François Marty

Los adolescentes crean el desorden, esto perturba a los padres. A menudo se quejan de sus propios hijos y piden a los psi que se ocupen de ellos “Ustedes que tienen la experiencia, háganlo. Nosotros ya no podemos más, ya no sabemos qué hacer”. Es así como hoy en día se manifiesta la problemática adolescente; la familia, y particularmente la pareja parental se siente amenazada y sobrepasada por los movimientos psíquicos  y sus traducciones en el comportamiento de sus adolescentes.  ¿La pareja y la familia corren un riesgo al contacto con  el adolescente? ¿El equilibrio de la familia esta realmente amenazado por el contacto con la adolescencia de uno de sus miembros? ¿Habrá un riesgo de contagio (en los hermanos y hermanas)? ¿De regresión (para los padres)?

No existe un adolescente completamente solo.

Más allá de este abordaje fenomenológico, más allá del carácter ruidoso de sus conductas a veces destructivas, del triunfo de la juventud y  de la ambivalencia parental,  (hechas de envidia y de temor) conviene escuchar el malestar  y hasta el desamparo de estos adolescentes así como el de sus padres.   Se podría decir, siguiendo la postura de Winnicott (1947) a propósito del bebé  que un adolescente por completo sólo, no existe.  En efecto ¿Cómo visualizar la adolescencia  sin hacer referencia a su entorno? ¿Cómo trabajar con un adolescente  sin tomar en cuenta la dimensión parental, padres imaginarios y/o padres reales, cualesquiera que sea la modalidad terapéutica escogida?  Por lo demás  cuando un adolescente  va mal,  la relación que él establece con sus padres también va mal, no es raro, en este caso, que los padres en si tampoco vayan muy bien que digamos.

Así podemos distinguir una sucesión y por no decir una cadena de dificultades que pueden ser más o menos graves tanto para los adolescentes  como para su familia.  En el primer eslabón de esta cadena,  la adolescencia puede aparecer como una fuente potencial de traumatismo psíquico en la medida que la pubertad y lo pubertario inciden en la vida psíquica del infante que deviene púber. (Gutton, 1997; Marty, 2001).   Su vida psíquica es violentamente atacada por la reviviscencia de sus sentimientos edípicos y la aparición de una sexualidad genital que trastorna los puntos de referencia del adolescente.  Si la infancia ha sido suficientemente atemperada por una latencia pacificadora de la vida pulsional, la adolescencia  no será más que una experiencia  formidable de trastornos resueltos conducentes a la vida adulta al  apartarse el adolescente de las investiduras parentales y familiares para construir en su entorno un modo de vida personal.  El segundo nivel de esta cadena   se encuentra en las reacciones de los padres quienes con frecuencia manifiestan su sorpresa y luego su desamparo,   frente al surgimiento  de una violencia y una crudeza de la vida sexual la cual, por parte de sus hijos, parece escapar totalmente al control de la represión.   Cada padre hace lo que puede en semejantes situaciones, pero tarde o temprano será re atrapado por su propia vida edípica, arrastrados por lo que se puede llamar, su “contra Edipo” Sin contar con que es siempre difícil aceptar el verse sobrepasado por sus propios hijos los cuales parecen también estar fuera de todo control.  Pero cuando la problemática parental   no esta fuertemente marcada por una psicopatología de pareja, el huracán pasa, la pareja sobrevive  y el adolescente no será aplastado por el peso de la culpabilidad  de haber logrado  destruir simbólicamente a sus padres.  El tercer nivel se constituye por la contra reacción parental que regresa uno a uno los golpes al adolescente,  sin distinguir en sus  manifestaciones intempestivas el signo de una dificultad que llama al sostén más que a la represión y la violencia. En este caso,   el traumatismo de la adolescencia se acumula con aquellos que viven y ponen en acción los padres.  Este cúmulo de traumatismos es particularmente preocupante, ya que nada pone límite a la violencia. En este tipo de situaciones,.se teme particularmente los pasos al acto  Por esquemática que  sea esta descripción de encadenamientos catastróficos subraya la importancia de las heridas que la adolescencia puede infligir tanto al adolescente como a sus padres. Ella subraya la importancia del ataque narcisista y la necesidad de encontrar una    La violencia que se genera de la violencia  primero que nada es un error de interpretación: si los padres contrareaccionan a la violencia de su adolescente  se equivocan en la naturaleza de esta expresión.  Ellos toman como un ataque personal  eso que ven y que no es más que la expresión de una fragilidad narcisista  de su adolescente, quien tiene necesidad de ser sostenidos en la batalla que libra  contra las mutaciones internas que lo amenazan. De la misma manera para la mayoría de las manifestaciones psicopatológicas que puede presentar un adolescente en uno u otro momento de su historia: Lo que es vivido por los padres como un ataque contra ellos  o como una falta de motivación, de voluntad, de valor es decir de inteligencia de parte de sus adolescentes es, las más de las veces, una traducción de un mal estar profundo, de un desamparo, de un sufrimiento psíquico. El malestar del adolescente necesita del sostén narcisista como tratamiento, porque la adolescencia es ante todo  un proceso anti-narcisista (Gutton, 1991; Pasche, 1969.

