agresividad que deben expresarse en esta ocasión, pero también que reconozcan que esos movimientos son indicativos de que el proceso está llevándose a cabo. Seria justo alegrarse de ver que un adolescente reaccione violentamente frente a sus padres. No obstante la  expresión de esta violencia, por necesaria que ella sea, no constituye en lo más mínimo, si se le toma aisladamente, un factor de maduración. Sin embargo, es frecuentemente un signo de la llegada de los tiempos pubertarios y del cumplimiento de su proceso. Sin este proceso de maduración, fundado sobre la integración de las fantasías pubertarias en la vida psíquica del adolescente, la violencia sería entonces ilegítima.

El otro aspecto del proceso adolescente es lo que Ph. Gutton llama “l’adolescens”(12), un proceso elaborativo que tiene como función el integrar esta violencia pubertaria dentro de un registro sublimatorio, dentro de la renuncia a la satisfacción pulsional inmediata. Encontramos en el paso de lo pubertario a “l’adolescens” lo que se manifiesta en el ocaso del complejo de Edipo: el proceso identificatorio. El adolescente renuncia a ocupar el lugar del padre en tanto que es un hombre y dirige su energía hacia un futuro en el cual se identifica con la funcion parental, pudiendo así considerarse a sí mismo como un  padre también. Pero lo que constituía en la infancia una promesa (“más tarde, cuando seas grande,  tu también podrás …”), se convierte en la adolescencia en una realidad potencial. La promesa edipica debe ser mantenida en el momento de entrar a la edad adulta.

El proceso “adolescens” sería esta capacidad de pasar del objeto incestuoso parental al objeto “adecuado” que se podría llevar a cabo gracias al sostén narcisista parental. Es también la entrada en un proceso de transformación de la energía pulsional a fines culturales elevados, procesos de reconstrucción de instancias ideales.

La adolecía es un viaje, una travesía trágica, durante la cual las experiencias tienen el valor de una iniciación, en la búsqueda y los encuentros de lo sensible, de lo familiar, de lo infantil. R. Gori nos invita a la escucha de marcas significativas de esas experiencia infantiles que resurgen, reactivadas bajo el efecto del despertar pubertario. Pero el autor designa también a la adolescencia como momento lógico, constitutivo de la ética, en el sentido en el que Freud define este termino como “limitación de pulsiones”. Proponiendo así inscribir los comportamientos violentos de los adolescentes en una escritura en búsqueda de sentido y de dirección, principalmente en la transferencia, R. Gori muestra la importancia de la palabra, pero también la función (significante) del asesinato del padre.

¿Por qué la violencia? Los fenómenos pubertarios destruyen las instancias ideales, las super estructuras del yo, la pubertad hace estallar el edificio yoico que se constituyó durante el periodo de latencia. Durante y al final del edipo, se esbosa una construcción identificatoria apoyada por la latencia donde reina el super yo y el trabajo de sublimación, durante el cual la curiosidad sexual es sustituida por la curiosidad intelectual. La pubertad viene a destrozar esa construcción, privando al yo de un mecanismo de defensa que tenía a su disposición, el acento estando totalmente puesto del lado de la pulsión y de la fragilidad narcisista. Lo que esta en juego en el proceso de “adolescens” es de ofrecer al adolescente la posibilidad de elaborar y de reconstruir lo que va a permitirle indagar esta violencia pubertaria, de metabolizarla, y de comprometerse en una perspectiva de proyecto (incluido el proyecto amoroso). Poniendo el énfasis sobre la cuestión de las fuerzas de desligamiento que son particularmente reactivadas en la pubertad, A. Birraux nombra claramente este trabajo de elaboración de lo pubertario que le es necesario al adolescente para salir de “lo insensato , lo sin sentido” ligado a la novedad de lo genital, lo cual provoca violencia.  Para este autor, la violencia en la adolescencia es objeto de disociación que sobreviene cuando justamente este mecanismo de defensa no puede ser mantenido como modalidad protectora del yo, los términos para dar cuenta de esta catástrofe interna estando fatalmente ausentes.