La adolescencia, su proceso y el sostén narcisista

La adolescencia es un proceso que tiene como función el integrar la violencia pubertaria permitiendo al adolescente renunciar a las investiduras sexuales de sus objetos  parentales, de hacer el duelo siempre y cuando esto lo conduzca al camino de la subjetivación (R. Cahn, 1998)  en el encuentro con un otro genital. Ligazón y desligamiento pulsional  se articulan para permitir el paso de la investidura narcisista  a la investidura objetal (chiasma adolescente)  del registro narcisista fálico de la infancia al genital de la adolescencia.

Devenir adulto es dejar a sus padres, separarse de ellos (como lo indica el segundo proceso de separación individuación de P. Bloss 1967),  esto es, pasar de la proyección paranoide  (negación de subjetividad, “no soy yo, es el otro”) a la identificación de la función parental (Marty, 1997): asumir su posición dentro de la genealogía hacia la subjetivación, hacer generación.

El camino que el adolescente debe recorrer, lo conduce de la violencia sufrida/actuada al conflicto psíquico: de la fantasía parricida a la identificación con la función paterna. Para completar este recorrido, el adolescente extrae de sus reservas  (estas que particularmente construyó particularmente en la latencia) y busca en la confrontación, el conflicto pero también en el sostén narcisista  de sus padres, para separarse de ellos,  liberarse así de la dependencia de la infancia.

Cuando el adolescente no encuentra en si mismo los recursos necesarios  que le permitan lidiar con la violencia pubertaria, cuando se siente víctima de ella y no encuentran otra opción más que expulsarla sobre los objetos externos para no sucumbir, los adultos tienen entonces un rol muy importante a llevar a cabo; el venir en ayuda de  ese adolescente que está naufragando.

Frecuentemente, en estos casos, los adultos se sienten a su vez perseguidos por ese adolescente que los amenaza. No comprenden el desamparo que anima dicha violencia, los padres contra reaccionan a la violencia que sufren  contribuyendo así a producir  mayor acumulación de desamparo. Es en ese tipo de circunstancias cuando el adolescente nos viene a consultar; es a partir de la función del sostén narcisista que se  permitirá al adolescente reconstruir sus defensas y contener la violencia que lo desborda, pero también restaurar tanto el narcisismo de los padres para que no se derrumben psíquicamente  como su función de sostén narcisista del adolescente.  De  este manera  cualquiera que sea la figura, el sostén narcisista está en el corazón de toda estrategia terapéutica con los adolescentes, aunque este no constituya más que uno de sus aspectos.

Al poner el acento en el sostén narcisista queremos llamar la atención sobre la necesidad de aportar a los adolescentes quienes no han podido o sabido, en su infancia o la latencia, constituir  este recurso narcisista, una fuerza de apuntalamiento dentro de la lucha que se desarrolla en ellos entre el narcisismo y el Edipo;  para que sea el conflicto psíquico  y su interiorización quienes ganen la batalla a la violencia actuada y su exteriorización; para que el adolescente pueda integrar  la novedad pubertaria sin que los padres se sientan amenazados o abandonados.  Al escribir sostenes narcisistas en plural, nosotros indicamos  también cuánta fragilidad narcisista   concierne  no solamente  al adolescente, que este sostén  puede llevarse a cabo de diferentes maneras comenzando por el sostén a los padres. En efecto, la fragilidad narcisista es grande también del lado de  los padres quienes, en el momento de la adolescencia de uno de sus hijos, reviven una parte frecuentemente dolorosa de su historia. Finalmente, si la adolescencia es la segunda oportunidad  dada al niño para neurotizar sus conflictos, muy frecuentemente es también la oportunidad para  trabajar nuevamente y en profundidad el conflicto edípico de uno de los padres, cuestionado por la escenificación ruidosa del Edipo pubertario de uno de sus hijos que se convierte en adolescente.

Con la ilustración clínica que sigue,  vamos a explorar cómo el sostén narcisista  está también en juego desde el momento de establecer el marco terapéutico.  Este caso plantea por un lado  la cuestión de la separación  del objeto maternal al momento en que se compromete el proceso adolescente. El sostén narcisista consiste, en este caso, en ayudar  al niño  que se convierte en adolescente  a separarse de la madre apoyándose en el padre.  ¿Cómo separarse y abordar la conflictiva propia del adolescente sin que esta separación sea desgarradora? ¿Cómo el trabajo psíquico que realiza el adolescente  en esta cura   permite cambios importantes en sus padres?  He aquí unas  pistas de reflexión que hemos tomado prestadas.

Ilustración Clínica: El Caso Christian.

Hace algunos años recibí a un paciente  de 12 años para una psicoterapia; lo llamaré Christian. El presentaba problemas de carácter  manifestados a través de cóleras clásticas, miedo y pánico de contraer una enfermedad al contacto con los otros y  una angustia masiva ante la idea de que podría morir.  Su escolaridad no era muy buena y su madre debió cambiarlo varias veces de escuela, cada una de estas veces él se hacia notar por su actitud ansiosa y graves dificultades para relacionarse con otros niños de su edad  lo que terminaba casi siempre en peleas.

Después de dos encuentros con él, yo estaba perplejo, Christian manifestaba una  ansiedad extremadamente fuerte, en sus dibujos garabateados en negro representando escenas de guerra  y una oposición primero pasiva a poder hablar y poco a poco más determinada a negarse a toda idea de psicoterapia.  En nuestra segunda sesión y viendo que esto no llegaría demasiado lejos  le pregunté:

-”Porqué te rehúsas tanto a esta psicoterapia?
-”De todos modos es ella quien quiere.
-”Ella?”
-”Si mi mamá”.

Esta situación me resultaba embarazosa, en uno de nuestros dos encuentros, la madre me había dicho,  en la sala de espera, hasta que punto era importante para ella que yo “tomara” a su hijo en psicoterapia.  ¿Sería necesario que yo aceptara la posición de la madre de quien yo no conocía los motivos?  En ese caso eso me daba la impresión de ceder a sus presiones y de traicionar a Christian, sin embargo yo podía dentro de mi pensar que podía tener razón,  pues yo mismo sentía una inquietud difusa  sobre el futuro de Christian.  ¿Debía yo, contrariamente, apoyar sobre el rechazo de este adolescente a comprometerse  en una psicoterapia  en la que el no veía la utilidad, y de este modo respetar su decisión de no ir más lejos y así no seguir  la invitación insistente de su madre?  Por otra parte ¿Se podría imaginar de manera razonable que fuera posible seguir un  tratamiento  para alguien que lo rechaza?  En fin, ¿Cómo proponer a este adolescente una psicoterapia  que al tenor de nuestros encuentros, yo podía juzgar como extremadamente ansiógena para él?