La violencia vivida o actuada en la adolescencia traduce lo que el adolescente siente como viniendo de los objetos exteriores, su cuerpo en primer lugar, vivido por si mismo como “cuerpo extranjero”, los objetos parentales después, vividos por él como seductores o persecutorios. El momento de la adolescencia es el de la violencia de esa ruptura subjetal, el sujeto mismo se escinde, para nacer a una nueva identidad (de la crisálida a la mariposa, como dice S. Freud).

Más que una crisis, la adolescencia se nos presenta como una verdadera desgarradura del cuerpo infantil (a la imagen de los héroes míticos que se metamorfosean instantáneamente para convertirse en monstruos o super hombres), poniendo así claramente en escena la violencia interna que hace estallar los territorios antiguos de la infancia. Esta fractura puber desgarra la tela del cuerpo del niño reventando su envoltura, para dejar el lugar a un nuevo cuerpo genital.

La subjetividad tiene, a cada instante, el riesgode perderse durante esta tormenta interior. El adolescente se aferra a los objetos al mismo tiempo que ve en todo lo que lo rodea la fuente de su tormento. En la adolescencia, la violencia parece venir del objeto, nunca de la pulsión. En el momento más difícil de esta travesía, el odio que siente le parece legítimo, porque aparece como una respuesta a un ataque del cual se siente ser la victima. Es el reino del odio y de la paranoia ordinaria de la adolescencia. La violencia es siempre la del otro, la suya no es más que respuesta…
Una de las cosas que están en juego en las reflexiones de los terapeutas y de los investigadores será sin duda, en los años próximos, de dirigir el debate entorno al tema de la violencia pubertaria al servicio del adulto y de su desarrollo, de explorar las cuestiones que plantea esta energía pulsional que toma a veces una dirección destructiva en su expresión patológica en la adolescencia, y que continua ejerciéndose, del interior, al final de la pubertad, para ponerse al servicio de la investidura cultural. ¿ La violencia así domesticada no estara al origen de nuestras más bellas creaciones, de nuestras más bellas realizaciones culturales, respondiendo a las exigencias éticas las más elevadas, y alejandonos de la barbarie ?

Traducción de María Rosa Díaz de Soullard
Corrección de estilo de Alexandra Soullard

 

1 Encontraremos cifras sobre este problema en P.G Goslin, Les adolescents devant les déviances, Paris, PUF, 1996, en F. Bailleau, Les jeunes face à la justice pénale, Paris, Syros, 1996, y en G. Azibert, Cahiers de démographie pénitenciaire, publicación del ministerio de la Justicia, 1996, 1.

2 La mayoria de los textos reunidos en esta obra provienen de contribuciones de autores que participaron por un lado al ciclo de conferencias “Violencias en la adolescencia” organizado de manera conjunta por la Asociacion Forum Adolescencia Touraine (AFAT) y el departamento de Psicologia de la Universidad Fraçois-Rabelais de Tours, y por otro lado al seminario “Adolescentes paricidas”, orgaznizado en Paris por F. Marty en el contexto de actividades cientificas del Colegio internacional de adolescencia (CILA) y del laboratorio de psicopatologia fundamental y psicoanalisis, Universidad Paris VII Denis-Diderot.

3 S. Freud, 1905, Trois essais sur la théorie de la sexualité, Paris, Gallimard, 1968.

4 J. Bergeret, La violence fondamentale, Paris, Dunod, 1984.

5 J. Laplanche, “Vers la théorie de la séduction généralisée”, en: Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Paris, PUF, 1987, pp. 89-148.

6 S. Freud, 1912, Totem y tabou, Paris, Payot, 1976.

7 P. Gutton, Le pubertaire, Paris, PUF, 1991.

8 Cf. con respecto a este tema, F. Marty, “La haine parricide”, La lettre du Grape, 28, 1997, pp. 39-49.

9 Ph. Jeammet, “Actualités de l’agir. A propos de l’adolescence”, NRP, 1985, 31, pp. 201-222.

10 Pienso aqui particularmente en el articulo de J. Guillaumin, “Besoin de traumatisme et adolescence”, (hypotesis psicoanalitica sobre una dimension escondida del instinto de vida), en: Adolescence, 1985, 3, 1, pp. 127-137.

11 Ph. Gutton, Le pubertaire, op. cit.

12 Ph. Gutton, Adolescens, Paris, PUF, 1996.

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