Esta situación parecía lógicamente imposible de resolver; los términos del problema eran de tan opuestos que  no veía yo la solución.  Encontraba en cada uno de los protagonistas una clase de legitimidad  en su respectiva posición. Sin conocer la razón por la que, uno lo quería tanto como el otro lo rehusaba con la misma energía,  yo me decía que esta trama era vital para cada uno, no era necesario hacer un corte entre las dos posiciones ( me preguntaba que pensaba de esto el tercer personaje, el padre)  sino tratar el problema como este venía.  Quizás el objetivo de este trabajo terapéutico por el momento sería:  analizar la demanda,  pero acompañando los movimientos ( incluso los contradictorios)  que se perfilaban en este inicio del tratamiento,  entonces yo le propuse a Christian:

-”Ya que tu me dices que no quieres continuar y que es tu madre quien lo desea para tí. ¿Estarías de acuerdo  en que le pidamos venir la próxima ves para que nos diga lo que ella quiere?”.
No estaba muy seguro de mi estrategia; no es propio cambiar  así  de encuadre y de registro,  pero decidí no ir a ciegas en  la prescripción de una psicoterapia para Christian,  decidí guiarme de mis impresiones y confiar en aquello que yo sentía sobre la situación. Después de esta intervención mi meta fue respetar la decisión de Christian de no seguir solo y buscar al mismo tiempo  no cortar un proceso iniciado por su madre, Christian se calmó. Me miró y dijo que  estaba de acuerdo que lo recibiera con su madre.  Encontramos así juntos un camino. Hice esta proposición a la madre y su primera reacción fue terrible.
“¡Entonces, usted lo abandona!”.
Para mi, se trataba de otra cosa, por supuesto,  me pareció necesario  explicar a esta madre  las razones de mi proposición  para que ella no des invistiera el camino que  había  emprendido.  Ella era en ese momento de nuestros encuentros el motor de la demanda. Su reacción me mostró  cuánto de lo que se jugaba con su hijo le concernía a ella. Dirigiéndome a ella, le dije:
-”No, es exactamente lo contrario. Yo le propongo que juntos encontremos un medio para continuar. Pero esto que le digo es lo mismo que me dijo Christian, que el no quiere continuar solo.  ¿Entonces estaría de acuerdo en ayudarme   para que esto continúe?  Piensa usted que su padre estaría de acuerdo en venir a hablar conmigo?” Esta última proposición había sido demasiado para ella.
-”Usted sabe, su padre…”
-”¿Estaría usted de acuerdo en preguntarle o prefiere que yo lo haga?”
-”No, no yo lo haré, yo le preguntaré”
-”¿Está de acuerdo en que le dé otra cita?”.
-”Bueno si usted quiere”.

No le entusiasmó pero me pareció que habíamos abierto o desatado una potente prisión que  aplastaba a Christian (Pero reflexionando, esto afectaba también a la madre)  y me dejaba incómodo a pesar de que nuevas perspectivas se abrina.  Esta madre tan   preocupada por la idea de que yo no ayudara a su hijo, que yo lo abandonara,  aceptó que no lo ayudara como ella lo había imaginado, sin romper y buscar en otro lado un terapeuta que fuera más comprensivo.
Se convino una cita  y ese día, el padre, la madre y Christian  estaban allí.  En esta corta exposición no se trata de explicar en detalle el trabajo efectuado  sino solamente de poner el acento en algunos puntos que marcaron el desarrollo de esta psicoterapia. Durante un año los encuentros fueron así, cada vez era a su petición. Yo les preguntaba al fin de cada sesión  si querían volver, cuándo y quién quería venir. Durante un año fue así, algunas veces  con los tres miembros  de la familia otras con la madre y el padre y sin Christian; otras con Christian solo pero esto muy raramente.

Una vez que la madre había venido con su hijo, Christian  se puso en el lugar que habitualmente ocupaba su padre en nuestros encuentros.  Su madre  le hizo notar (ella tenía una capacidad asombrosa  para formular las cosas  que le venían a la mente  al momento mismo, como por asociación de ideas) y se dirigió a mi y a él a la vez que se hablaba a sí misma:

-”Eso me hace pensar en la muerte, la ausencia del padre”
Christian montó en cólera y le dijo:
-”¿Que es lo que dices”
Estaba colérico  reprochado a su madre todo lo que hacía por él, en particular la elección de la escuela en la que iba actualmente, comprendí entonces  que Christian reprochaba así a su madre de poner en él sus propias asociaciones, encerrándolo en una representación de la que el contenido no emergería sino más tarde.
La sesión siguiente, el padre vino con su hijo  y Christian le dijo:
-”Quiero que me hables de ti, de tu infancia”
El  padre le contó algunas escenas de su historia. Yo supe después que los padres  de Christian estaban separados desde hacía un tiempo, que el padre no tenía relación con su propia familia, y que en ocasión de estos reencuentros con Christian y con su ex-mujer en el marco de la psicoterapia, él volvió a tener contacto con su familia (el padre pudo invitar a su hijo a una reunión de familia de su lado).  Christian buscó en su padre un reencuentro, una alternativa  a la posición maternal.
Un día la madre de Christian que había venido a una sesión con su hijo y en ausencia de del padre me dijo:
-”Le quiero decir una cosa muy importante”, volteó hacia su hijo: “¿Christian, puedes salir?”
Christian salió  y para mi gran sorpresa yo estaba como paralizado ante esta escena.

Mi reacción fue sorprendente e inhabitual,  perdí mi lugar y me cuestioné porqué acepté dejar salir a Christian, no lo detuve, al  contrario, pensé que no era posible excluirlo de ese modo y que técnicamente, deontológicamente y éticamente  era muy criticable haber hecho tal pacto con su madre, sentí  lo que Christian pudiera sentir cuando su madre lo ponía bajo presión.  Ella quería decir a alguien, decirme y compartir esa angustia que la impulsaba fuertemente a actuar y   a hacer presión sobre Christian. Esta posición había tenido efectos tanto imprevisibles como benéficos.

Como Christian aceptó salir eso le permitió a la madre hablar conmigo.  Ella me reveló algo que se anunciaba como un secreto importante  concerniente a la historia de la familia, y del padre en particular.  Después de este episodio, mientras que Christian no lograba separarse de su madre,  que rehusaba ir de campamento, finalmente pudo ir solo de vacaciones en un campamento, era la primera vez que podía separarse de sus padres.  Estas entrevistas familiares de geometría variable  siguieron por varios meses, y un día, durante una sesión Christian dijo a sus padres:
-”Ahora es suficiente. Quiero continuar solo con el Dr. Marty”

Así comenzó, yo  diría, siguió una psicoterapia para él la que duró varios años.  El que rehusó con tanta fuerza  esta oferta materna de psicoterapia, reivindicó este espacio de palabra para él solo. Aquel trabajo al que me presté de atender  la demanda de la madre de hablarme a solas, sin su hijo, contribuyo  en esta decisión de Christian de hacer lo mismo, de pedir a sus padres  salir y dejarlo solo para trabajar conmigo sus secretos.

Comentarios

Ciertos aspectos de este caso permiten reflexionar sobre la manera en que tienen lugar las psicoterapias de adolescentes. Este caso presenta algunas dificultades  en particular lo que concierne a la flexibilidad con que se puede proceder  al establecer el encuadre  en las situaciones en que nos encontramos de cara a las relaciones familiares fusiónales donde los lugares son confundidos y prevalecen los de tipo incestuoso uniendo a la madre y al hijo, relaciones que se obturan entre los espacios psíquicos respectivos inhibiendo toda posibilidad de separación  o al menos alterando fuertemente el proceso.

La pregunta es entonces saber  cómo ofrecer un espacio de palabra  a un niño que está “tomado” dentro de una organización familiar tan compleja que lo deja  con pocas posibilidades  para un trabajo psíquico de diferenciación.
La madre de Christian actuaba por angustia y puso a todo el mundo bajo presión con el riesgo de hacer vivir a su hijo el rechazo o el abandono, paradójicamente  era para protegerlo de un secreto que le concernía, del que la madre lo había excluido momentáneamente.  Muchos de los miembros de una familia se encuentran dentro de relaciones fusiónales  por lo que es necesario tomar en cuenta esta dinámica familiar.  La apertura del encuadre hecha de esta manera permitió trabajar sobre los hechos por venir entre los diferentes miembros de la familia autorizando a una des intrincación ulterior para cada uno.

La demanda insistente de la madre traducía su miedo a que su hijo enfermara como su padre,  a que entrara en depresión o a que se descompusiera de un modo psicótico.  Este miedo estaba activado por el temor de ver en su hijo a uno de los hermanos de ella que a su decir estaba loco.  La dificultad a separarse que mostraba Christian hacía eco al sentimiento de abandono que sufrió la madre al nacimiento de Christian, y  mi posición de no tomar a  su hijo en psicoterapia repercutió en la dificultad del padre de no separarse de su mujer.   El trabajo emprendido por Christian tuvo efectos sobre toda la familia, el padre logró reunirse con su propia familia y encontrar un lugar que le había sido  robado por uno de sus hermanos, la madre, de su lado logró aunque imperfectamente  aceptar que su hijo no estuviera conforme a las proyecciones con que ella  lo había investido.  Paradójicamente, en efecto, la madre de Christian no sufría solamente de el miedo a que su hijo se volviera loco, sufría también de que se transformara y fuera él mismo que escapara a su control y a su protección.

En el curso de este trabajo apareció claramente como nosotros vemos el problema de la  separación; no era solamente un trabajo, el problema de  Christian entra en resonancia con la problemática de cada uno de sus padres.  El síntoma del niño puede pensarse como un testimonio de un trabajo de identificación en sufrimiento. (Ortigues, 1986) y, al mismo tiempo como un lugar de apuntalamiento para  la construcción de su subjetividad.

El trabajo de la adolescencia no era posible  para Christian cuando vino a verme. Este estado solo era por sí mismo uno de los motivos esenciales de consulta.  El estaba atrapado dentro de una problemática que lo mantenía pegado del lado de lo infantil, del lado de las ligaduras arcaicas a la madre, podían difícilmente  desplazarse del lado de la adolescencia,  ya que su padre mismo no  podía incidir en el conflicto y en la separación de su madre.  Christian no podía ni actuar una posición incestuosa con su madre  -El  ya estaba demasiado atrapado en una ligadura incestuosa-  ni luchar contra la posición paterna porque en ausencia del padre tenía la obligación de construir esta posición para restaurar narcisisticamente a su padre antes de atacarlo o (matarlo simbólicamente).

Este niño debió restaurar  al padre ante  los ojos de la madre y ante  sus propios ojos, tenía tanta necesidad de este apoyo para su propia construcción que se vio obligado a crear “un padre”  si así se puede decir, para  apoyarse sobre esta base edípica y salirse de la aspiración materna en la que él se sentía la víctima.  Crear un padre es buscarlo para hacerlo existir en  los cuestionamientos sobre sus orígenes y mostrarle la importancia que el reviste a los ojos de su hijo. Christian decía a su manera que él tenía necesidad de ese punto de referencia y que en la medida en que el padre estaba siendo “atacado”  por la madre,  desvalorizado, vivido por ella como un modelo a no seguir, visto como una fuente potencialmente traumática para su hijo,  le incumbía solamente al hijo restaurarlo como un interlocutor  válido y al mismo tiempo en ese momento de su historia, como un aliado vital.  Gracias a la apertura del encuadre en dirección al padre, después del inicio, el trabajo de Christian se pudo desplazar hacia eso que su madre recusaba y Christian reclamaba.

Nos preguntamos si el rechazo inicial de Christian,  esta tenacidad que él había manifestado en rehusarse a comprometerse en una  psicoterapia conmigo, no había tenido valor como de una entrada en la adolescencia, una entrada en “resistencia”.  Al rehusar la prescripción materna de hacerse ayudar por un terapeuta me pregunto si Christian intentaba salirse de esta empresa materna, para secundariamente apropiarse de una nueva demanda formulada por un tercero dejándolo totalmente fuera del problema?

También me pregunto si este rehusarse no fue también un logro.   Por su rechazo no se puede pensar que Christian haya puesto a su madre ante el objetivo de su entrada en la adolescencia, entrada dentro de un movimiento decisivo de su existencia, le significó de este modo  que ella  no   podía con él. Al rehusar la ayuda que su madre le propone  el se afirma como un hombre  que busca sustraerse del control y poder materno, el accede a otro lugar, uno de un hombre joven  y no el de un niño.  El hecho a completar (Marty, Gutton, Givre, 2003) del cual se trata aquí es entonces su entrada en pubertad, tomando los términos de P. Gutton, el trabajo de la psicoterapia consistiría en permitirle asentar sus cambios, de interiorizarlos y de acomodarse a eso. La expresión de rechazo (de la proposición de su madre) es, en el caso  de Christian la condición para que él se apropie de la demanda, finalmente el rechazo se entiende aquí como una vía de entrada dentro del proceso de adolescencia. Es oponiéndose que Christian logró su segundo proceso de individuación  descrito por P. Bloss es por este rechazo que él se abre  la vía a una subjetivación sin collage al objeto materno.  Toma de posición que lo compromete personalmente en la vía de nuevas elecciones de objeto.

El trabajo de la psicoterapia consistió en un sostén narcisista  sin falla de parte del terapeuta  para Christian al reconocer su rechazo a ser ayudado reconocimos y respetamos el valor de ese rechazo, ayudamos a Christian a ayudar a su padre a aparecer como el sostén  y el punto de apoyo que el hijo necesitaba,  ayudar a la madre de Christian  a expresar sus miedos más profundos, a soportar que su hijo se moviera, eso que paradójicamente ella temía y demandaba al mismo tiempo. La restauración narcisista del padre de Christian le permitió secundariamente ofrecerse un punto estructurante, una reparación edípica. El adolescente no puede matar simbólicamente a un padre que no está presente y que no está en su lugar de padre.

La psicoterapia del adolescente comienza por ese movimiento de restauración narcisista  del adolescente  y de  sus padres, del mismo modo empieza frecuentemente con un reforzamiento  de las defensas del yo del adolescente.

Es el momento de efectuar esto que se debió lograr con el trabajo de la  latencia antes de enfrentar en si y con los otros la sexualidad genital pubertaria cuya apropiación es propia de la adolescencia.  Si la adolescencia es entonces considerada como una segunda oportunidad  para el niño,  una oportunidad de retomar eso que no se pudo trabajar suficientemente en la infancia, la psicoterapia de la adolescencia puede ser vista como una segunda oportunidad para el adolescente , este trabajo de sostén narcisista  da a la psicoterapia del adolescente  la función de una segunda latencia (Marty, 1999) para el adolescente cuando la pesadez de sus síntomas  indican una fragilidad narcisista que le obstruye en el desarrollo de su proceso adolescente.

Conclusión

Hace mucho tiempo que el paciente se fue, el terapeuta continúa pensando en su caso,  con el tiempo las versiones se suceden como si el sujeto nada pudiera hacer al respecto. Si en su análisis  cara a cara el paciente propone múltiples versiones  de su historia eso va también para el analista cara a cara con el paciente. Las versiones de su actuar se pueden suceder y aclarar cada vez de manera nueva  un dolor de la historia del paciente y de su terapia. Es por eso que se puede pensar que el análisis es un proceso sin fin.

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